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24 enero 2010

Cartas de Federico García Lorca




A JORGE GUILLÉN (poeta y amigo)


[Granada, enero 1927]

*[1.ª página. Dibujo de una copa y un cesto de fruta con dedicatoria:]

----------------------------l.9.2.7.

---------------------------Teresita
---------------------------Claudio

--------------------------Aleluya.


*[2.ª página. Dibujo de una partitura de música titulada AMOR en 1927, y de un clarinete. La dedicatoria dice:]


Jorge.

Un abrazo muy grande para ti y los tuyos en el año de 1927. Son muchas las cosas que tengo que decirte. Estoy dispuesto a dar mi cuota para Verso y Prosa. Encantado. Y ya tengo varias suscripciones. Pero mandaros algo no puedo. Más adelante. Y desde luego, no serán romances gitanos. Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Confunden mi vida y mi carácter. No quiero, de ninguna manera. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me van echando cadenas. NO (como diría Ors).

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Querido Jorge:

Habrás recibido Litoral. Una preciosidad, ¿verdad? Pero ¿has visto qué horror mis Romances? Tenían más de ¡diez! enormes erratas, y estaban completamente deshechos. Sobre todo el del Antonito el Camborio. ¡Qué dolor tan grande me ha producido, querido Jorge, verlos rotos, maltrechos, sin esa dureza y esa gracia de pedernal que a mi me parece que tienen! Emilio quedó en mandarme pruebas y no lo hizo. La mañana que recibí la revista estuve llorando, así como suena, llorando de lástima. Puse un telegrama a Prados y éste se ha disgustado, y echa la culpa a mis originales imposibles etc. etc. Pero él, que me conoce, debía saber esto. Hoy mismo recibo todos mis originales con una lacónica carta rogándome los corrija y ponga en limpio... pero lo curioso del caso es que están copiados a máquina. Esto casi equivale a decirme que no quiere publicarlos. No sé si le pasará el ataque. Yo me dirijo a él en este momento como a un editor. Porque, aunque sea el libro de Canciones, quiero editarlo. Además no es gitano. Espero que todo se arreglará. Después de todo, si yo intento publicar es por dar gusto a unos cuantos amigos, y nada más. A mí no me interesa ver muertos definitivamente mis poemas... quiero decir publicados. Tus poemas de Litoral, que ya conocía, prodigiosos. Cada vez se me adentra más tu poesía limpia, hermosa (eso es) Hermosa, llena de una emoción divina, completamente conocida pero intacta. Ya te recitaré de memoria tus décimas. Aquí las recito a mis amigos y se conmueven. Protesto de ese cerebralismo excesivo que te achachan. Hay una fragancia natural tan extraordinaria en tu poesía, que, bien sentida, puede tener hasta don de lágrimas. Yo quisiera poderte expresar toda la admiración que te tengo. Única admiración redonda que venero entre toda la joven literatura.

Ahora mismo recibo un telegrama de Emilio en el que me pregunta qué si voy al fin a publicar mis Canciones. En seguida le digo Sí (en el tono de Ors), Este libro me gusta. Te lo dedico a ti, a Salinas, y a Melchorito, aunque a Melchorito no debía dedicarle nada por esa silueta grotesca y granadina falsa del Federico de «Impresiones y paisajes» que ha hecho en vuestro Verso y Prosa.

En ese libro van los poemas de Teresita. Un libro de amigos. Son 70 canciones desde 1921 a 1923. Creo que ya están depuradas. Anoche las leí todas a mi hermano. Tienen una buena atmósfera lírica. Entre ellas hay un retrato de Juan Ramón que empieza así

En el blanco infinito
Nieve, nardo y salina,
perdió su fantasía.


He suprimido algunas canciones rítmicas a pesar de su éxito porque así lo quería la Claridad. Quedan las canciones ceñidas a mi cuerpo y yo dueño del libro. Mal poeta... ¡muy bien! pero dueño de su mala poesía.

¿Cuándo te voy a ver, querido Jorge? Ahora tengo varios proyectos líricos, pero no sé a cual de ellos hincarle el diente. El día que nos veamos será un gran día de lecturas. Saluda con todo cariño a Juan Guerrero, al que debemos todos los poetas de España agradecimiento, y dile que cuando escriba algo del poema que proyecto se lo enviaré para su revista. A Germaine mi afecto más puro, y a los niños muchos besos.

Adiós. Escríbeme en seguida y no te faltes conmigo. No me prives del regalo de tus poemas y de tu amistad. Un abrazo (he procurado animar la carta con dibujos).


FEDERICO


*[Dibujo de dos limones]

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[Granada, 24 marzo 1928]

¡Querido Jorge! ¿Qué te pasa? ¿Qué es de tu vida?

Aquí estuvo tu amigo el pintor, pero todavía no había recibido tu carta, y él puso una cara muy extraña cuando le dije que no me habías escrito. Yo procure serle agradable y estuve hasta excesivo de puro amable y acogedor, pero el señor se despidió de mi, y al decirle yo y ofrecerle mi ayuda para acompañarlo, me dijo: «Yo soy un hombre errante, no tengo casa.» Y se fue. En fin, mi hermano y yo nos quedamos extrañadísimos. A los dos días recibí tu carta. Yo creo que este señor se quedó frío al enterarse de que yo no sabía quién era, y ya no quiso nada conmigo ni con mi hermano. Yo hice todos los esfuerzos posibles por serle agradable, pero él no me dijo ni su nombre siquiera. Una cosa muy rara. Yo te envío un abrazo muy grande por tu poema, que es soberbio. Siento que no hayas podido dar la nueva versión, pero es bonito que haya sucedido así. ¿Que te ha parecido Gallo? Dime. Hemos enviado un número especial para ti sin anuncios. Contéstame. No sabes las ganas que tengo de verte y estar con Teresita y con Claudio. Ya no los voy a conocer si los veo.

¡Oh, si pudiera ir a Murcia aunque fuera andando como este señor pintor! Escríbeme una larga carta, y yo te mandaré las décimas que te he dedicado. Saluda a Germaine y a los niños.

Para ti un abrazo fraternal de


FEDERICO

¡Que me escribas!


*[Con esta carta, dos fotografías- En el reverso de una de ellas:]

Aquí estoy en lo alto de las Alpujarras donde fui con dos amigos. A mi lado están los guías. Es prodigioso el ambiente. Sierra Nevada no se ve nunca. ¿Cuándo iremos juntos por estos sitios? Se pierde la noción de Europa. ¿Qué es esto? Yo estoy serio en la foto porque rumio mi sorpresa.

*[En el reverso de la otra fotografía:]

Aquí estoy en Pitres, pueblo sin voz ni palomas de la sierra. Crucificado en la Y del árbol.

