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18 agosto 2007

Carta de Charles Baudelaire a su madre

6 de mayo de 1861


Mi querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de ánimo y unas caricias. A fines de marzo te escribía: ¿Volveremos a vernos algún día? Me encontraba en una de esas crisis en que uno contempla la terrible verdad. No sé lo que daría por pasar unos días a tu lado, tú, el único ser de quien pende mi vida, ocho días, tres días, unas horas.
No lees mis cartas con atención; tú crees que miento, o al menos que exagero, cuando hablo de mis desesperaciones, de mi salud, de mi horror a la vida. Te digo que querría verte y que no puedo correr a Honfleur. Tus cartas contienen numerosos errores e ideas equivocadas que la conversación podría rectificar y que volúmenes de escritura no bastarían para destruir.
Cada vez que tomo la pluma para exponerte mi situación, tengo miedo de matarte, de destruir tu débil cuerpo. Y yo estoy sin cesar, sin que tú lo sepas, al borde del suicidio. Yo creo que tú me quieres apasionadamente; ¡está tan ciego tu entendimiento, pero tienes tanta grandeza de carácter! Yo, de niño, te he querido apasionadamente; más tarde, obligado por tus injusticias te he faltado al respeto, como si una injusticia materna pudiese autorizar una falta de respeto filial; y con frecuencia me he arrepentido, aunque, según mi costumbre, nada haya dicho. Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho, hecho por tus imprudencias y por mis faltas.

Es evidente que estamos destinados a queremos, a vivir el uno para el otro, a acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible. Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable. Tu muerte, de la que hablas a menudo con demasiada resignación, no modificaría en nada mi situación; el tutor seguiría (¿por qué no iba a seguir?), todo se quedaría sin pagar, y yo tendría, además de la pena, la horrible sensación de un aislamiento absoluto. Matarme yo, es absurdo ¿no es cierto? «Entonces, piensas dejar a tu anciana madre completamente sola», dirás. A fe mía que si no tengo estrictamente derecho, creo que la cantidad de pesares que he soportado casi treinta años me haría digno de disculpa: « i Y Dios! » dirás. Deseo de todo corazón (¡y nadie mejor que yo puede saber con qué sinceridad!) creer que un ser exterior e invisible se interesa por mi destino; pero ¿qué hacer para creerlo?
(La idea de Dios me hace pensar en ese maldito cura. En medio de la penosa impresión que va a causarte mi carta, no quiero que le consultes. Ese cura es mi enemigo, tal vez por pura estupidez.)

Volviendo al suicidio, que no es una idea fija pero que reaparece en épocas periódicas, hay algo que debe tranquilizarte. No puedo matarme sin dejar en orden todas mis cosas. Todos los papeles que tengo en Honfleur están en una enorme confusión. Por lo tanto, tendría que trabajar duro en Honfleur, y una vez allí ya no podría irme de tu lado. Pues debes suponer que de ninguna manera iba a querer mancillar tu casa con una acción tan detestable. Además tú te volverías loca. Y ¿por qué el suicidio? ¿Es a causa de las deudas? Sí, y sin embargo, las deudas se pueden superar. Es, sobre todo, a causa de un cansancio espantoso resultado de una situación insostenible, demasiado prolongada. Cada minuto me demuestra que he perdido las ganas de vivir. Una gran imprudencia cometiste tú en mi juventud. Tu imprudencia y mis viejas faltas pesan sobre mí envolviéndome. Mi situación es atroz. Hay gente que me saluda, hay gente que me busca. Quizá la haya que me envidie. Mi situación literaria es mejor que buena. Podría hacer lo que quisiera. Me publicarán todo. Como tengo una clase de talento impopular, ganaré poco dinero, pero dejaré tras de mí una gran fama, lo sé, —siempre que tenga el valor de vivir. Pero mi salud espiritual, —detestable; tal vez perdida. Todavía tengo proyectos: Mi corazón al desnudo, novelas, dos dramas, de los cuales uno para el Teatro Francés ¿los haré algún día? Ya no lo creo. Mi situación en relación con la honorabilidad, espantosa, —eso es lo peor. Ni un momento de reposo, insultos, ultrajes, afrentas como no puedes hacerte idea y que corrompen la imaginación, la paralizan. Gano un poco de dinero, es verdad; si no tuviese deudas, y si ya no me quedase patrimonio alguno, SERÍA RICO, fíjate en lo que te digo; podría darte dinero, podría sin peligro ejercer mi caridad con Jeanne. Volveremos a hablar luego de ella. Eres tú quien ha provocado estas explicaciones. Todo ese dinero se va en una existencia manirrota y malsana (pues vivo muy mal) y en el pago, o más bien en la amortización insuficiente, de antiguas deudas, en gastos de tribunales, en papel timbrado, etc...

Enseguida pasaré a las cosas reales, es decir actuales; pues, en verdad, necesito que alguien me salve y sólo tú puedes hacerlo. Quiero hoy decirlo todo. Estoy solo, sin amigos, sin amante, sin perro y sin gato ¿a quién contarle mis penas? No tengo más que el retrato de mi padre, siempre mudo.

Me encuentro en el mismo terrible estado de ánimo que experimenté en el otoño de 1844. Una resignación peor que la indignación.
Pero mi salud física, que necesito para ti, para mí, para mis obligaciones ¡esa sigue siendo la cuestión! Tengo que hablarte de ella por más que tú le prestes tan poca atención. No hablaré de esas afecciones nerviosas que me destruyen día a día y que anulan el ánimo, vómitos, insomnios, pesadillas, desmayos. Con demasiada frecuencia te he hablado de ellas. Pero es inútil usar de pudor contigo. Ya sabes que siendo muy joven tuve una afección virulenta, que más tarde creí totalmente curada. En Dijon, después de 1848, tuve un rebrote. De nuevo se pudo paliar. Ahora vuelve en forma distinta, de manchas en la piel y de una extraordinaria fatiga en todas las articulaciones. Puedes creerme, sé de lo que hablo. Puede ser que dentro de la tristeza en que estoy sumido, el terror me haga creer mayor el mal. Pero necesito un régimen severo, y no es con la vida que llevo como podré librarme de aquello.

Hubo en mi infancia una época de un cariño apasionado hacia ti; escucha y lee sin temor. Nunca te habré dicho tanto. Recuerdo un paseo en simón; acababas de salir de un sanatorio en donde habías estado recluida, y me enseñaste, para demostrarme que habías pensado en tu hijo, unos dibujos a pluma que habías hecho para mí. No dirás que no tengo una memoria tremenda. Más tarde, la plaza de Saint-André-des-Arts y Neuilly. ¡Largos paseos y mimos continuos! Recuerdo aquellos muelles tan tristes en el atardecer. ¡Ah! Para mí fue la época feliz de las caricias maternales. Perdóname si llamo época feliz la que sin duda para ti fue tan mala. Pero estaba siempre presente en ti; tú eras únicamente mía. Eras a la vez un ídolo y un compañero. Quizá te sorprenda que pueda hablar con tal pasión de un tiempo tan lejano. Yo mismo estoy sorprendido. Tal vez porque una vez más he acariciado el deseo de morir, cosas tan alejadas se recorten tan nítidamente en mi espíritu.
Más tarde, sabes qué atroz educación quiso tu marido que se me diera; tengo cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el temor que me inspiraba mi padrastro. No obstante le quise y hoy, por lo demás, tengo la suficiente sensatez como para hacerle justicia. Pero es verdad que fue poco hábil hasta la obstinación. No quiero insistir, porque veo lágrimas en tus ojos.

Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo. Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por ello. En cuanto al tutor judicial, sólo una palabra: hoy sé del inmenso valor del dinero, y comprendo la trascendencia de todo lo que se relaciona con él; concibo que hayas podido creer que lo hacías con acierto, que trabajabas por mi bien; pero con todo una pregunta, una pregunta que siempre me ha obsesionado. ¿Cómo es que jamás no te planteaste en tu fuero interno la siguiente idea: «Es posible que mi hijo no llegue a tener nunca el sentido de lo que es comportarse en el "sino grado que yo; pero también puede ocurrir que llegue a ser un hombre notable en otros aspectos. En ese caso ¿qué haré yo? ¿Lo condenaré a una doble existencia contradictoria; por una parte a una existencia digna de respeto, odiosa y despreciada, por otra? ¿Lo condenaré a tener que llevar hasta la vejez una marca lamentable, una marca perjudicial, un motivo de impotencia y tristeza?». Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo habría llevado la trampa, no habría habido más remedio que tomarle el gusto al trabajo. Ha habido tutor, todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento desgraciado.

Rejuvenecer ¿es posible? En eso radica la cuestión. Toda esta vuelta hacia el pasado no tenía otra finalidad que mostrar que puedo hacer valer ciertas disculpas, cuando no una completa justificación. Si notas algún reproche en lo que escribo, que sepas bien al menos que lo anterior en nada altera mi admiración por tu gran corazón, mi agradecimiento por tu abnegación. Siempre te has sacrificado. Lo tuyo es sólo el sacrificio. Menos razón que caridad. Yo te pido más, te pido, a la vez, consejo, apoyo, que nos entendamos completamente bien tú y yo, para salir de esto. Te suplico que vengas, que vengas, tengo los nervios al final de mis fuerzas, estoy a punto de que me falle el valor, a punto de perder la esperanza. Veo una continuidad en el horror. Veo mi vida literaria obstaculizada para" siempre. Veo una catástrofe. Por ocho días, podrías sin duda pedir hospitalidad a algún amigo, a Ancelle, por ejemplo. No sé lo que daría por verte, por abrazarte. Presiento una catástrofe y ahora no puedo irme contigo. París me es dañino. Ya por dos veces he cometido una imprudencia grave que tú calificarás más severamente; voy a acabar por perder la cabeza. Te pido la felicidad tuya y te pido la mía, mientras todavía seamos capaces de conocerla. Me has permitido que te confiase un proyecto, es el siguiente: Pido un término medio. Enajenación de una fuerte suma limitada a diez mil, por ejemplo, dos mil para liberarme ya; dos mil en poder tuyo para hacer frente a necesidades imprevistas o previstas, gastos en vivir, en ropa, etc., durante un año (Jeanne estará en una casa donde se le pagará lo estrictamente necesario). Por otra parte, luego te hablaré de ella. Una vez más eres tú la que lo ha provocado. Por último seis mil en poder de Ancelle o de Marin, y que se irán gastando poco a poco, sucesivamente, prudentemente, de manera que se puedan pagar tal vez más de diez mil y se evite toda conmoción y todo escándalo en Honfleur.