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A ANA MARÍA DALÍ (hermana de Salvador Dalí. Lorca la conoció en la primavera de 1925, y mantuvieron una especial amistad)


[Granada, agosto 1921]

Querida Ana María: Llevo ya varios días en Granada y cada momento tengo necesidad de hacer un retrato tuyo a mis hermanas, que constantemente me preguntan por ti. Lo he pasado tan bien en Cadaqués que me parece un sueño bueno que he tenido. Sobre todo al despertar y encontrarse «con aquello» que se ve desde la Ventana. Mis ángeles buenos eran el precioso beato Salvador de Horta y Puig Pajades que lo regaló. Ahora recuerdo hasta el menor detalle de mi estancia en tu casa. Y te pido perdones, rodilla en tierra, por alguna cosilla en que sin querer no haya estado completamente bien, como ha sido mi grave enfermedad de garganta que tantos latazos te ha dado. Aquí me ha visto el médico y dijo que era una pequeña faringitis y que no ha tenido importancia aunque es molesto. Ya me lo había dicho Enriquet. Ahora estoy, como sabes, en la Huerta de San Vicente, junto a Granada, y dentro de varios días marchamos a la sierra de Lanjarón y después a Málaga a terminar el verano. Aquí estoy bien. La casa es muy grande y está rodeada de agua y árboles corpulentos, pero esto no es la verdad. Aquí existe una cantidad increíble de melancolía histórica que me hace recordar esa atmósfera justa y neutral de tu terraza, en donde a veces la Lydia pone un chorro de pimienta fuerte que hace resaltar más todavía la gracia visible del aire. He recibido L'Amìc de les Arts y he visto el prodigioso poema de tu hermano. Aquí en Granada lo hemos traducido y ha causado una impresión extraordinaria. Sobre todo a mi hermano, que no se lo esperaba, a pesar de lo que le decía. Se trata sencillamente de una prosa nueva llena de relaciones insospechables y sutilísimos puntos de vista. Ahora desde aquí adquiere para mí un encanto y una luz inteligentísima que hace redoblar mi admiración.

Yo empiezo a trabajar (en cosas muy malas, naturalmente), pero que me distraen y hacen alegre esta monotonía subrayada en que estoy. Espero que me escribirás y darás noticias de todo lo que pase en Cadaqués y cómo sigue el mar y cómo están de salud María, Eduard y la Margarita petita. Le darás recuerdos a Rosita muy cariñosos y cantaréis en mi recuerdo «Una vez un Choralindo..., etc.››. ¡Échale maíz a las Ocas!

Saluda a Raimunda.

Adiós, Ana Maric. El osito me ha puesto una postal contándome no sé qué cosa de Marquina y diciéndome que casi me habéis olvidado, pero que él no puede olvidarme por la admiración que me tiene y por lo bien que lo he tratado.

Dentro de varios días le mandaré un bastón. Te ruego se lo digas. Saluda a tu hermano el tontito (¿sabes?) ¿chabes?

Recuerdos a tu padre y tú recibe el mejor recuerdo y el cariño de tu amic


FEDERICO

Escríbeme y cuéntame lo que pinta tu hermano.

¡Envíame las fotos! ¿No quieres?

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A SEBASTIÁN GASCH (crítico y amigo. Participó en Gallo, la revista granadina de Lorca.)


M: Granada, 20 enero 1928

Queridísimo Gasch: Es en Granada donde verdaderamente estoy tranquilo y apto para la deliciosa conciencia de la amistad. He acertado en no ir a Barcelona verdaderamente. Lo habría pasado mal y además no hubiésemos estado juntos. Ahora si voy por fin, yo solo, estaremos mejor. No sabes con qué gana iría y, desde luego, si no voy no será por mi culpa, sino por culpa del Destino, o de un viento contrario del que nadie está libre. Si Dalí termina pronto el servicio, será delicioso estar juntos. Yo hago mis cuentas y, si Dios quiere, lograré ir a Barcelona. Como sabes, mi Romancero está en puertas. Si puedo, os llevaré yo mismo los ejemplares. Barcelona me atrae por vosotros. Tú sabes perfectamente que coincidimos y que nuestras conversaciones nos aprovechan a los dos de igual manera. Yo siempre digo que tú eres el único crítico y la única persona sagaz que he conocido y que no hay en Madrid un joven de tu categoría y de tu ciencia artística, ni tampoco, es natural, de tu sensibilidad. Por eso no debes tener ningún reparo con tus artículos (siempre preciosos y utilísimos) en la Gaceta Literaria. Tú haces mucha falta y debías publicar todavía muchos más. En cuanto a tu castellano, te aseguro que es noble y correcto y llena el fin para que lo utilizas. Pero mucho más importante que el idioma que usas son tus ideas, tu manera de exponer y tu segurísima técnica de juicios. No debes abrigar esta idea jamás. Tu castellano es bueno y será cada vez mejor en cuanto vayas teniendo más colaboración. Yo creo que te convendría publicar un libro sobre pintura moderna. Esto te abrirá un gran campo en España y América, campo hacia el cual debes tender y en el que te esperan éxitos seguros. Yo me equivoco difícilmente en estas cosas de intuición. Y en Madrid, querido Sebastián, haces mucha más falta que en Barcelona, porque Madrid pictóricamente es la sede de todo lo podrido y abominable, aunque ahora literariamente sea muy bueno y muy tenido ya en cuenta en Europa, como sabes bien.

En cuanto a editar mis dibujos, estoy muy decidido. En Barcelona quizá los editara más barato. Yo te rogaría que te enteraras sobre poco más o menos cuánto me costaría. Publicaría casi todos los que te envié y algunos más. Pondría poemas intercalados, y Dalí, además, pondría dibujos suyos y algunos poemas también. Tú harás un prólogo o estudio, y procuraríamos que el libro circulase. Dime si te parece bien este proyecto que podríamos hacer todavía mejor. Me gustaría extraordinariamente hacer esto porque sería un precioso libro de poemas. Ya te enviaré algún dibujo para la revista.

Aquí en Granada se publica por fin la revista de jóvenes con título de «Gallo››. Creo que estos muchachos valen mucho. Desde luego, yo soy partidario de que la hagan exclusivamente ellos para hacer una cosa en la que no salgan nuestras firmas, que ya están en todas partes. Envíanos un artículo valiente y nuevo sobre arte nuevo, que podrá llevar dos o tres fotos o dibujos. Tenemos grandes apuros de dinero y no te podremos pagar más que con cariño, gratitud y buena voluntad.

Adiós. Recibe un abrazo fuerte de


FEDERICO

Recuerdos a los amigos.

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[M: 8 septiembre 1928]

Querido Gasch: Me fui a la sierra y he vuelto hoy. Perdona mi tardanza. Hace días no voy a Granada. Hoy he enviado por sobres para enviarte las fotos de Domingo y no hay. Mañana lo haré. También te enviaré los Picassos. Perdona. Te mando dibujos. Tú eres la única persona con quien hago esto porque me siento muy comprendido por ti. Si quieres, publica algunos en L'Amic. Y desde luego, dime qué te parecen. Con sinceridad.

Lo que estamos entusiasmados es con tu artículo sobre Manuel Ángeles, que es preciosísimo. Lleno de juicio, de ponderación, de armonía. Y con ese entusiasmo tuyo tan admirable que sólo tienen los críticos auténticos, los que dan la batalla y nadan sólo en un agua. Gracias. Lo publicaremos con todo cuidado y perfección.

Trabajo con gran amor en varias cosas de géneros muy distintos. Hago poemas de todas clases. Ya te enviaré. Si te gustan los dibujos dime cuál o cuáles piensas publicar y te mandaré sus poemas correspondientes. En seguida lo haré.

Ayer Dalí me escribió una carta muy larga sobre mi libro (¿lo has recibido ya? Te lo mandé hace días), carta aguda y arbitraria que plantea un pleito poético interesante. Claro que mi libro no lo han entendido los putrefactos, aunque ellos digan que sí. A pesar de todo, a mí ya no me interesa nada o casi nada. Se me ha muerto en las manos de la manera más tierna. Mi poesía tiende ahora otro vuelo más agudo todavía. Me parece que un vuelo personal.

Tengo una gana muy grande de estar con vosotros. No te olvides de recomendar a Dalí que venga por Granada. Es preciso que nos veamos para muchas cosas. Además, tenemos que preparar un número de Dalí, y si tenemos dinero quizá de toda la pintura catalana moderna y la andaluza. Para demostrar cómo sólo estas dos regiones mediterráneas triunfan en la península. Escríbeme en seguida.
Saluda a todos los amigos cariñosamente. Dile a Luis Montanyá que le escribiré y si ha recibido mi libro.
Adiós, Sebastián. Recibe un cariñoso abrazo de tu mejor


FEDERICO

¡Contesta!

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A CARLOS MORLA LYNCH (diplomático chileno, amigo y confidente. En su casa madrileña, Morla reunió a todo lo mejor de la literatura española de ese tiempo, sobre todo a los poetas de la Generación del 27, y muy especialmente, a García Lorca, con quien mantuvo una profunda amistad.)



[Granada, a principios de junio de 1929]

Queridísimo Carlos (mi hijo): Eres como siempre encantador. Perdona si no te he escrito. Pero he estado muy preocupado con mi viaje. Carlos: el sábado por la noche salgo de Granada para estar en Madrid el domingo en la mañana. Estoy en Madrid dos días para ultimar unas cosas y en seguida salgo para París-Londres, y allí embarcaré a New York. ¿Te sorprende? A mi también me sorprende. Yo estoy muerto de risa por esta decisión. Pero me conviene y es importante en mi vida. Pararé en América seis o siete meses y regresaré a Paris para estar el resto del año. New York me parece horrible, pero por eso mismo me voy allí. Creo que lo pasaré muy bien. El viaje lo hago con mi gran amigo Fernando de los Ríos, viejo maestro mío y persona encantadora en extremo, que me allanará las primeras dificultades, ya que, como tú sabes, yo soy un inútil y un tontito en la vida práctica. Me encuentro muy bien y con una nueva inquietud por el mundo y por mi porvenir. Este viaje me será utilísimo. Mi papá me da todo el dinero que necesito y está contento de esta decisión mía. No te quiero decir la gana, el hambre que tengo de darte un abrazo (porque te quiero muchísimo), y saludar a Bebé y a tu Carlitos. Tengo además un gran deseo de escribir, un amor irrefrenable por la poesía, el verso puro que llena mi alma todavía estremecida como un pequeño antílope por las últimas brutales flechas. Por muy humilde que yo sea, creo que merezco ser amado. Mañana se reúnen todos mis amigos para despedirme. Es una fiesta organizada por los chicos de la Universidad y no se permitirá la entrada a personas mayores de treinta años, en venganza de que al banquete que me dieron últimamente no pudieron ir porque costaba 30 pesetas. El precio de la tarjeta es 5 pesetas y será un rato inolvidable. No me sustraigo de enviarte una prueba del espiritualísimo retrato que me he hecho para el pasaporte. Bordea la luz del asesinato y la esquina nocturna donde el delicado carterista guarda el de billetes. Por capricho del objetivo surge detrás de mi espalda un arpa blanda como una medusa y todo el ambiente tiene un tic finito de ceniza de cigarro. Guárdalo o rómpelo. Es un Federico melancólico el que te mando, y el Federico que te escribe es ahora un Federico Fuerte.

Estoy contento. Y espero abrazarte pronto. ¡Hasta el domingo!

Abrazos al gran amigo Alfredo.


FEDERICO

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A SU FAMILIA


[New York, enero de 1930]

Queridísimos padres y hermanos: Han transcurrido las festividades de Pascua con gran brillantez y un tiempo excelente. He recibido vuestras cartas y las cartas de Manolo [Fernández Montesinos] y Conchita [García Lorca] desde Córdoba y Barcelona que les agradezco muchísimo. Ahora deben de celebrar las bodas ya que antes no se han celebrado, cosa que siento bastante, pero debieron haberse celebrado porque con una familia tan larga como tenemos no se va a poder celebrar nada nunca en la vida. Ya veis cómo Eloísa se puso mejor, según me dijo Conchita. Naturalmente me alegro de su mejoría y celebraré infinito que se restablezca por completo. Yo espero que las Navidades las hayáis pasado con felicidad, como vosotros merecéis.

Pasé la Nochebuena en casa de [Federico de] Onís, la parte de la cena. Allí estaba José Antonio Rubio y el matrimonio de Río, con el gran crítico italiano Prosolini y su hijo Alejandro. La comida fue muy agradable con vino abundante y humor, pero yo les tuve que dejar a las diez para marchar a casa de Brickell donde había un árbol de Noël y estaban reunidos los íntimos de la familia. En casa de ellos, naturalmente, lo pasé aún mejor. Porque es otra sociedad distinta y allí me siento extranjero. Me regalaron infinidad de cosas y allí tomé parte de una ceremonia muy inglesa, pero llena de encanto y calor familia; Habían puesto un altarito y sobre un mosaico de Talavera estaban puestas tantas velas como asistentes. Uno a uno las fuimos encendiendo y había que poner, al encender cada vela, un buen deseo para otra persona. Yo, naturalmente, puse el deseo en vuestra salud y felicidad, pues, aunque sois cinco personas, para mi sois como una. De todas maneras, los americanos toman en serio esta cosa casi supersticiosa porque son como niños. Después fuimos a la misa del gallo, a la iglesia de los Paúles, donde cantaron una misa magnífica un coro de niños y oficiaron con una solemnidad sorprendente. Aquí pude ver lo vivo que está el catolicismo en este país, porque tiene que luchar con protestantes y judíos que tienen en la acera de enfrente sus iglesias. Fueron cientos y cientos las personas que comulgaron. Puede decirse que la catedral en pleno comulgó. Y era una muchedumbre típica de New York. Negritos, chinos, americanos, etc.