Ya tenemos un año de tranquilidad. Por mi parte sería un tonto de remate y un pillo redomado si no lo aprovechase en renovar fuerzas. Todo el dinero ganado durante ese tiempo (diez mil, a lo mejor sólo cinco mil) se depositará en tus manos. No te ocultaré el menor asunto, la menor ganancia. En lugar de tapar huecos, el dinero se seguirá aplicando a las deudas y así sucesivamente en los años venideros. De este modo, tal vez pueda, gracias al rejuvenecimiento operado ante tus ojos, pagarlo todo, sin que mi capital disminuyese en más de diez mil sin contar, es verdad, los cuatro mil seiscientos de los años anteriores. Y así se salvará la casa, que es una de las consideraciones que tengo siempre presente.
Si adoptases este proyecto de beatitud, me gustaría haberme mudado ahí de nuevo a fines de mes, quizás ahora mismo. Te autorizo a que vengas por mí. Sin duda comprendes que hay una multitud de detalles que no incluye una carta. En una palabra, quisiera que no se pagase ninguna suma hasta que tú no dieses tu consentimiento, hasta no haberlo debatido a fondo entre tú y yo, en una palabra, que tú te convirtieses en mi verdadero tutor. ¿Es posible que llegue uno a verse obligado a asociar una idea tan horrorosa a otra tan dulce como la de una madre?

En este caso, desgraciadamente, habrá que decirle adiós a las pequeñas sumas, a las pequeñas ganancias, cien por aquí, doscientos por allá, que supone la rutina de la vida parisiense. Entonces sería el turno de las grandes especulaciones, de los grandes libros, cuyo pago se haría esperar más tiempo. No consultes más que contigo misma, con tu conciencia y con tu Dios, ya que tienes la suerte de creer. No hagas partícipe de tus pensamientos a Ancelle a no ser con reservas.
Es una buena persona; pero tiene la mente estrecha. No puede creer que un mal sujeto por voluntad propia, que ha tenido que llamar al orden, sea un hombre importante. Me dejará reventar por cabezonería. En vez de pensar únicamente en el dinero, piensa un poco en la gloria, en el descanso y en mi vida. En este caso, digo, no iría a pasar temporadas de quince días y de uno o dos meses. Sería una estancia permanente exceptuados los casos en que vendríamos juntos a París. El trabajo de las pruebas de imprenta puede hacerse por correo.

Otra idea tuya equivocada que debes rectificar y que reaparece una y otra vez en tu pluma. No me aburro nunca en soledad, no me aburro nunca a tu lado. Lo único es que sé que lo pasaré mal a causa de tus amigos, pero lo acepto. Alguna vez se me ha pasado por el pensamiento convocar un consejo de familia o presentarme ante un tribunal. Bien sabes que tendría cosas muy sabrosas que decir, aunque sólo fuera esto: He producido ocho volúmenes en condiciones horribles. Puedo ganarme la vida. ¡Se me está asesinando con deudas de juventud! No lo he hecho por respeto a ti, por consideración hacia tu horrible sensibilidad. Dígnate agradecérmelo. Te lo repito; me he obligado a no recurrir a nadie más que a ti.

A partir del año próximo, dedicaré a Jeanne la renta del capital restante y ella se irá a algún sitio en que no esté en una soledad absoluta. Esto es lo que le ha sucedido: su hermano la metió en un hospital para quitársela de encima y cuando ha salido ha descubierto que le había vendido una parte de su mobiliario y de su ropa. Desde hace cuatro meses, desde mi huida de Neuilly, le he dado siete francos.
Te lo suplico, paz, dame paz, dame el trabajo y un poco de ternura.
Es evidente que entre mis cosas actuales hay algunas horriblemente urgentes; así, he cometido de nuevo la falta, en medio de esos tejemanejes inevitables de los bancos, de apropiarme para mis deudas personales de varias centenas de francos que no me pertenecían. Me he visto absolutamente obligado a ello; ni que decir tiene que esperaba reparar el mal inmediatamente. Una persona, en Londres, me niega los cuatrocientos francos que me debe. Otra, que había de remitinne trescientos, está de viaje. Siempre lo imprevisible. - Hoy he tenido el terrible valor de escribir a la persona concernida confesándole mi falta. ¿Cuál va a ser la reacción? No tengo idea. Pero he querido quitarme un peso de la conciencia. Confío en que, por consideración a mi nombre y a mi talento, no se armará un escándalo y se querrá esperar.

Adiós. Estoy extenuado. Entrando en detalles de salud, no he dormido ni comido desde hace casi tres días; tengo un nudo en la garganta, - y hay que trabajar.
No, no te diré adiós, pues espero verte. Por lo que más quieras léeme con mucha atención y trata de comprender. Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás a buen seguro un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído.

Y te quiero.

CHARLES

Carta de Albert Einstein a Franklin Roosevelt

Las terribles expectativas de destrucción que ocasionaría la bomba atómica en manos de los alemanes obligaron a Albert Einstein enviarle esta misiva al presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt.


Albert Einstein
Old Grove Rd.
Nassau Point
Peconic, Long Island

2 de Agosto de 1939

Franklin D. Roosevelt
Presidente de los Estados Unidos
White House
Washington, D.C.

Señor:
Algunos recientes trabajos de Enrico Fermi y L. Szilard, los cuales me han sido comunicados en manuscritos, me llevan a esperar, que en el futuro inmediato, el elemento uranio puede ser convertido en una nueva e importante fuente de energía. Algunos aspectos de la situación que se ha producido parece requerir mucha atención, y si fuera necesario, inmediata acción de parte de la Administración. Por ello creo que es mi deber llevar a su atención los siguientes hechos y recomendaciones:

En el curso de los últimos cuatro meses se ha hecho probable -a través del trabajo de Loiot en Francia así como de Fermi y Szilard en los Estados Unidos- el inicio de una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio, por medio de la cual se generaría enormes cantidades de potencia y grandes cantidades de nuevos elementos parecidos al uranio. Ahora parece casi seguro que esto podría ser logrado en el futuro inmediato.

Este nuevo fenómeno podría ser llevado a la construcción de bombas, y es concebible -pienso que inevitable- que puedan ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas. Una sola bomba de ese tipo, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría muy bien destruir el puerto por completo, así como el territorio que lo rodea. Sin embargo tales bombas podrían ser demasiado pesadas para ser transportadas por aire.

Los Estados Unidos tiene muy pocas minas con vetas de uranio de poco valor, en cantidades moderadas. Hay muy buenas vetas en Canadá y Checoslovaquia, mientras que la fuente más importante de uranio está en el Congo Belga.

En vista de esta situación usted podría considerar que es deseable tener algún tipo de contacto permanente entre la Administración y el grupo de físicos que están trabajando en reacciones en cadena en los Estados Unidos. Una forma posible de lograrlo podría ser comprometer en esta función a una persona de su entera confianza quien tal vez podría servir de manera extraoficial. Sus funciones serían las siguientes:

a) Estar en contacto con el Departamento de Gobierno, manteniéndolos informados de los próximos desarrollos, y hacer recomendaciones para las acciones de Gobierno, poniendo particular atención en los problemas de asegurar el suministro de mineral de uranio para los Estados Unidos.

b) Acelerar el trabajo experimental, que en estos momentos se efectúa con presupuestos limitados de los laboratorios de las universidades, con el suministro de fondos. Si esos fondos fueran necesarios con contactos con personas privadas que estuvieran dispuestas a hacer contribuciones para esta causa, y tal vez obteniendo cooperación de laboratorios industriales que tuvieran el equipo necesario.

Tengo entendido que Alemania actualmente ha detenido la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia, las cuales han sido tomadas. Puede pensarse que Alemania ha hecho muchas acciones, porque el hijo del Sub-Secretario de Estado Alemán, von Weizacker, está asignado al Instituto Kaiser Guillermo de Berlín donde algunos de los trabajos americanos están siendo duplicados.

Su Seguro Servidor,
Albert Einstein

Carta de Nietzsche a Erwin Rhode

Leipzig, 9 de noviembre de 1868


[...] Me presentan a Richard y le digo algunas palabras de veneración; se interesa por saber con mucha exactitud cómo he conocido su musica, dice cosas terribles contra todas las reperesentaciones de sus obras, excepción hecha de aquellas famosas de Munich, se mofa de los directores que dicen con blandura a la orquesta: Señores, ahora se hace apasionato, queridos, ahora un poquitín más apasinonadamente. Wagner se divierte en imitar el dialecto de Leipzig.
Ahora te contaré con brevedad lo que nos trajo consigo aquella velada: goces de un genero tan específicamente excitantes que todavía hoy no he alcanzado a recobrarme... Antes y después de la comida, Wagner ejecutó todas las partes importantes de los Maestros Cantores, imitando todas las voces y haciendo todo con gran naturalidad. Es un hombre extraordinariamente vivaz y fogoso, que habla muy rápidamente, es muy ingenioso y en compañía tan intima se torna sumamente alegre. Tuve después con él un largo coloquio sobre Schopenhauer: comprenderás que placer fue para mí oírle hablar de él con un calor absolutamente indescriptible: qué le debía, por qué era el único filósofo que había comprendido la esencia de la música; se interesó después sobre la actitud de los profesores en relación con él, y se rió mucho del congreso de filosofía de Praga, y habló de los siervos filosóficos. Leyó luego un episodio muy divertido de su vida de estudiante en Leipzig, en el que todavía hoy no puedo pensar sin reírme; entre otras cosas, escribe con extraordinaria soltura e ingenio. Al fin, cuando estábamos por retirarnos, me estrechó con calor la mano y me invitó muy amigablemente a visitarle para hacer música y filosofía....



Erwin Rhode fue amigo de Nietzsche, pero esta amistad se fue rompiendo a medida que éste radicaliza su pensamiento, terminando en un alejamiento total. También de esta época data su admiración por la música de Wagner, del que habla en esta carta.

12 agosto 2007

Carta de Cervantes al Conde de Lemos

La última carta que escribió Cervantes cuatro días antes de morir, dirigida al Conde de Lemos.

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
Por parecer que tengo de poeta la gracia
que no quiso darme el cielo.

Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte, Gran señor ésta te escribo.

Ayer me dieron la extremaunción, y hov escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de vuesa excelencia: que podría ser fuese tanto el contento de ver a vuesa excelencia bueno de España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y, por los menos, sepa vuesa excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención, con todo esto, como en profecía, mi alegro de la llegada de vuesa excelencia, regocíjame de verle señalar con el dedo, y realegrarme de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de vuesa excelencia. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del Jardín y del famoso Bernardo, si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sana ventura, sino milagro, mi diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de la Galatea, de quien se está aficionando vuesa excelencia; y con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios a vuesa excelencia como puede.