La nochebuena, claro es, la mejor que yo he visto, son las monjas tomasas, o aquella inolvidable nochebuena de Asquerosa, en la cual pusieron a San José un sombrero plano rojo y a la Virgen mantilla de toros. Pero el escándalo callejero es el mismo: en todas las plazas se clavaron los árboles de Noël cubiertos de luces, y bocinas de radio, y la muchedumbre iba y venía entre los marineros borrachos. El Times dijo al día siguiente que se habían registrado 80 casos de alcoholismo gravísimo, muchos de los cuales habían muerto, naturalmente. Porque, claro está, New York es hoy, por causa de la prohibición, el sitio en donde se bebe más del mundo. Hay infinidad de industrias dedicadas al alcohol y a envenenar a la gente porque hacen vinos de madera y de sustancias químicas que dejan ciegas a las gentes o les corroe el riñón. ¡Oh horror! Claro está que esto es una imposición de la odiosa iglesia metodista, muchísimo peor que los jesuitas españoles en la fase histórica actual. Porque el estado entero de New York no ha sido nunca seco, sino húmedo, y con esto sólo consiguen hacer de la bebida limpia y corriente un nuevo paraíso artificial, anhelado por todo el mundo, y el número de borrachos en mucho mayor número que antes. Claro es que yo no bebo nada como no me cerciore de que es bueno, y desde luego a las casas que yo voy que dan bebidas son casas distinguidas y ofrecen excelentes cosas de calidad. Ya es seguro que voy a Cuba en el mes de marzo. Onís me ha arreglado el viaje. Allí daré ocho o diez conferencias. Desearía que me enviaseis la conferencia de Góngora. Si no tenéis creo que Arboleya tiene. Claro es que no la daré como está, pero me servirá una de base para una que escribo. Y me enviáis también, si tenéis, la conferencia del cante jondo. No para darla como está, sino para recoger las sugestiones de ella, ya que es un asunto muy importante, y que yo voy a presentar en polémica, no sólo en Cuba, sino después en Madrid, este del cante jondo y la poesía andaluza.

Trabajo bastante. Escribo un libro de poemas de interpretaciones de New York que produce enorme impresión a estos amigos por su fuerza. Yo creo que todo lo mío resulta pálido al lado de estas cosas, que son en cierta manera sinfónicas, como el ruido y la complejidad neoyorquinas. Saludad a todos. Especialísimamente a tía Isabel, a toda la familia, a Eduarda, a las muchachas, y vosotros recibir un abrazo y besos de vuestro hijo.


FEDERICO


Quedasteis en contarme la boda pero no me habéis contado nada, ya que lo que me decíais lo sabía o me lo figuraba. ¡Abrazos! ¡Besos!

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A MIGUEL HERNÁNDEZ (Esta carta fue transcrita por Concha Zardoya del original (hoy perdido) en el archivo de Josefina Manresa.



[1933]

Mi querido poeta:

No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos. Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas g3entes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral y dándose topetazos por las paredes. Pero así aprendes. Así aprendes a superarte en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida. Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro, que tanto encanto y tanta fuerza tenía. Escribe, lee, estudia. ¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y rebela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados. Cálmate. Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa. Pero por otra parte la gente es injusta. No se merece Perito en lunas ese silencio estúpido, no. Merece la atención y el estímulo y el amor de los buenos. Eso lo tienes y lo tendrás porque tienes la sangre de poeta, y hasta cuando en tu carta protestas tienes en medio de cosas brutales (que me gustan) la ternura de tu luminoso y atormentado corazón.

Quisiera que pudieras superarte de la obsesión, de esa obsesión de poeta incomprendido, por otra obsesión más generosa política y poética. Escríbeme. Quiero hablar con algunos amigos para ver si se ocupan de Perito en lunas. Los libros de versos, querido Miguel, caminan muy lentamente. Yo te comprendo perfectamente y te mando un abrazo mío fraternal, lleno de cariño y de camaradería.


FEDERICO


(Escríbeme.)

T/C. Alcalá, 102.







Estas cartas pertenecen al libro "Federico García Lorca: Epistolario", volumen II, de Alianza Editorial.

13 enero 2010

Cartas de Oscar Wilde a Robert Ross

Las cartas siguientes están dirigidas a Robert Ross, el albacea y perfecto amigo a quien tanto deben la persona y la memoria de Wilde. Robert también fue, según él, su primer amante masculino. Las dos primeras cartas son de la temporada pasada en Berneval-sur-Mer, pueblecito de la costa normanda donde Wilde se refugió inmediatamente de su salida de la cárcel de Reading, a fines de mayo de 1897. La tercera, escrita durante su ultimo viaje por Italia, data del año de su muerte y apareció, traducida al alemán, junto con todas las demás cartas a Ross, en el tomo titulado Letzte Briefe, publicado en 1925 por el Dr. Max Meyerfeld.






Hotel de la Plage. Berneval-sur-Mer
(28, mayo, 1897)

Mi querido Robbie:

Es el primer dia que estoy solo; y huelga decir que fue una jornada penosa. Empiezo a darme cuenta de mi terrible situación de aislamiento, y me he sentido rebelde y amargo de corazón todo el día. ¡Qué dolor! ¡Y yo que me figuraba poder aceptar todo tan fácil y tan simplemente! No obstante, he tenido accesos de rabia, que han pasado sobre mí como tremendas ráfagas de huracan agostando las meiores espigas. He descubierto una ermita llena de santos fantásticos, pintados en un estilo gótico, chillón y feo; algunos de ellos con una sonrisa que redondea su boca en forma de agujero como las de las estatuas primitivas. Me hacen el efecto de ídolos, y me hicieron reír de buena gana cuando los vi. Afortunadamente, en una de las capillitas laterales habia un crucifijo delicioso, no un crucifijo jansenista, slno con los brazos dorados extendidos, y cuya contemplación me produlo un verdadero placer. Luego me dirigí a las rocas, donde me quedé traspuesto sobre el musgo caliente y áspero. Esta noche, apenas he dormido. Tenía a mano la indignante carta de Bosie' y, estúpidamente, la volví a leer antes de dejarme caer sobre la cama. Soñé que mi madre estaba muy afligida y me daba buenos consejos. Tengo la más absoluta convicción de que, siempre que me encuentro en peligro, ella me lo advierte de algún modo. Ahora siento verdadero miedo de ese funesto y desagradecido mozo, con su egoísmo vulgar y su absoluta insensibilidad para todo aquello que es o intenta ser bueno y amable para los demás. Me da la sensación de una influencia malsana... ¡Pobre! Volver a su lado, sería volver al infierno, del que creo haber escapado. Espero no verle ya más. En cuanto a ti, queridísimo Robbie, me atormenta la idea de que muchas personas de las que te quieren me lleguen a motejar, si no lo hacen ya, de egoísta, por mi afán de tenerte a mi lado de vez en cuando. Sin embargo, podían ver la diferencia que existe entre tus relaciones conmigo en los días de mi dorada vergüenza -mis horas neronianas- y tus visitas de ahora, destinadas a consolar a un hombre, desgraciado y deshonrado, en su oprobio, su soledad y su pobreza. ¡Que poca imaginación tiene la gente! Si yo volviese a ser rico y tratase de reanudar mi antigua vida, estoy seguro de que no encontrarías gusto alguno en estar a mi lado, y hasta llegarías a lamentar mis actos, mientras que, ahora, vienes a mi con el corazón de Cristo, y me prestas tu apoyo espiritual como nadie lo ha hecho, ni podría hacerlo jamás. Me ayudas a mantener mi alma en vida, no ya en el sentido teológico, sino en el más sencillo e inmediato, pues mi alma había muerto realmente, ahogada en el cieno de los más groseros placeres, y mi vida era indigna de un artista. Tú puedes curarme y ayudarme, pues eres ya mi único amigo en este bello mundo. Tampoco deseo tener otro. Aunque me duele mucho pensar que han de decir de mí que no procuro tu bien y miro con indiferencia lo que puede beneficiarte. Pero tú has nacido para ser mi apoyo. Lloro de pesar cuando pienso hasta que punto necesito ayuda; pero lloro de alegría al pensar que te tengo a ti, que puedes prestármela.
Espero confiadamente poder trabajar en estas próximas seis semanas, de modo que cuando vuelvas podré leerte algo. Ya sé que tengo tu cariño, pero aspiro a tu estimación, a tu admiración sincera, o mejor -porque esta palabra es de mal agüero- a tu sincera comprensión de mis esfuerzos para rehacer mi vida artistica. Pero, si llegase a convencerme de que te causaba un perjuicio, se envenenaría por completo la alegría que tu amistad me produce. Contigo quisiera verme libre de todo remordimiento de conciencia... desearía alejar de mi mente la idea de destrozar la vida de un semejante. Querido Robbie, yo no puedo destrozar tu vida por aceptar la cordial compañía que de cuando en cuando me ofreces. No en balde te llamaba, mientras estuve en la cárcel, san Roberto de Phillimore. El amor da al hombre la bienaventuranza. Los santos son aquellos que más han amado.

Una sola falta hay en lo que mi libro de prisionero contiene sobre ti o para ti. En mi poema hubiera debido decir: «Cuando salí del calabozo, tú no me esperabas con vestidos, con bálsamos y buenos consejos. Me esperabas con amor». Nadie más que tú lo hizo, y al pensarlo, no puedo menos que sonreír, considerando lo estrictamente verdadero de estas frases.

Ocho y media. Acabo de recibir tu telegrama. Un hombre barbudo, sin duda con objeto de disfrazarse, surgió de pronto en una bicicleta, blandiendo un telegrama azul. Desde luego supuse que era tuyo. Me alegro mucho de lo que me dices y espero con impaciencia el periódico. Estoy convencido de que será útil. Ahora escribiré mi artículo sobre la vida en la prisión para el Chronicle. Este diario se interesa en la reforma penitenciaria, de manera que no parecerá un reclamo personal. Dime que te parece. Pienso escribir a Massingham. Leyendo entre líneas de tu telegrama, me parece comprender que estás contento. El telegrama ha llegado en el momento oportuno. Estaba de muy mal humor. Me habían servido para comer una serpiente cortada en rodajitas, con una salsa oscura. He explicado que yo no era un mangeur de serpents, y he logrado convencer al hostelero. En lo sucesivo ya no se servirá té a ningún huésped. ¡Qué suerte ser tan perito en ictiologia!

Te adjunto una colección de cartas. Haz el favor de meter en cada una el giro correspondiente y mándalas a su destino. Las dirigidas a la cárcel, ponlas cada una en un sobre más grande y escribe tú mismo las señas, con letra legible, si puedes. Son mis deudas de honor, y tengo que pagarlas. Ni que decir tiene que puedes leerlas todas. Dile a miss Meredith que las cartas dirigidas a C. 3. 3, 24 Hornton Street, son para ti. Reparte el dinero como te digo más abajo. Es una lista muy larga; pero yo pensaba que tenía dinero en abundancia.

Jackson ........ libras ---- 1
Fleet ..........---- " ------ 1,10
Ford ........... ----" ------ 2,10
Stone ..........----" ------ 3
+Eaton .........--- " ---- - 2
+Cruthenden ... " ------2
Bushnell .......--- " ---- 2,10
+Millward ...... --" ---- 2,10
Grove .......... ---" ----- 3,10
----------------_____________

-----------------" ----20, 10

W. Smith ...... ---" ----- 2


Las cartas deben ser enviadas enseguida; sobre todo las llevan una cruz.

¡Cómo sube la cuenta! Pero ya sólo quedan: Jim, Cuthbert, 2 Dbre., Jim Higgins, 9 Oct., y Harry Elvin, 5 Nov. Y éstos pueden esperar. Después de pensarlo mucho, no he mandado a la cárcel más que una carta. Te ruego no oonfundas las cartas. Todas son distintas.

Me gustaría tener plumas, y corbatas rojas. Estas últimas para fines literarios, naturalmente. Tardieu me ha escrito muy misteriosamente, previniéndome contra peligrosos amigos en París... Odio todo lo misterioso, que casi siempre es demasiado claro. Le Figaro anuncia que he ido a Dieppe en bicicleta. Siempre nos confunden a ti y a mí. Es delicioso, y no quiero decir nada en contrario. Tú eres la parte mejor de mí mismo. Estoy muy cansado... y está lloviendo. Te alegrar saber que no he sembrado cacao en las colonias de los pantanos; que "Lloyd" no se sienta en la terraza; que "Fanny" no se preocupa de los "trabajadores" y que no sé nada de "Belle". Bueno, querido Colvin (¡qué pluma tan odiosa!); quiero decir: mi querido Robbie, buenas noches.
Tuyo de corazón,

OSCAR

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Berneval-sur-Mer
Noche del lunes, 31 mayo, 1897.