De Madrid, a diez v nueve de abril de mil seiscientos dieciséis años.

Carta de Miguel Hernández a Josefina Manresa

En abril de 1939, tras la caída de Madrid y de la II República española, Miguel Hernández intentó huir a través de la frontera con Portugal. Detenido en Rosal de la Frontera, permaneció en prisión hasta el 17 de septiembre, cinco días después de escribir a su esposa, Josefina Manresa, la carta que aquí reproducimos.


Madrid, 12 de septiembre de 1939.

Mi querida Josefina:

Esta semana, como las anteriores, llega martes y no ha llegado tu carta. También empiezo a escribir ésta para que me dé tiempo a echarla después, cuando el correo me traiga la tuya, que no creo que falte hoy. Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme. Prefiero lo primero y así no hago más que eso, además de lavar y coser con muchísima seriedad y soltura, como si en toda mi vida no hubiera hecho otra cosa. También paso mis buenos ratos espulgándome, que familia menuda no me falta nunca, y a veces la crío robusta y grande como el garbanzo.

Todo se acabará a fuerza de uña y paciencia, o ellos, los piojos, acabarán conmigo. Pero son demasiada poca cosa para mí, tan valiente como siempre, y aunque fueran como elefantes esos bichos que quieren llevarse mi sangre, los haría desaparecer del mapa de mi cuerpo. ¡Pobre cuerpo! Entre sarna, piojos, chinches y toda clase de animales, sin libertad, sin ti, Josefina, y sin ti, Manolillo de mi alma, no sabe a ratos qué postura tomar, y al fin toma la de la esperanza que no se pierde nunca. Así veo pasar un día y otro día, esperanzado y deseoso de correr a vuestro lado y meterme en nuestra casa y no saber en mucho tiempo nada del mundo, porque el mundo mejor está entre tus brazos y los de nuestro hijo.

Aún es posible que vaya para el día de mi santo, guapa y paciente Josefina. Aunque yo, la verdad, creo que estos amigos míos llevan las cosas muy despacio. Han estado de vacaciones fuera de Madrid y han regresado esta semana pasada. No han podido venir a verme porque ahora es imposible para todo el mundo. Es casi seguro que los veré la semana que viene. Me decías en tu anterior que guardara la ropa cuanto pudiera. No te preocupes, que si no tengo ropa cuando salga, con ponerme una mano en el occipucio y otra en el precipicio, arreglado. Así y todo procuro conservarla y uso la más vieja y todo son cosidos y descosidos y ventanas por todas partes. El pijama se me ha roto y le he puesto un remiendo que es media camisa, porque se me veía toda la parte de atrás y era una verdadera vergüenza. Por lo que a mí me pasa, me figuro lo que os pasará a vosotros y como esto siga así, me veo contigo como Adán y Eva en el Paraíso.

¡Ay, Josefina mía! No nos queda otro remedio que aguantar todo lo malo que nos viene y nos puede venir, para el día que nos toque aguantar lo bueno. ¿Verdad que llegará ese día? Yo nunca he dudado de que llegará y de que seremos más felices que hasta aquí hemos sido. Esta separación nos obliga a respetar a nuestro Manolillo más que respetamos al otro. Manolillo del que no dejo de acordarme nunca. Dentro de un mes hará un año que se nos murió. Eso de que el tiempo pasa de prisa, para nadie es más verdad hoy como para nosotros y a mí me cuesta trabajo creer que ha pasado un año desde que cerró nuestro primer hijo los ojos más hermosos de la tierra.

Dios, a quien tú tanto rezas, hará que el día diecinueve de octubre lo pasemos juntos, si no hace que lo pasemos el día ventinueve de este mes. No quisiera pasar, ese día lejos de ti. Iremos a dar una vuelta al campo y si tú eres decidida, visitaremos la tierra donde nos espera. Tengo ganas de hablar contigo. La otra noche soñé a Manolillo ya con cinco o seis años de edad. Cuídalo mucho, Josefina que crezca fuerte y defendido contra toda enfermedad. Cuando te sea posible come mucha fruta y mucho vegetal, principalmente patatas. Es lo que más conviene a tu salud y a la de nuestro sinvergüencilla.

No me dices muchas cosas suyas. Supongo que ya hablará más que un loro. Si supieras que ganas tengo de oír su voz: se me ríen los huesos sólo de imaginarla, con que mira lo que me voy a reír el día que la oiga de verdad. Dime el peso que tiene, que no lo has pesado hace mucho tiempo. Estoy enfadado con Manolo y con las Marianas, a ninguno de los cuatro se les ocurre escribirme unas letras. No se acuerdan de mí, que no los olvido. Dime también algo de la abuela y la tía, que tampoco me han mandado una sola letra (...).

Bueno. Voy a dejar el lápiz y a esperar tu carta, a ver qué me trae de bueno. Nada. Hoy no recibo carta tuya. No me gusta que te retrases en escribirme. Vaya plantón que me he llevado al pie del que vocea el correo. No hay derecho. Espero que me digas algo de nuestra familia de Orihuela, de mi madre especialmente y de la de Pepito. Anteayer he recibido una carta de un amigo de la huerta, Trinitario Ferrer, muy amigo de mi hermano y me dice que se ve con él todos los días. Di a Vicente que le diga que por ahora no puedo contestarle, pero que me alegra mucho saber de él. Voy a terminar mi carta diciéndote que seas menos perezosa conmigo o de lo contrario no te voy a escribir en un mes. Y nada más porque no parezca larga ésta a la censura y porque hagan todo lo posible para que llegue a tus manos.

Manolillo: adiós, un beso ¡pum! Otro beso ¡pum! Otro, otro, otro, ¡pum, pum, pum!

Manolo: escribe, dejando a un lado por un rato las barbas y las perezas.

Marianas: a ser buenas y a pelearos una vez a la semana solamente.

Josefina: recibe para ti y para nuestro hijo y para nuestros hijos mayores el cariño encerrado y empiojado y ... perdido de tu preso

Miguel

¡Adiós!

Carta de Charles Baudelaire a Richard Wagner

Viernes, 17 de febrero de 1860.

Señor:

Siempre he imaginado que, por acostumbrado que esté a la gloria un gran artista, no habría de ser insensible a una felicitación sincera cuando esta felicitación fuera como un grito de agradecimiento y que, en definitiva, este grito podría tener un valor de un género singular viniendo de un francés; es decir, de hombre poco hecho al entusiasmo y nacido en un país donde apenas se presta más atención a la poesía y a la pintura que a la música. Ante todo, quiero decirle que le debo el mayor gozo musical que jamás haya experimentado. A mi edad apenas atrae ya escribir a los hombres célebres y habría dudado mucho en testimoniarle por carta mi admiración si mis ojos no se tropezaran cada día con artículos indignos, ridículos, en los que se hacen todos los esfuerzos posibles por difamar su genio. No es usted, señor, el primer hombre con ocasión del cual haya tenido yo que sufrir y avergonzarme de mi país. Por fin, la indignación me ha empujado a testimoniarle mi reconocimiento; me he dicho a mí mismo: quiero distinguirme de todos esos imbéciles.

La primera vez que fui a los Italianos a escuchar sus obras, lo hice bastante mal dispuesto e incluso -lo confesaré- lleno de malos prejuicios; más tengo excusa: me han embaucado tantas veces...; he escuchado tanta música de charlatanes precedidos de bombo y platillo... Usted me venció inmediatamente. Lo que experimenté es indescriptible y, si me hace el favor de contener la risa, intentaré transmitírselo. Al principio me pareció que conocía aquella música, y, al reflexionar más tarde, comprendí de dónde provenía este espejismo; me parecía que aquella música era la mía y la reconocía como todo hombre reconoce las cosas que esté destinado a amar. Para cualquiera que no sea hombre de talento, esta frase sería inmensamente ridícula y más escrita por un hombre que, como yo, no sabe música y cuya toda educación se limita a haber escuchado (con gran placer, es cierto), algunos bellos fragmentos de Weber y Beethoven.

El carácter que, a continuación, me chocó principalmente en su música, fue su grandeza, aquello representaba algo grande e impulsaba a la grandeza. Después he vuelto a encontrar por doquier sus obras, la solemnidad de los sonidos grandiosos, de los aspectos grandiosos de la naturaleza, y la solemnidad de las pasiones grandiosas del hombre. Y uno se siente al instante arrebatado y subyugado. Entre los fragmentos más extraños y que me aportaron una sensación musical nueva, está el dedicado a pintar el éxtasis religioso. El efecto producido por la Entrada de los invitados y por la Fiesta nupcial es inmenso. Sentí toda la majestuosidad de una vida más amplia que la nuestra. Aún algo más: experimenté con frecuencia un sentimiento de una naturaleza harto singular, el orgullo y el gozo de comprender, de dejarme penetrar e invadir, voluptuosidad realmente sensual, que se asemeja a la de ascender a los aires o rodar por la mar. Y la música, al mismo tiempo, respiraba orgullo por la vida. Por regla general, estas profundas armonías me parecían semejantes a esos excitantes que aceleran el pulso de la imaginación. También experimenté, en fin (y le suplico que no se ría) sensaciones que derivan, probablemente, del talante de mi espíritu y de mis más frecuentes preocupaciones. Por todas partes hay algo de arrebatado y de arrebatador, algo que aspira a ascender más arriba, algo de excesivo y de superlativo. Por ejemplo, y sirviéndome de un símil tomado de la pintura, supongo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo sombrío. Si este rojo representa la pasión, veo a ésta acercarse gradualmente, a través de todas las transiciones del rojo y el rosa, hasta la incandescencia de la hoguera. Se diría que es difícil, imposible incluso, convertirse en algo más ardiente, y, sin embargo, una última onda viene a trazar un surco más blanco aún sobre el blanco que le sirve de fondo. Este será, si usted me lo concede, el grito supremo del alma elevada a su paroxismo.

Había empezado a escribir unas meditaciones sobre los fragmentos de Tannhäuser y de Lohengrin que escuchamos; más hube de reconocer la imposibilidad de decirlo todo.

De modo que podría continuar esta carta interminablemente. Si ha podido usted leerme, se lo agradezco. No me queda nada que agregar sino unas pocas palabras. Desde el día en que escuché su música me digo sin cesar, sobre todo en los momentos bajos: Si, al menos, pudiera escuchar esta tarde un poco de Wagner... Existen, sin duda, otros hombres en la misma situación. En definitiva, debería sentirse satisfecho con el público, cuyo instinto ha resultado bien superior a la mala ciencia de los periodistas. ¿Por qué no da unos cuantos conciertos más añadiendo fragmentos nuevos? Nos ha hecho conocer el aperitivo de unos gozos desconocidos; ¿tiene usted derecho a privarnos del resto?... Una vez más, señor, le doy las gracias; usted me ha restituido a mí mismo y a la grandeza, y, además, en momentos bajos.

CH. BAUDELAIRE


No le adjunto mi dirección, no vaya a creer que tengo algo que pedirle.

11 agosto 2007

Carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard

Charleville, 13 mayo 1871

Estimado señor: Ya está usted otra vez de profesor. Nos debemos a la sociedad, me tiene usted dicho: forma usted parte del cuerpo docente: anda por el buen carril. — También yo me aplico este principio: hago, con todo cinismo, que me mantengan; estoy desenterrando antiguos imbéciles del colegio: les suelto todo lo bobo, sucio, malo, de palabra o de obra, que soy capaz de inventarme: me pagan en cervezas y en vinos. Stat mater dolorosa, dum pendet filius, — Me debo a la Sociedad, eso es cierto; — y soy yo quien tiene razón. Usted también la tiene, hoy por hoy. En el fondo, usted no ve más que poesía subjetiva en este principio suyo: su obstinación en reincorporarse al establo universitario —¡perdón!— así lo demuestra. Pero no por ella dejará de terminar como uno de esos satisfechos que no han hecho nada, porque nada quisieron hacer. Eso sin tener en cuenta que su poesía subjetiva siempre será horriblemente sosa.

Un día, así lo espero, — y otros muchos esperan lo mismo —, veré en ese principio suyo la poesía objetiva: ¡la veré más sinceramente de lo que usted sería capaz! Seré un trabajador: tal es la idea que me frena, cuando las cóleras locas me empujan hacia la batalla de París —¡donde, no obstante, tantos trabajadores siguen muriendo mientras yo le escribo a usted! Trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga. Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresárselo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos. Los padecimientos son enormes, pero hay que ser fuerte, que haber nacido poeta, y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía. Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir me piensan. — Perdón por el juego de palabras.
YO es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!
Usted para mí no es Docente. Le regalo esto: ¿puede calificarse de sátira, como usted diría? ¿Puede calificarse de poesía?
Es fantasía, siempre. — Pero, se lo suplico, no subraye ni con lápiz, ni demasiado con el pensamiento.

El corazón atormentado
Mi triste corazón babea en la popa,
Mi corazón está lleno de tabaco de hebra:
Ellos le arrojan chorros de sopa,
Mi triste corazón babea en la popa:
Ante las chirigotas de la tropa
Que suelta una risotada general,
Mi triste corazón babea en la popa,
¡Mi corazón está lleno de tabaco de hierba!
¡Itifálicos y sorcheros
Sus insultos lo han pervertido!
En el gobernalle pintan frescos
Itifálicos y sorcheros.
Oh olas abracadabrantescas,
Tomad mi cuerpo para que se salve:
¡Itifálicos y sorcheros
sus insultos lo han pervertido!
Cuando, al final, se les seque el tabaco,
¿Cómo actuar, oh corazón robado?
Habrá cantilenas báquicas
Cuando, al final, se les seque el tabaco:
Me darán bascas estomacales
Si el triste corazón me lo reprimen:
Cuando, al final, se les seque el tabaco
¿Cómo actuar, oh corazón robado?

No es que esto no quiera decir nada. Contésteme, a casa del señor Deverrière, para A.R.

AR. RIMBAUD



Georges Izambard fue el profesor de retórica de Arthur en el instituto, y a través de él conoce una buena lista de autores "malditos": Rabelais, Baudelaire, Víctor Hugo, Banville, Villon...

Cartas de Arthur Rimbaud a Paul Verlaine




Rimbaud y Verlaine partieron de nuevo hacia Londres. Los primeros días fueron muy intensos, pero pronto regresó esa otra cara de su convivencia: la de las peleas, el menosprecio que sentía Rimbaud por su amante. Fruto de una discusión, Verlaine decidió abandonar a Rimbaud, quien, al verse solo, decidió escribirle esta carta.




A Paul Verlaine

Londres, julio de 1873

Regresa, regresa, mi querido amigo, mi único amigo, regresa. Te juro que seré bueno. Si me he mostrado desagradable contigo, fue tan sólo una broma; me cegué, y me arrepiento de ello más de lo que puedes imaginar. Vuelve, porque cuando regreses todo estará totalmente olvidado. ¡Qué desgracia que hayas tomado en serio esta broma!

No paro de llorar desde hace dos días. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada esta perdido todavía. Sólo tienes que emprender el viaje de vuelta. Viviremos aquí nuevamente, valientemente, pacientemente.

Te lo suplico. Además, es por tu bien. Vuelve, encontrarás aquí todas tus cosas. Espero que no tengas duda alguna, ahora, de que no discutía en serio. Que suceso y situacion más desagradable.

Porqué, cuando te hacía señas para que bajaras del barco, ¿por qué no lo hiciste?
¿Hemos vivido juntos durante dos años para llegar a esto? ¿Qué vas a hacer? Si no quieres volver aquí ¿quieres que vaya yo a tu encuentro, dónde tú estés?

Se que yo tengo la culpa. No me olvidarás ¿verdad?
No, tú no puedes olvidarme.
Yo te tengo aquí siempre.
Di, contesta a tu amigo ¿acaso no volveremos a vivir juntos los dos?
Contéstame pronto.
No puedo quedarme aquí por más tiempo.
Escucha unicamente lo que te dicte tu corazón.
Dime pronto si tengo que reunirme contigo.

A ti, para toda la vida.

Rimbaud




P.D. Si no puedo volver a verte, me alistaré en el ejercito o en la marina.
Regresa; no paro de llorar a cada momento. Dime que vaya a tu encuentro, iré, dímelo, ponme un telegrama - tengo que irme el lunes por la tarde ¿dónde irás? ¿qué quieres hacer?


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5 de julio de 1873

Querido amigo, tengo tu carta fechada en el mar. Te equivocas, esta vez, te equivocas mucho. Primero no hay nada positivo en tu carta: tu mujer no vendrá o vendrá en tres meses, tres años, ¿qué sé yo? Respecto a lo de dar el portazo ¿te conozco?
Así que vas, mientras esperas a tu mujer y a tu muerte, a forcejear, errar, aburrir a todo el mundo. Qué, ¿todavía no te has dado cuenta de que los enfados eran tan falsos por una parte como por la otra? Pero tú eres el último en equivocarse, ya que incluso después de haberte llamado repetidas veces, has persistido en tus falsos sentimientos. ¿Crees que tu vida será más agradable con otros que no sean yo? ¡piénsalo! ¡Ah, seguro que no!
Sólo conmigo puedes ser libre, y ya que te prometo ser bueno en el futuro, que deploro mis errores, que tengo el espíritu limpio, que te quiero, si no quieres volver, o que te alcancen; cometes un crimen del que te arrepentirás durante muchos y largos años, por la pérdida de toda la libertad. Los enojos más atroces, y todo eso que has sentido. Después de eso vuelve a pensar en lo que eras antes de conocerme.

Respecto a mí no vuelvo con mi madre. Me marcho a París, intentaré irme el lunes por la tarde, habré tenido que vender todos tus trajes, no puedo hacerlo de otro modo. Todavía no los he vendido, hasta el lunes por la mañana no vendrán a recogerlos. Si quieres mandarme cartas a París, envíalas a L. Forais, 289, rue Saint Jacques para A. Rimbaud. Él sabrá mi dirección.
Es verdad. Si tú mujer vuelve, no te comprometeré escribiéndote. No te escribiré nunca. La única palabra verdadera es: vuelve, quiero estar contigo, te quiero. Si escuchas esto, mostrarás valor y un espíritu sincero. Si es de otro modo, te compadezco. Pero te quiero, te abrazo, y volveremos a vernos.

Rimbaud,

8 Great College, etc, hasta el lunes por la tarde o martes a las doce, si llamas.

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Verlaine escribió a Rimbaud para pedirle que se uniera a él, pero no en Londres, sino en Bruselas. Fue en esta ciudad en la que se produjo todo el incidente que desembocaría en su drástica separación. Rimbaud le responde con esta carta:



7 de julio de 1873

Lunes a las doce de la mañana.

Mi querido amigo.

Vi la carta que enviaste a la Sra. Smith. ¡Quieres regresar a Londres! ¡No puedes imaginarte cómo va a recibirte todo el mundo! ¡Y la mala cara que me pondrán Andreu y otros si vuelven a verme contigo! Sin embargo, seré valiente. Cuéntame tu plan sinceramente. ¿Quieres volver a Londres por mí?, ¿qué día?, ¿es mi carta la que te convenció? Pero no queda nada en mi habitación.
Lo he vendido todo, excepto un gabán. Tengo dos libras con diez. Pero la colada está todavía en la blanqueadora y he conservado un montón de cosas para mí: todas las camisas, calzoncillos, jerseys, gantes y todos los calcetines. Todos los libros y manuscritos están seguros. En suma, no he vendido más que tus pantalones, negros y gris, un gabán y un chaleco, el bolso y la caja de gorros. ¿Pero por qué no me escribes a mí directamente?

Sí, mi querido pequeño. Voy a quedarme todavía una semana. Y tú vendrás, ¿no es cierto? Dime la verdad. Habrás dado una prueba de tu valentía. Espero que sea cierto, puedes estar seguro de mí, tengo muy buen carácter.
Para ti. Te espero.

Rimb.

Cartas de Ernesto "Che" Guevara

La primera carta es la despedida de sus hijos. La segunda no es tan importante y conocida. Es una contestación a una carta que le envía una mujer admiradora que cree ser su pariente. La tercera va dirigida a su madre.


A mis hijos
Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:

Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds.

Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán nada.

Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.

Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.

Hasta siempre, hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de
Papá.

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La Habana, febrero 20 de 1964
"Año de la Economía"

Sra. María Rosario Guevara
36. rue d'Annam
(Maarif) Casablanca
Maroc

Compañera:

De verdad que no sé bien de qué parte de España es mi familia. Naturalmente, hace mucho que salieron de allí mis antepasados con una mano atrás y otra adelante; y si yo no las conservo así, es por lo incómodo de la posición.

No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si Ud. es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es lo más importante.