Mi querido Robbie:

He resuelto que la única manera conveniente de proveerse de calzado es viniendo a recibirlo en Francia. La aduana me ha hecho pagar tres francos. ¿Cómo es posible que me dieras este susto? La próxima vez que encargues calzado, te ruego vengas a Dieppe a hacer tú mismo el envío. Te aseguro que es el único medio; sin contar el pretexto que será para verte. Mañana partiré en peregrinación. Siempre he deseado ser peregrino, así que he decidido salir mañana, muy temprano, hacia la capilla de Notre Dame de Liesse. ¿Sabes tú lo qué es Liesse? Es una palabra muy antigua que significa Alegría; lo mismo, supongo, que Leticia, Lœtitia. Ha sido esta misma tarde cuando he oído hablar de este santuario o capilla por primera vez, y usualmente, como tú dirias, a la buena mujer que me alberga, que, según parece, se empeña en que yo pase toda mi vida Berneval. Ella asegura que Notre Dame de Liesse es milagrosa y revela a cada uno el secreto de la alegria. No sé cuánto tiempo necesitaré para llegar hasta alli, teniendo en cuenta que debo hacer el trayecto a pie; pero, por lo que ella me ha dicho, necesitaré, cuando menos, seis o siete minutos para la ida, y otro tanto para la vuelta. En realidad, la capilla de Notre Dame de Liesse está exactamente a cincuenta metros del hotel. ¿No es esto extraordinario? Tengo la intención de ponerme en camino después de haber tomado mi café, y en seguida de bañarme. ¿Necesitaré decir que todo esto es un milagro? Me aguijaba el deseo de emprender una peregrinación, y he aquí que la capillita de piedra gris de Notre Dame de Liesse me ha sido traída. Probablemente me ha estado esperando durante todos estos años purpúreos del placer, y viene ahora a encontrarme con su mensaie de Liesse. Verdaderamente, no se qué decir. Espero que no seréis demasiado severos con los pobres heréticos, y admitiréis que, aun para la oveja sin pastor, hay una Stella Maris capaz de guiarla al redil. Pero tú y More (especialmente More) me tratáis como a un disidente; cosa extremadamente penosa y absolutamente injusta.
Ayer asistí a la misa de diez y, luego, me bañé. Ya no era, pues, pagano al entrar en el agua. En consecuencia, no he sido tentado por ninguna sirena ni nereida, ni ninguna otra criatura de cabellos verdes, perteneciente al séquito de Glauco. Cosa, a mi entender, verdaderamente notable. Pues en los días en que yo era pagano, el océano abundaba en tritones de sonantes caracolas y otra porción de cosas desagradables. Ahora, en cambio, es muy diferente. A pesar de lo cual, me tratas como si fuera el Presidente del Mansfield College; y, eso, cuando precisamente acabo de canonizarte.

Me gustaría, querido Robbie, que me dijeses si tu religión te hace feliz. Realmente, me ocultas tu religión de una manera monstruosa. Tratas este tema como una crónica destinada a Pollock para la Saturday Review o como una comida en Wardour Street, en la que flgurase ese manjar fascinante que se sirve con tomates y hace enloquecer a los hombres. Pero bien sé que es inútil interrogarte a este respecto; de manera que no me respondas. Ayer, en la capilla, tuve la sensación de ser un proscrito; o por lo menos, de estar un tanto en destierro. Habiendo encontrado a un simpático labrador en un trigal de las cercanías, me ofreció un sitio en su banco de la iglesia, de modo que estuve comodisimo. Ahora, viene a visitarme dos veces al día, y como es muy rico y no tiene hiios, le he hecho prometer que adoptaría a tres: dos chicos y una niña, afirmándole que, si verdaderamente deseaba hacerlo, los encontraría fácilmente. Él me objetó que temía que le resultasen malos, a lo que yo le contesté que todo el mundo resulta malo. Entonces, él me ha prometido muy de veras adoptar a tres huérfanos y está entusiasmadísimo con la idea. Quedó en ir a ver al cura, para hablar con él del asunto. Me ha contado que su propio padre, estando hablando un día con él, sufrió un ataque, y que él lo había cogido en sus brazos y llevado a su cama en la que había muerto. Desde entonces parece que no ha cesado de pensar en lo horrible que sería para él sufrir un ataque sin tener un hijo que lo recibiese en sus brazos. Luego bien claro está que tiene que adoptar a algún huérfano, ¿no te parece? Tengo la sensación de que Berneval va a ser mi hogar definitivo. No me cabe duda. Notre Dame de Liesse me será dulce, y me aconsejará si voy a ella de rodillas. Es extraordinario el haber sido traído aquí por un caballo blanco, nacido en el lugar, que conocia el camino y deseaba volver a ver a sus progenitores, ya de edad avanzada. Es igualmente extraordinario que yo haya sabido que Berneval existia y me aguardaba. M. Bonnet quiere construírme un chalet, en medio de un terreno de mil metros cuadrados (no sé a cuánto equivale esto, pero supongo que a unas cien millas inglesas), un chalet con un gabinete, un balcón, un comedor, una gran cocina y tres alcobas -además de una magnífica vista sobre el mar y sobre los árboles- todo ello por doce mil francos: 480 libras. Si logro escribir una comedia, mandaré edificar en seguida. Imagínate: ¡tener en Francia una casa propia preciosa con su terreno por 480 libras! ¡Pensar que ya no tendré que pagar alquiler! Ten la bondad de meditar en ello muy seriamente y de comunicarme tu aprobación, si es que el proyecto te la merece. Por otra parte, inútil decir que no se hará nada hasta que yo haya escrito mi comedia. En el hotel habita un señor viejo. Toma sus comidas solo en su cuarto; y luego se sienta al sol. Vino a pasar dos días y está aquí desde hace dos años. Su único pesar es que no haya aquí teatro. Por cierto, que M. Bonnet es un poco duro de corazón a este respecto, y asegura que a un señor achacoso que se va a la cama a las ocho, maldito lo que le serviría un teatro. A lo que el vejete replica que se acuesta a las ocho porque no hay aquí un teatro. Ayer discutieron sobre éste punto más de una hora. Yo me puse de parte del viejo, pero quizá la lógica esté del lado de M. Bonnet.

En mis horas más pesadas voy a escribir un tratado Economía Política. La primera ley que estableceré será esta: "Dondequiera hay demanda, no hay oferta". Esta es la única ley que explica el extraordinario contraste entre el alma del hombre y lo que rodea al hombre. Las civilizaciones permanecen porque los hombres las execran. Una ciudad moderna es exactamente lo contrario de lo que todo el mundo desea. El vestido del siglo XIX es el resultado de nuestro horror al estilo. El sombrero de copa durará todo el tiempo que los hombres lo aborrezcan.

Querido Robbie, ¿no podrías ser un poco más considerado y no tenerme despierto hasta tan tarde charlando contigo? Sin duda, es muy halagüeño, pero deberías recordar que necesito reposo. Buenas noches. A la cabecera de tu cama encontrarás cigarrillos y flores. El café se sirve a las ocho de la mañana en el piso bajo. ¿No te molestará? Si es demasiado temprano para ti, no tengo el menor inconveniente en pasar una hora más en la cama. Espero que duermas bien. Y así debería ser, ya que Lloyd no está en la verandah.