Un saludo revolucionario de


Patria o Muerte
Venceremos
Cmdte. Ernesto Che Guevara




Carta a su madre

Bogotá, 6 de julio de 1952

Querida vieja:

Aquí estoy, unos cuantos kilómetros más lejos y algún peso más pobre, preparándome a seguir viaje rumbo a Venezuela. Primero que todo tengo que mandarte el que los cumplas muy feliz de rigor que lo hayas pasado siempre dentro del tiempo medio de la familia en cuestión felicitaciones, luego, seré ordenado te contaré escuetamente mis grandes aventuras desde que salí de Iquitos: la salida se produjo más o menos dentro del término establecido por mí, anduvimos dos noches con la cariñosa compañía de los mosquitos y llegamos a la madrugada a la leprosería de San Pablo, donde nos dieron alojamiento. El médico director, un gran tipo, simpático enseguida con nosotros y en general simpatizábamos con toda la colonia, salvo las monjas que preguntaban por que no íbamos a misa, resulta que las administradoras eran las tales monjas y al que no iba a misa le cortan la ración todo lo posible (nosotros quedamos sin..., pero los muchachos nos ayudaron y nos conseguían algo todos los días). Fuera de esta pequeña guerra fría la vida transcurría sumamente placentera. El 14 me organizaron una fiesta con mucho pisco, una especie de ginebra que se trepa de lo lindo. El médico director brindó por nosotros y yo, que me había inspirado por el trago, contesté con un discurso muy panamericano que mereció grandes aplausos del calificado y un poco picado público asistente.

Nos demoramos algo más del tiempo calculado pero por fin arrancamos para Colombia. La noche previa un grupo de enfermos se trasladó desde la parte enferma a la sana en una canoa grande, y que es la vía practicable y en el muelle nos dieron una serenata de despedida y dijeron algunos discursos muy emocionantes. Alberto, que ya pinta como sucesor de Perón , se mandó un discurso demagógico en forma tan eficaz, que convulsionó a los homenajeantes. En realidad fue éste uno de los espectáculos más interesantes que vimos hasta ahora: un acordeonista no tenía dedos en la mano derecha y los reemplazaba por unos palitos que se ataba a la muñeca, el cantor era ciego y casi todos con figuras monstruosas provocadas por la forma nerviosa de la enfermedad, muy común en las zonas, a lo que se agregaba las luces de los faroles y linternas sobre el río. Un espectáculo de película truculenta. El lugar es precioso todo rodeado de selvas con tribus aborígenes a apenas una legua de camino, las que por supuesto visitamos, con abundante pesca y caza para morfar en cualquier punto y con una riqueza potencial incalculable, lo que provocó en nosotros todo un lindísimo sueño de atravesar la meseta del Matto Grosso par aguas partiendo del río Paraguay para llegar al Amazonas haciendo Medicina y todo lo demás; sueño que es como el de la casa propia... puede ser... el hecho es que nos sentíamos un poco más exploradores y nos largamos río abajo en una balsa que nos construyeron especialmente de lujo; el primer día fue muy bueno pero a la noche, en vez de hacer guardia nos pusimos a dormir los dos cómodamente amparados por un mosquitero que nos habían regalado, y amanecimos varados en la orilla.

Comimos como tiburones. Pasó felizmente todo el otro día y decidimos hacer guardia de una hora cada uno para evitar inconvenientes ya que al atardecer la corriente nos llevó contra la orilla y unas ramas medio hundidas casi nos descuajan la balsa. Durante una de mis guardias me anoté un punto en contra ya que un pollo que llevábamos para el morfi cayó al agua y se lo llevó la corriente y yo, que antes en San Pablo había atravesado el río, me achiqué en gran forma para ir a buscarlo, mitad por los caimanes que se dejaban ver de vez en cuando y mitad porque nunca he podido vencer del todo el miedo que me da el agua de noche.

Seguro que si estabas vos lo sacabas y Ana María creo que también ya que no tienen esos complejos nochísticos que me dan a mí. En uno de los anzuelos había un pez enorme que costó un triunfo sacar. Seguimos haciendo guardia hasta la mañana en que atracamos a la orilla para poder meternos los dos debajo del mosquitero, ya que los carapanás abundan un poquitillo. Después de dormir bien, Alberto, que prefiere la gallina al pescado, se encontró con que los dos anzuelos habían desaparecido durante la noche, lo que agravó su bronca y como había una casa cerca decidimos ir a averiguar cuanto faltaba para Leticia. Cuando el dueño de casa nos contestó en legítimo portugués que Leticia estaba siete horas arriba y que eso era Brasil, nos trenzamos en una agria discusión para demostrar uno al otro que el que se había dormido en la guardia era el contendiente. No surgió la luz. Regalamos el pescado y un ananá como de cuatro kilos que nos habían regalado los enfermos y nos quedamos en la casa para esperar el día siguiente en que nos llevarían río arriba. El viaje de vuelta fue muy movido también, pero algo cansador porque tuvimos que remar siete horas bien contadas y no estábamos acostumbrados a tanto. En Leticia en principio nos trataron bien, nos alojaron en la policía con casa y comida, etc., pero en cuanto a cuestiones de pasaje no pudimos obtener nada más que un 50% de rebaja por lo que hubo que desembolsar ciento treinta pesos colombianos más quince por exceso de equipaje, en total mil quinientos de los nuestros. Lo que salvó la situación fue que nos contrataron como entrenadores de un equipo de fútbol mientras esperábamos avión que es quincenal. Al principio pensábamos entrenar para no hacer papelones, pero como eran muy malos nos decidimos también a jugar, con el brillante resultado de que el equipo considerado más débil llegó al campeonato relámpago organizado, fue finalista y perdió el desempate con penales. Alberto estaba inspirado con su figura parecida en cierto modo a Pedernera y sus pases milimétricos, se ganó el apodo de Pedernerita, precisamente, y yo me atajé un penal que va a quedar para la historia de Leticia. Toda la fiesta hubiera sido muy grata si no se les ocurre tocar el himno colombiano al final y me agacho para limpiarme un poco de sangre de la rodilla mientras lo ejecutaban, lo que provocó la reacción violentísima del comisario (coronel) que me atacó de palabra y le mandaba mi rociada flor cuando me acordé del viaje y otras yerbas y agaché el copete. Después de un lindo viaje en avión en que se movió como coctelera llegamos a Bogotá. En el camino Alberto les hablaba a todos los pasajeros de lo terrible que había sido el cruce del Atlántico para nosotros, cuando fuimos a una reunión internacional de leprólogos en París y de que estuvimos a punto de caer en el Atlántico cuando le fallaron tres de los cuatro motores. Acabo con un: "digo que estos Douglas..." tan convincente que temí seriamente por mi vida.

En general estamos por completar la segunda vuelta al mundo. El primer día en Bogotá fue regularcito, conseguimos la comida en la Ciudad Universitaria pero no alojamiento, porque esto está lleno de estudiantes becados para seguir una serie de cursos que organiza la ONU. Por supuesto, ningún argentino. Recién a la una de la mañana nos dieron alojamiento en un hospital, entendiéndose por tal una silla donde pasamos la noche. No es que estemos tan tirados como eso, pero un raidista de la talla nuestra antes muere que pagar la burguesa comodidad de una casa de pensión. Después nos tomó por su cuenta el servicio de lepra que el primer día nos había olfateado cuidadosamente a causa de la carta de presentación que traíamos del Perú, la que era muy encomiástica pero la firmaba el doctor Pesce que juega en el mismo puesto que Lusteau.

Alberto puso varios plenos y apenas respiraban los tipos los agarré yo con mi alergia y los dejé turulatos, resultado: ofrecimiento de contrato para los dos. Yo no pensaba aceptar de ninguna manera pero Alberto sí, por razones obvias, cuando por culpa del cuchillito de Roberto que yo saqué en la calle para hacer un dibujo en el suelo tuvimos tal lío con la policía que nos trató en una forma vejante, que hemos decidido salir cuanto antes para Venezuela de modo que cuando reciban esta carta estaré por salir ya. Si quieren tirarse el lance escriban a Cúcuta, departamento de Santander del Norte, Colombia o muy rápido a Bogotá. Mañana veré a Millonarios y Real Madrid desde la más popular de las tribunas, ya que los compatriotas son más difíciles de roer que ministros. Este país es el que tiene más suprimidas las garantías individuales de todos los que hemos recorrido, la policía patrulla las calles con fusil al hombro y exigen a cada rata el pasaporte, que no falta quien lo lea al revés, es un clima tenso que hace adivinar una revuelta dentro de poco tiempo. Los llanos están en franca revuelta y el ejército es impotente para reprimirla, los conservadores pelean entre ellos; no se ponen de acuerdo y el recuerdo del 9 de abril de 1948 pesa como plomo en todos los ánimos; resumiendo, un clima asfixiante, si los colombianos quieren aguantarlo allá ellos, nosotros nos rajamos cuanto antes.

Parece que Alberto tiene bastantes posibilidades de conseguir un puesto en Caracas. Es de esperar que alguno escriba dos letras para contar cómo andan no tengan que saber todo por intermedio de Beatriz (a ella no le contesto porque estamos a régimen una carta por ciudad, por eso va la tarjetita para Alfredito Gabela adentro) Un abrazo de tu hijo que te añora por los codos, talones y fundillos. Que se anime el viejo y se raje a Venezuela, la vida es más cara que acá pero de paga mucho más y para un tipo ahorrador (!!) como el viejo, eso conviene. A propósito, si después de vivir un tiempo por aquí sigues enamorado del Tío Sam... pero no divaguemos. Papi es muy intelijudo (con semisorna).

Chau

Carta de Winston Churchill a su esposa


Enero 23, 1935

Mi querida Clemmie:

En tu carta desde Madras me escribiste algunas palabras muy queridas por mí, sobre cuánto enriquecía tu vida. No puedo expresarte qué placer me dio esto, porque me siento siempre de forma aplastante tu deudor, si puede haber cuentas en el amor.... Lo que ha sido para mí vivir todos estos años en tu corazón y compañerismo ninguna frase puede transmitirlo. El tiempo pasa velozmente pero, ¿no da felicidad ver cuán grande y creciente es el tesoro que hemos recolectado juntos, en medio de las tormentas y de las tensiones de tan agitados y en cantidad trágicos y terribles años?

Tu amante esposo

Cartas de John Keats a Fanny Brawne

En Julio de 1819, Keats estaba en la Isla de Wight y su alejamiento de Hampstead motiva la primera de sus cartas a Fanny Brawne:


Mi señora muy querida:

Me alegro de no haber tenido oportunidad de enviarte una carta que te escribí el jueves por la noche; se parecía demasiado a las de la héloisa de Rosseau. Esta mañana soy más razonale. La mañana es el único momento apropiado para escribir a la linda niña a quien tanto amo; porque de noche, cuando el día solitario ha concluído y mi cuarto vacío, silencioso, sin música, está esperando para recibirme como un sepulcro, entonces, créeme, la pasión me avasalla; por nada quisiera que vieses los raptos a los que jamás hubiera pensado que me entregaría, y que muchas veces me hicieron reir en otros; temo que me creerías o demasiado desdichado, o quizá algo loco. Ahora estoy junto a la ventana de un bonito cottage, mirando un bello paisaje ondulado, donde se entrevé el mar; la mañana es espléndida. No sé cuál ágil sería mi espiritu, qué placer me daría vivir aqui, respirando y correteando libre como un ciervo por esta hermosa costa, si tu recuerdo no pesara tanto sobre mí. Nunca conocí una felicidad completa que durase muchos días; la muerte o la enfermedad de alguien siempre la malograron; y ahora, cuando no me oprimen esas penas, muy duro es, confiésalo, que otra clase de dolor me acose. Pregúntate, amor mío, si no eres harto cruel por haberme aprisionado, por haber destruído asi mi libertad. Confiésalo en la carta que escribirás en seguida, y haz lo que puedas por consolarme, hazla sabrosa como una infusión de adormiera que me embriague; escribe las palabras más dulces y bésalas, para que mis labios rocen al menos el lugar donde se posarón los tuyos. No sé cómo expresar mi devoción por una criatura tan bella: necesito una palabra más radiante que radiante, una palabra más bella que bella, cási desearía que fuéramos mariposas y sólo viviéramos tres días de estío..Contigo podrías llenar esos tres días con más deleite del que jamás contendrían cincuenta años comunes. Pero por más egoísta; como te dije uno o dos días antes de salir de Hampstead, jamás volveré a Londres si mi destino no me da una carta de triunfo. Aunque podría concentrar en ti toda mi felicidad, no puedo pretender acaparar tan enteramente tu corazón; en verdad, si pensara que sientes por mí todo lo que siento por ti en este momento, no creo que pudiera impedirme verte mañana mismo por el solo placer de abrazarte. Pero no; debo vivir de esperanza y azar. En caso de que lo peor ocurra, te seguiré amando..pero qué odio sentiré hacia el otro. Unos versos leídos hace poco resuenan continuamente en mis oídos:


Ver esos ojos que aprecio más que los míos
flechar a otro con favores,
y esos dulces labios, dadores de néctar inmortal,
dulcemente oprimidos por cualquiera, que no por mí..
Piensa, Francesca, piensa qué maldición sería,
inexpresable!"

J."

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1-7-1819

Escríbeme en seguida. Como no hay aquí oficina de correos, dirige la carta a la oficina postal de Newport, Isla de Wight,. Sé que antes de esta noche me maldeciré por haberte enviado una carta tan fría; y sin embargo es mejor que la escriba mientras esté en mi sano juicio. Sé tan buena como lo permita la distancia en tu

J. Keats

Saludos a tu madre, cariños a Margaret y recuerdos a tu hermano, que te ruego transmitas.

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13-9-1819

Volví apresuradamente a Londres por una carta de mi hermano George, que no trae noticias brillantes. Estoy loco, o no?. Llegué en la diligencia nocturna del viernes, y todavía no he ido a Hampstead. Por mi vida, no es culpa mía. No puedo resolverme a mezclar ningún placer con estos días, todos van pasando sin la menor diferencia. Si fuera a verte hoy, destruiría esta murria seminconfortable de que gozo ahora con franca perplejidades. Te amo demasiado para aventurarme a ir a Hampstead, siento que no es hacer una visita sino arrojarme al fuego. Que ferai-je?, como los novelistas franceses dicen en broma y yo en serio; realmente, qué puedo hacer?. Sabiendo bien que mi vida está condenada a las fatigas y las preocupaciones, he tratado de arrancarme de ti; porque a mí solo qué puedo hacerme una desventura?. Por lo que a mí se refiere, puedo despreciar todo lo que ocurra; pero no puedo dejar de amarte. Apenas sé lo que hago esta mañana. Me voy a Walthamstow. Volveré mañana a Winchester; desde allí tendrás noticias en pocos días. Soy un cobarde, no puedo soportar el dolor de ser feliz, es indiscutible; no debo pensarlo siquiera.

Siempre tuyo,

John Keats.

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En octubre escribió tres cartas a Fanny, la últimas anteriores a la crisis de su enfermedad. Estas cartas son breves y tensas. El júbilo por haber visto a Fanny tiene aquí la misma calidad de deseperación que su angustia frente a la maraña que lo cerca.


11-10-1819

Hoy vivo en ayer; me sentí bajo un embrujo el día entero. Estoy a tu merced. Escríbeme unas pocas líneas, dime que jamás serás menos buena de lo que fuiste ayer conmigo. Me deslumbraste. No hay nada en el mundo más brillante y delicado. ¿Cuando tendremos un día sólo para los dos?

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13 de octubre de 1819.

Mi queridísima niña:

Me he puesto a pasar en limpio algunos versos, pero no me da ningún gusto trabajar. Tengo que escribirte una o dos líneas y ver si eso me ayuda a alejarte de mi espiritu aunque sea por unos instantes, no puedo existir sin ti. Todo lo olvido salvo la idea de volver a verte. Mi vida parece detenerse ahi: más allá no veo nada. Me has absorbido. En este mismo momento tengo la sensación de estar disolviéndome...Si no tuviera la esperanza de verte pronto me sentiría en el colmo de la desdicha. Tendría miedo de separarme, de estar demasiado lejos de ti. Mi dulce Fanny, no cambiará nunca tu corazón?, Amor mío, no cambiarás? Alguna vez me asombró que los hombres pudieran ir al martirio por su religión. Temblaba de pensarlo. Ahora ya no tiemblo; podría ir al martirio por mi religión- El amor es mi religión-, y podría morir por él....Me has cautivado con un poder que soy incapaz de resistir; y sin embargo lo era hasta que te ví; y desde que te he visto me he esforzado a menudo en razonar contra las razones de mi amor. Ya no puedo hacerlo, el dolor sería demasiado grande. Mi amor es egoísta. No puedo respirar sin ti....

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19-10-1819

Al despertar de mi ensueño de tres días ("Lloro por soñar de nuevo"), encuentro a unos y otros asombrados de mi holganza y mi descuido. Anoche me sentí desdichado, pero la mañana siempre reanima. Debo trabajar o tratar de hacerlo. Tengo varias cosas de que hablarte mañana por la mañana. Creo que la señora Dilke te dirá que me propongo vivir en Hampstead. Debo imponerme cadenas yo mismo, no seré capaz de hacer nada. Me gustaría echar suertes entre el amor o la muerte. No tengo paciencia para nada más...Si alguna vez decides ser cruel conmigo como dices en broma, aunque quizá sea en serio, hazlo ahora...y yo... Estoy temblando. No sé que escribo.

Siempre tuyo, amor mío

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Fanny crece en sus sueños como un juego de agua, y le escribe esta carta de soledad y pasión:


Mayo de 1820

Ayer te escribí una carta, esperando ver a tu madre. Seré lo bastante egoísta para enviártela aunque sé que te apenará un poco, pues quiero que veas lo desdichado que soy por amarte, y cómo lucho todo lo posible por convencerte de que entregues tu corazón a aquél cuya entera existencia está suspendida de ti. No podrías dar un paso ni parpadear sin que mi corazón lo recibiera de lleno. Estoy ávido de ti, no pienses en nada más que en mí. No vivas como si yo no existiera...No me olvides..Pero tengo derecho a decir que seas desdichada por mi causa?. Me lo perdonarías, si supieras con cuánta pasión deseo que me ames.. Y para amarme como yo a ti, no debes pensar sino en mí, y no escribir una frase como ésa. Ayer y esta mañana me ha obsesionado una dulce visión: te veía todo el tiempo con tu disfraz de pastora. Cómo sufrieron mis sentidos!, cómo te ha seguido mi corazón!, cómo se me llenaron los ojos de lágrimas! Creo firmemente que un amor verdadero basta para ocupar el corazón más dilatado...Cuando me enteré de que habías ido sola a Londres, tuve un choque...aunque lo esperaba..Prométeme que no lo harás por algún tiempo, hasta que yo mejore. Prométemelo y llena la página con los nombres más cariñosos. Si no puedes hacerlo de buen grado, entonces dime, mi amor, dime lo que piensas, confiesa que tu corazón está harto, encadenado a lo mundano. Quizá entonces yo pueda verte con más distancia, y no te sienta tan próxima a mí. Si tu pájaro favorito huyera de la jaula, cómo sufrirían tus ojos mientras alcanzaran a verlo!. Pero a penas se perdiera en la distancia, te recobrarías un poco. Quizá si tú quisieras confesarme, si tal es el caso, cuántas cosas te son necesarias aparte de mí, yo podría ser más dichoso al sentirme menos atormentado. "Ah!", exclamarás, "qué crueldad!, no dejarme gozar de mi juventud, desear que sea desgraciada". Debes serlo si me amas..por mi vida te digo que no me contento con otra cosa. Si realmente puedes divertirte en una fiesta, si puedes sonreír en la cara de las gentes, y desear que te admiren precisamente ahora...ni me has amado ni me amarás nunca. Para mí la vida no es más que la certeza de tu amor. dámela, mi más querida. Si no llego a convencerme de ello, me moriré de angustia. Si nos amamos, no debemos vivir como otros hombres y mujeres; no puedo tolerar el veneno de la moda, la ftuidad y el chismorreo. Debes ser mía, hasta morir en el tormento si yo lo quiero.

No pretendo tener más sensibilidad que mis semejantes, pero deseo que releas seriamente mis cartas, amables o no, y consideres si la persona que las escribió es capaz de soportar por mucho más tiempo las agonías y las incertidumbres que tú sabes crear con tu especial manera de ser. Recuperar la salud no me servirá de nada si no has de ser enteramente mía cuando esté bien. Por el amor de Dios, sálvame..o dime que mi pasión es demasiado terrible para ti.. Una vez más que Dios te bendiga.....J.K.

No, mi dulce Fanny...estoy equivocado. No quiero que seas desdichada...y sin embargo lo quiero, es necesario mientras haya una belleza tan exquisita...Mi más querida, mi adorada, adiós!. Te beso..Oh Tormento!"