Martes, nueve y media de la mañana.

El mar y el cielo son de ópalo -sin ninguna horrible linea divisoria de pintor-; tan sólo una barca de pesca, deslizándose lentamente y arrastrando el viento tras ella. Voy a bañarme.
Seis de la tarde
Me he bañado y he visitado el chalet que quisiera alquilar para la temporada. Encantador, con una vista espléndida; un gran despacho, un comedor, y tres deliciosas alcobas fuera de los cuartos de servicio, y sin contar un amplio balconaje. Desconozco la escala del dibujo, pero las habitaciones son más amplias que en el plano.

*Aquí Wilde dibuja un plano del chalet imaginario.

3 balcones
1 comedor.
2 salones.

Todo esto esta en el piso bajo con algunos escalones entre el balcón y el jardín.

El alquiler por la temporada o por el año es de... adivina: ¡de 32 libras!Como es natural, tiene que ser mío. Las comidas las haré aquí, solo, en una mesa aparte, reservada. No está más que a dos minutos del hotel. Insiste para que lo alquile. Y, cuando vuelvas, tu habitación estará aguardándote Todo lo que necesito es un criado. La gente aquí es extremadamente amable. He realizado mi peregrinación. El interior de la capilla es, naturalmente, un horror moderno, pero hay una estatua negra de Notre Dame de Liesse. La capilla es tan minuscula como el cuarto de un estudiante en Oxford. Espero obtener del cura que diga pronto la misa aquí; por regla general, sólo se celebra en ella el servicio durante julio y agosto; pero yo necesito ver una misa bien de cerca. Todavía hay algo de que necesito hablarte. Adoro este lugar. Todo el país es delicioso, lleno de bosques y de praderas verdes. Es simple y saludable. Si vivo en París, puedo verme condenado a cosas que no deseo. Las grandes ciudades me dan miedo. Aquí, me levanto a las siete y media. Soy feliz durante todo el día. Me acuesto a las diez. Sí, París me asusta. Quiero vivir aquí. Mañana almuerzo con los Stannard. ¡Qué escritor apasionado y magnífico es John Strange Winter! ¡Y qué pocas personas comprenden su obra! Bootle's Baby es una "bra simbolista". El estilo y el tema es lo único que está mal. Te ruego que no hables nunca a la ligera de Bootle's Baby. Es más, te ruego, que no hables nunca sobre el particular. Yo, no hablo jamás.
Tuyo

OSCAR

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Ad: Cook & Son
Piazza di Spagna
Roma
(16, abril, 1900)

Mi querido Robbie: Materialmente, no puedo escribir. Es tremendo, sobre todo para mí. Me ha atacado la enfermedad en forma de parálisis, una cacoethes tacendi. Sin embargo, todo iba saliendo muy bien. Palermo, donde hemos pasado ocho días, es magnífico: una de las ciudades mejor situadas del mundo. Su vida se desliza, soñadora, en la conca d'oro, junto al fértil valle que se extiende entre dos mares, con sus naranjos y limoneros, de tan perfecta belleza, que me sentí más prerrafaelista que nunca y renegué de los impresionistas que, con sus almas sucias y sus frentes nebulosas, han reproducido de un modo tan imperfecto y turbio las «lámparas de oro colgadas en la verde noche» que de tal modo me alegraban. Los finos y maravillosos detalles de los prerrafaelistas son la compensación de su falta de movimiento. La literatura y la musica son las únicas artes susceptibles de movimiento. En ninguna parte, ni aún en Rávena, he visto tantos y tan bellos mosaicos como en la Capilla Palatina, que, desde el suelo hasta la bóveda, es de oro; te da la impresión de hallarte en el corazón de una gran colmena y ver cantar a los ángeles. Y ver a los ángeles, o a cualquier otro ser sobrenatural, cantar, es más hermoso que oírles. Por esta razón, los grandes artistas han representado siempre a sus ángeles con cítaras sin cuerdas, flautas sin agujeros y caramillos en los que no podía entrar ni salir el aire.

Hemos ido varias veces a Monreal, del que seguramente has oido hablar, lo mismo que de sus claustros y su catedral. He pasado muy buenos ratos con un joven seminarista que vivía, con otros once, en una buhardilla de la catedral de Palermo, debajo del alero, como los pájaros. Todos los días me hacía recorrer la catedral, y me he arrodillado ante el enorme sarcófago de pórfido en el que yace Federico II. Es una cosa inmensa, grandiosa y sobria, de color de sangre, sostenida por cuatro leones, que tienen algo de la fuerza y el carácter indomable del gran emperador. Al principio, mi joven amigo, que se llama Giuseppe Loverde, me daba explicaciones, pero al tercer día, fui yo quien comenzó a hablarle, comentando la parte histórica como es debido y contándole todo lo que sabía del poderoso monarca, de su corte de poetas, y del horrible libro que no llegó a escribir. El motivo de la vocación eclesiástica de Giuseppe es por todo extremo medieval. A mi pregunta de cómo y por qué se hacía clérigo, me respondió: "Mi padre es cocinero y muy pobre, y somos muchos hermanos; así que me pareció muy conveniente quitar una boca de una casa donde había tantas, pues, aunque soy delgado, como bastante, demasiado quizá para mi casa". Yo le dije que debía servirle de consuelo el pensar que Dios suele utilizar la pobreza como medio de ganar a los hombres para sí, mientras que no suele elegir a los ricos sino muy rara vez. Giuseppe se consoló pronto y yo le regalé un libro religioso muy bonito, con más estampas que oraciones. Le di también algunas liras y le profeticé que llegaría a obtener un capelo cardenalicio si seguía siendo bueno y no me olvidaba. Me prometió hacerlo asi y creo que cumplirá su promesa. En Nápoles estuvimos tres dias. La mayor parte de mis amigos, como tú sabes, están en la cárcel, pero aún encontré a algunos que guardan de mí un buen recuerdo.

Llegamos a Roma el Jueves Santo, y ayer, para escándalo de Grissell, y de toda la corte pontificia, me presenté en el Vaticano, en el primer grupo de peregrinos y recibí la bendición Papa, bendición que los demás me han negado. Fue algo maravilloso, cuando pasó ante mi en su silla gestatoria; no era un ser de carne y hueso, sino un alma blanca con una alba vestidura; y un artista, al tiempo que un santo -único ejemplo en la historia-, si se ha de dar crédito a los periódicos. Nunca habia visto nada semejante a la extraordinaria duñzura de sus ademanes cuando, de tiempo en tiempo, se ponia de pie para dar la bendición, a los peregrinos quizá, pero en particular a mí. Es preciso que Tree lo vea. Le haría feliz. Yo experimenté una impresión muy honda, y mi bastón sintió veleidades de florecer. Y, en realidad, quizás habría florecido si no me lo quitara el pertiguero a la entrada de la capilla. Esta prohibición extraña es sin duda en honor de Tannahäuser.