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Unos días antes de abandonar la casa de Hunt, John escribió su última carta a Fanny. Con estas palabras se cierra la correspondencia del poeta y su prometida, es el adios.


Agosto de 1820?

Mi niña más querida:

Quisiera que inventarás algún medio para hacerme feliz sin ti. Cada hora me concentro más en tu persona; el resto no sabe a nada en mi boca. me resulta casi imposible ir a Italia..es que no puedo dejarte, y no gozaré jamás de un minuto de contento mientras la suerte no se digne dejarme de verdad vivir contigo. Pero en esta forma no saldré adelante. Una persona sana como tú no puede concebir los horrores que sufren unos nervios y un temperamento como los míos. A qué isla proyectan retirarse tus amigos? Me sentiría feliz de ir allá contigo, pero solos; las calumnias y los celos de los nuevos colonos que no tienen otra ocupación que ésa para distraerse, son insoportables. Los dos últimos años saben amargos a mi paladar. si no puedo vivir contigo, viviré solo. No creo que mi salud mejore mucho mientras esté separado de ti. Y por todo eso no quiero verte...no puedo soportar los rayos de la luz y volver luego a mis tinieblas. No me siento ahora tan desdichado como lo estaría si te hubiera visto ayer. Ser feliz contigo parece tan imposible..Requiere una estrella más afortunada que la mía...No lo será jamás. Incluyo aquí un pasaje de una de tus cartas que desearía que modificaras un poco..Deseo (si así lo quieres) que la cosa me sea dicha con frialdad. Si mi estado lo tolerara, podría escribir un poema que ronda mi memoria, y que sería un consuelo para mentes en la misma situación que yo. Mostraría a alguien tan enamorado como yo, de una persona viviendo con tanta libertad como tú. Shakespeare resume siempre las cosas del modo más soberano. El corazón de Hamlet estaba henchido de la misma desdicha que el mío. Cuando dijo a Ofelia : "Vete al convento, vete, vete". Si quisiera renunciar a todo de una vez, quisiera morir. Estoy asqueado del mundo brutal en el cual sonríes. Odio a los hombres y más a las mujeres. No veo más que un futuro de espinas...Donde quiera que yo esté el invierno próximo, en Italia o en ninguna parte, Brown seguirá viviendo cerca de ti, con su conducta inconveniente...No veo perspectiva alguna de reposo. Supón que esté en Roma..pues allí, como en un espejo mágico, te estaré viendo ir y volver a la ciudad a toda hora..Quisiera que pudieses infundir en mi corazón un poco de confianza en la naturaleza humana. Yo no puedo alcanzarla..el mundo es demasiado brutal para mí. Me alegra saber que hay tumbas...estoy seguro de que sólo en la mía conoceré el descanso. En todo caso tendré el gusto de no ver nunca más a Dilke, a Brown, o a cualquiera de sus amigos. Quisiera estar en tus brazos, lleno de fe, o que un rayo me fulminara.

Dios te bendiga, J.K. (Agosto de 1820?).

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John Keats fue uno de los principales poetas británicos del movimiento romántico. A la muerte de su hermano se fue a vivir a casa de su amigo Brown. Allí conoció a Fanny Brawne, quién había estado viviendo en la casa de Brown con su madre, y se enamoró de ella. La correspondencia entre ambos escandalizó a la sociedad victoriana.

Carta de Simone de Beauvoir a Jean Paul Sartre

Querido pequeño ser:

Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: "¿De que se ríe?". Y le contesté: "Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo". Y replicó: "Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía". Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo.

Te beso tiernamente,
tu Castor.

Carta de Woodrow Wilson a Edith Bolling Galt

La Casa Blanca
Septiembre 19 de 1915

Mi noble, incomparable Edith,

No sé expresar o analizar las conflictivas emociones que han surgido como una tormenta a través de mi corazón toda la noche. Sé solamente que el primero y más importante de todos mis pensamientos ha sido la confirmación gloriosa que me diste ayer por la noche - sin esfuerzo, inconscientemente, como por sentada - de todo lo que he pensado siempre de tu mente y corazón. Tienes el alma más grande, la naturaleza más noble, la más dulce, el más amable corazón que haya jamás conocido, y mi amor, mi reverencia, mi admiración para tí, la has aumentado en una tarde como debo haber pensado solamente que sucedería en el curso de una vida de intimidad, de cariñosa asociación.

Eres más maravillosa y encantadora ante mis ojos que nunca antes; y mi orgullo y alegría y gratitud de que me ames con un amor tan perfecto están más allá de toda la expresión, excepto en algún gran poema que no puedo escribir.

Tu
Woodrow

Carta de Voltaire a Olimpia Dunover

La Haya 1713

Estoy un preso aquí en el nombre del rey; pueden tomar mi vida, pero no el amor que siento por tí. Sí, mi amante adorable, te veré esta noche, así tenga que poner mi cabeza en un atascadero para hacerlo.
Por el todos los cielos, no me escribas en los términos desastrosos que lo hicisye; debes vivir y ser cautelosa; guárdate de tu madre como de tu peor enemigo. ¿Qué digo? Guárdate de todos; no confíes en nadie; mantente lista, tan pronto como la luna sea visible; saldré del hotel de incógnito, tomaré un carruaje o una silla, y conduciremos como el viento a Sheveningen; Llevaré el papel y la tinta conmigo; escribiremos nuestras cartas.

Si me amas, tranquilízate; y llama toda tu fortaleza y presencia de la mente en tu ayuda; no dejes que tu madre note nada, intenta tener tus cuadros, y está segura de que la amenaza de las torturas más grandes no me impedirá cumplir. No, nada tiene la energía de apartarme de tí; nuestro amor se basa en la virtud, y durará mientras nuestras vidas lo hagan.
Adieu, no hay nada que no afronte por tu bien; mereces mucho más que eso.
¡Adieu, mi corazón querido!

Arout (Voltaire)

Carta de Jack London a Ana Strunsky

Ana querida:

¿Dije que el ser humano podría ser clasificado por categorías? Bien, y si lo hice, déjeme cuantificar: no todos los seres humanos. Usted me elude. No puedo encontrarla, no puedo entenderla. Puedo jactarme de que a nueve de diez personas, bajo circunstancias dadas, puedo pronosticar su acción; que de nueve de diez, por su palabra o acción, puedo tomar el pulso de sus corazones. Pero de la décima desespero. Está más allá de mí. Usted es la décima.

¡Estaban siempre dos almas, con los labios mudos, emparejados más incongruentemente! Podemos sentirnos en comunión -seguramente, a menudo podemos- y cuando no nos sentimos en comunión, con todo nos entendemos; pero no tenemos ninguna lengua común. Las palabras habladas no vienen a nosotros. Somos ininteligibles. Dios debe reírse de la actuación.

Carta de Cesare Pavese a Pierina (Fragmentos)

Querida Pierina:

... Pierina, quisiera ser tu hermano -ante todo porque en ese caso habría entre nosotros un vínculo menos banal, y después para que pudieras escucharme y creerme con confianza. Si me enamoré de ti, no es sólo porque, como se dice, te deseaba, sino porque tú y yo estamos cortados con la misma vara, y te mueves y hablas como lo haría yo, si en vez de ser un hombre que sólo aprendió el oficio de escribir hubiese tenido tiempo de aprender a estar en el mundo. Por otra parte, existe la misma elegancia y seguridad en lo que yo he escrito y en tus días. Sé entonces a quien le hablo.

Pero tú, a pesar de haberte vuelto árida y casi cínica, no estás al fin de la vela como yo. Tú eres joven, eres lo que yo era a los veinticinco años cuando, decicido a matarme por no sé qué desilusión, no lo hice -estaba curioso por el mañana, curioso de mí mismo- la vida me había parecido horrible, pero aún me encotraba interesante a mí mismo. Ahora es a la inversa: sé que la vida es estupenda, pero que estoy fuera de ella, y el mérito es todo mío, y sé que esta es una tragedia fútil...

...¿Puedo decirte, amor, que nunca me desperté con una mujer al lado, que cuando quise a alguien nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de agradecimiento que una mujer dirige a un hombre? ¿Y puedo recordarte que, a causa del trabajo que hice, siemrpe tuve los nervios destrozados y la fantasía ágil y exacta y el gusto de las confidencias ajenas? Y que estoy en el mundo desde hace cuarenta y dos años? No se puede quemar la vela de los dos lados -en mi caso la quemé toda de un solo lado y la ceniza son los libros que he escrito...

...El amor es como la gracia de Dios -la astucia no sirve-. Por mi parte, te quiero mucho Pierina, te quiero como una fogata. Llamémoslo el último resplandor de la vela...


Cesare Pavese conoció a la joven Pierina en Bocca di Magra, con quien vivió su última aventura amorosa en 1950, poco antes de suicidarse.

Carta de Benjamin Disraeli a Mary Anne Wyndham Lewis (fragmento)

Park Street. Jueves en la noche, 7 de febrero, 1839

Hubiese intentado hablar contigo de aquello: era necesario que supieras y yo deseaba haber hablado con la calma natural del humillado y afligido. Triunfé en cuanto fui considerado "un rufián egoísta" a quien se deseaba fuera de tu casa para siempre. He recurrido entonces a este método miserable de comunicación; ninguno podía ser más imperfecto, pero escribo como si fuese la noche previa a mi ejecución.

Cada día de mi vida escucho la unión próxima de todos los labios menos los tuyos. Por último, un amigo ansioso de distinguirme con un detalle inusual viniendo de él mismo y pensando en conferirme una distinción que me enorgulleciese, me ofreció uno de sus asientos para nuestro mes feliz...

...Como una mujer de mundo, la cual enteramente eres, no puedes estar no familiarizada con la diferencia que subsiste entre nuestras relativas posiciones. Si continúan las cosas como ahora podría solo crearte una mala reputación y a mí me haría infame.

Carta de Vita Sackville-West a Virginia Wolf

Estoy reducida a un objeto que quiere a Virginia. Te escribí una carta hermosa en las horas de insomnia de pesadilla de la noche, y todo se ha ido: te extraño, en una manera humana, desesperada y bastante sencilla. Tú, con todas tus cartas sin boberías, nunca escribirías una frase tan elemental como esa; quizás ni siquiera lo sientes. Y aún más, creo que sientes un pequeño hueco. Pero lo vestirías en tan exquisita forma la frase que perdería un poco de su realidad. Mientras que conmigo es bastante absoluto: yo te extraño aún más de lo que podría haber creído; y estaba preparada para extrañarte mucho. Así que esta carta es apenas una protesta de dolor realmente. Es increíble cuán esencial a mí has llegado a ser. Supongo que estás acostumbrada a personas que dicen estas cosas. Maldita seas, criatura consentida; yo no haré que me ames nada más alejándome como ahora -Pero ah mi querida, yo no puedo ser astuta y reservado contigo: te quiero demasiado para eso. Demasiado sinceramente. No tienes la menor idea cuán reservada yo puedo ser con personas que yo no adoro. Lo he convertido en una de las bellas artes. Pero has roto mis defensas. Y yo no lo resiento realmente.

Sin embargo no te aburriré con más.

Hemos arrancado de nuevo, y el tren se sacude otra vez. Tendré que escribir en las estaciones - que afortunadamente son muchas a través de la llanura de Lombard.

Venecia.
Las estaciones eran muchas, pero yo no negocié el Oriente Express para parar en ellas. Y aquí estamos en Venecia durante diez minutos sólo, -- un tiempo despreciable para tratar de escribir. Sin tiempo de comprar un sello italiano aún, así que esto tendrá que salir desde Trieste.

Las cataratas en Suiza se congelaron en sólidas cortinas iridiscentes de hielo, colgando sobre la piedra; tan encantador. E Italia todo cubierta de la nieve.

Arrancamos otra vez. Tendré que esperar hasta Trieste mañana por la mañana. Perdóname por favor por escribir una carta tan miserable.

V.

Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre


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México, Enero 10 de 1945

Muchachita:
No puedo dejar pasar un día sin pensar en ti. Ayer soñé que tomaba tu carita entre mis manos y te besaba. Fue un dulce y suave sueño. Ayer también me acordé de que aquí habías nacido y bendije esta ciudad por eso, porque te había visto nacer.
No sé lo que está pasando dentro de mí; pero a cada momento siento que hay algo grande y noble por lo que se puede luchar y vivir. Ese algo grande, para mí, lo eres tú. Esto lo he sabido desde hace mucho, más ahora que estoy lejos lo he ratificado y comprendido.
Estuve leyendo hace rato a un tipo que se llama Walt Whitman y encontré una cosa que dice:

El que camina un minuto sin amor,
Camina amortajado hacia su propio funeral.

Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente.
Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ella es Clara Aparicio, alguien a quien tú conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mí vivir sin ese cariño que ella tiene guardado en su corazón.
Mi madre se llamaba María Vizcaíno y estaba llena de bondad, tanta que su corazón no resintió aquella carga y reventó.
No, no es fácil querer mucho.

Juan


Juan Rulfo fue un escritor mexicano, perteneciente a la generación del 52. Conoció a Clara Aparicio hacia 1941, cuando ella tenía trece años.Las cartas formaron parte de su relación tempranamente, e incluso se puede decir que en los primeros años ésta fue fundamentalmente de carácter epistolar. Cuando apenas se conocen, pero ya Rulfo le ha declarado sus intenciones de casarse con ella, él debe viajar a la capital del país para acompañar a un tío. A través de las cartas el noviazgo se va haciendo una realidad hasta que se casan el 24 de abril de 1948.

Carta de Robert Burns a Agnes M'Lehose

Soy un espectro descontento, un espíritu perturbado. Clorinda, si alguna vez olvidas a Sylvander puede que seas feliz, pero él será desdichado.
¡oh, qué tonto soy en el amor! ¡Qué estraordinariamente despilfarrador en el cariño!
¿Por qué tu género es conocido como el sexo sensible, cuando jamás he encontrado una que pueda devolverme la pasión que doy? No hay ni una tan rica en amor como yo, o son mezquinas cuando soy pródigo.
¡Oh Tú, que eres yo, y de quien son todos mis senderos! Tú me ves aquí, el desventurado naufragio de mareas y tempesatades en mi propio interior: ¿puedes dirigir hacia Tí misma este amor ardiente por el cual tantas veces busco volver, en vano, desde mis criaturas-amigas?

Si tu bondad tiene todavía un regalo guardado para mí, como afecto que vuelva, similar al que, Tú lo sabes, es más querido para mi que la vida, bendecirías y santificarías nuestra unión de amor y amistad velando por nosotros en todas nuestras idas y vueltas, para bien; y podrían los lazos que unen nuestros corazones ser tan fuertes e indisolubles como las hebras de hilo de la vida de un hombre inmortal!
Estoy yendo a tomar tu mirlo, el más dulce, y estoy seguro que siempre cantó y acortó sus alas un poquito.
Sylvander

Carta de Marie Bashkirtseff a Guy De Maupassant

Monsieur:

Leí sus trabajos, debo decir que casi deleitándome. En honor a la verdad, que usted redacta con religiosa fidelidad, encuentra una inspiración que es verdaderamente sublime, en tanto que usted moviliza a sus lectores tocándolos con sentimientos profundamante humanos, que nosotros imaginamos ver por nosotros mismos descriptos en sus páginas, y lo amamos con egotista amor. ¿Es este un cumplido sin sentido? Sea indulgente, es sincero en su sustancia.
Usted puede entender que yo quiero decirle muchas cosas entusiastas y sorprendentes, pero es bastante difícil, de repente, por esta vía. Yo lamento esto mucho más por cuanto usted es suficientemente grande para inspirar a uno con románticos sueños como transformarse en la confidente de su hermosa alma, siempre suponiendo que su alma sea hermosa.
Si su alma no es hermosa, y si estas cosas no son a su manera, podría lamentarlo por su bien, en primer lugar; y en segundo podría catalogarlo en mi mente como alguien que hace literatura, y desecharlo de los pensamientos que me importan.

Durante el año pasado tuve el deseo de escribirle y fueron muchas las veces en que estuve a punto de hacerlo, pero algunas veces pensé que exageraba sus méritos y que eso no valía la pena. Hace dos días, no obstante, vi súbitamente, en el Gaulois, que alguien lo había honrado con una carta halagadora y que usted había pedido la dirección de tan amable persona para contestarle. Yo inmediatamente me puse celosa, sus méritos literarios me ofuscaron nuevamente, y aquí está mi carta.

Y ahora déjeme decirle que mantendré siempre mi incógnito para usted. Yo no deseo verlo desde la distancia, su tolerancia podría no serme placentera, ¿quién puede decirlo? Todo lo que sé ahora de usted es que es joven y no está casado, dos puntos esenciales, aún para adorarlo a la distancia.
Pero debo contarle que soy encantadora; esta dulce reflexión lo estimulará para responder mi carta. Me parece que si yo fuera un hombre no desearía mantener comunicación, ni siquiera epistolar, con un adefesio viejo de inglesa, fuera lo que fuera lo que piense.


Miss Hastings,
P.O. Station de Madeleine

¿Puedo por ventura preguntarle cuáles son sus músicos y pintores favoritos?

¿y qué si yo fuera un hombre?

Carta de Nathaniel Hawthorne a la Sra. Hawthorne (Fragmento)

Es muy extraño (pero no creo poder expresarlo), que, mientras que te amo tanto, y mientras que estoy muy consciente de la profunda unión de nuestros espíritus, aún tengo un pavor por tí que nunca sentí por nadie más. Pavor no es la palabra, tampoco, porque eso puede dar a entender algo severo en tí; está visto que tú deberás descifrarlo por tí misma. Desearía poder poner esto en palabras, no tanto para satisfacerte (porque sé que entenderás) como por mí mismo. Yo supongo que podría tener prácticamente el mismo sentimiento si un ángel fuera a venir del cielo y ser mi queridísimo amigo. Sólo que el ángel podría no tener además la dulzura de la naturaleza humana, la sensación de quién es mezclado con este sentimiento. Puede que eso sea porque, al encontrarte, realmente encuentro un espíritu, mientras las obstrucciones de la tierra han impedido semejante encuentro en todos los demás casos. Pero dejaré el misterio aquí. En un tiempo u otro esto será simple para mí. Pero a mi parecer, esto convierte mi amor en religión. Y es singular, también, que este pavor ( o lo que sea que fuera), no me impide sentir que soy yo quien tiene la respónsabilidad de tí.¿No desearás sublevarte? Oh, no; porque poseo el poder de guiar sólo mientras que te amo. Mi amor me da ese derecho, y tu amor lo consiente.

Carta de Dorothy Thompson a Sinclair Lewis

No puedo recordar que tu jamás me preguntaras qué deseo, pese a los años que llevamos viviendo juntos. Pero lo que no quiero es un divorcio, y no voy camino a obtener uno. Yo conozco las leyes de divorcio de Vermont, en una época, lo confieso, yo pensé en divorciarme. Eso fue a causa de la brutalmente desconsiderada manera de tratar nuestra relación en tu affair con Marcella, yendo tan lejos como para presentársela a Wells como su futura "madrastra". Eso me llenó de una ira ciega, y pensé que debía evitarme cualquier futuro insulto de ese tipo. Pero la real base de mi relación hacia tí es que yo no puedo albergar ninguna rabia o sentimiento siquiera normal de resentimiento contra tí que perdure, o que cambie mis sentimientos. "Esta es su manera de ser", es la única respuesta que puedo encontrar...Cientos de veces, Hal, tú me prometiste que nunca te dejaría y jamás me divorciaría de tí. Por qué debería creer que decías aquello y querías decir esto, o que tú no conocías tu propio pensamiento entonces y lo conoces ahora. Yo nunca seré capaz de repudiar nuestro matrimonio, ni ante mí misma. Ahora me dices de hacerlo público. Semejante paso sería una insportable auto violación...

De una manera curiosa me estás diciendo una vez más de hacer algo juntos -hacer común una aversión así como una vez me rogaste hacer común un amor-. Pero no puedo. Esto no es en común. Todo este asunto sería un fraude sin atenuantes. Eso no me haría libre. Yo viviré contigo, en un sentido, hasta el fin de mis días. ¿No ves, Hal, que estás pidiéndome que expulse tu resentimiento? Y me pides, tratando de chantajearme con el niño, sabiendo cuán profundamente yo deseo que tenga un padre.Pero tu relación con Michael depende de tu relación con Michael, y yo no influenciaré esos sentimientos. Sólo lo que tú hagas los influenciarán. Tanto si te importa de él, como si no. Que yo obtenga el divorcio no despertará amor en tu corazón por nuestro hijo, si no está allí... Yo aún vivo cada día con la loca ilusión de que la puerta se abrirá y tú regresarás -como si fuera de Bermudas-. Yo sé con mi despiadado intelecto que tú no volverás a casa, pero hay reinos más allá de la inteligencia y fuera de toda lógica.