¿Cómo consegui el permiso? De un modo extraordinario. Yo consideraba la cosa imposible, y no hice esfuerzo alguno por lograrlo. El sábado por la tarde, a las cinco, fuimos Harold y yo a tomar el té al Hotel de Europa. De repente, mientras yo devoraba unas tostadas de pan con manteca, se presentó un hombre, o cosa parecida, con uniforme de portero, y me preguntó si yo deseaba ver al Papa el Domingo de Pascua. Me incliné profundamente, exclamando Non sum dignus, o algo así; en vista de lo cual, el hombre sacó una tarjeta, que me alargó. Cuando te diga que el hombre en cuestión era extraordinariamente feo, y el precio que pagué fue el de treinta dineros, sin duda no necesitaré decirte más. Lo curioso del caso es que, cada vez que paso por delante del susodicho hotel, me encuentro al mismo individuo. La ciencia tiene un nombre para este fenómeno, atribuyéndolo a una sesión del nervio óptico, pero tú y yo sabemos a qué atenernos. En la tarde del Domingo de Pascua asistí a las vísperas; en San Juan de Letrán. Muy buena música. Al final aparecio un obispo vestido de rojo, con guantes rojos también, como aquellos de que habla Pater en Gaston de Latour, y nos dio a adorar las reliquias. Era un hombre muy moreno y llevaba una mitra amarilla. Una figura siniestra y medieval, pero magníficamente gótica, idéntica a las de los obispos tallados en la madera de los sitiales del coro y la piedra de los pórticos. ¡Y pensar que las gentes se reían, en otro tiempo, de las actitudes de las figuras pintadas en las vidrieras! Como si no fuera la única actitud posible para las figuras vestidas. El aspecto de este obispo, al que yo contemplaba fascinado, despertó en mi la sensación del gran realismo del arte gótico. Ni en el arte griego, ni en el existe la pose. La pose fue descubierta por los malos retratistas, y el primero que posó fue un especulador de bolsa, que tuvo que seguir posando etemamente.

Te mando una fotografia que hice en Palermo el Domingo de Ramos. Envíame algunas sacadas por ti; y no te impacientes y trata de leer esta carta, aunque me temo que vas a necesitar ocho días.
Saluda cariñosamente a tu madre. Siempre tuyo,

OSCAR







Cartas extraídas del libro "Literatura epistolar", de la editorial Océano. Traducción de Ricardo Baeza.

Cartas de Benjamin Franklin




A Miss E. Hubbard

Philadelfia, 23 de febrero de 1756.

Me conduelo con vos. Hemos perdido un pariente muy querido y muy valioso. Pero Dios y la Naturaleza quieren que estos cuerpos mortales se dejen de lado cuando el alma entra en la vida verdadera. Este es más bien un estado embrionario, una preparación para la vida. Un hombre no ha nacido del todo hasta que ha muerto. ¿Por qué entonces dolernos de que un nuevo niño haya nacido entre los inmortales, de que un nuevo miembro se haya unido a su dichosa sociedad? Nosotros somos espíritus. Que poseamos un cuerpo, mientras puede darnos placer, ayudarnos para adquirir conocimientos, o para hacer el bìen a nuestros semejantes, ésta es una gentil y benévola gracia divina. Cuando dejan de servir a estos fines, y nos dan dolor en vez de placer, se vuelven estorbo en vez de ayuda, y no satisfacen ninguno de los propósitos para los cuales nos fueron dados, es Benjamin Franklin igualmente gentil y benévolo que se nos facilite la manera de despojarnos de ellos. La muerte es esa manera. Nosotros mlsmos, en algunos casos, escogemos prudentemente una muerte parcial. De buena gana amputamos una pierna lisiada que sólo da dolor. Quien se saca un diente se separa libremente de él, pues allí se va su dolor; y quien abandona el cuerpo entero se separa al punto de todos los dolores y posibilidades de dolores, y enfermedades a que estaba expuesto, y que podrían hacerle sufrir. Nuestro amigo y nosotros estábamos invitados a hacer un viaje de placer, que ha de durar eternamente. Su sillón estuvo listo primero, y se ha ido antes que nosotros. No podiamos partir todos juntos. ¿Y por qué nos apenaremos nosotros de esto, si pronto vamos a seguirlo, y sabemos dónde hallarlo?
Adíeu,

B. FRANKLIN

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A Madame Helvétius

Passy, enero de 1780.

Mortificado por vuestra resolución de permanecer sola el resto de vuestra vida, para honra de vuestro marido, como con tanta decisión anunciasteis anoche, regresé a casa, me eché en la cama, me creí muerto, y me hallé en los Campos Elíseos. Me preguntaron si deseaba ver a alguien en particular. «Llevadme con los filósofos». «En este jardín residen dos, que son muy buenos vecinos y muy amigos entre sí». «¿Quiénes son?» «Sócrates y Helvétius». «A ambos los estimo muchísimo; pero llevadme a Helvétius primero, porque de francés algo entiendo, y de griego ni una palabra». Me recibió con suma cortesía, diciéndome que mi reputación había llegado hacía ya tiempo a sus oídos. Me hizo mil preguntas sobre la guerra, y sobre el estado actual de la religión, la libertad y el gobiemo en Francia. «Pues usted no me pregunta nada sobre su amiga Madame Helvétius, y sin embargo ella lo sigue amando con exceso; hace apenas una hora que estuve en casa de ella». «¡Ah!» me contestó, «me hace usted recordar mi felicidad anterior; pero tuve que olvidarla para ser feliz aquí. Durante muchos años no pensé más que en ella. Al cabo recibí consuelo. He tomado otra muier, la más parecida a ella que pude encontrar. Es cierto que no es tan hermosa; pero tiene tanto sentido e ingenio como ella, y me ama infinitamente. Su único y constante estudio es complacerme; precisamente ahora ha ido a buscar el mejor néctar y ambrosía para regalarme esta noche; quedaos conmigo y podréis verla». «Advierto», le dile, «que vuestra amiga de antes es más fiel que vos; pues muchos buenos pretendientes se le han ofrecido, y a todos ha rechazado. Os confieso que yo mismo la amaba con exceso, pero fue severa conmigo y me ha rechazado sin ambages, pues aún os ama» «Os compadezco», repuso, «por vuestra desdicha; pues sin duda es una buena mujer, y muy amable. Pero, decidme, ¿siguen frecuentando su casa el Abbé de la Roche y el Abbé Morellet?» «Sí, en verdad, pues ella no ha perdido a uno solo de vuestros amigos» «Si os hubierais ganado al Abbé Morellet con café con crema, para que hablara en vuestro favor, quizá hubierais tenido éxito, porque discurre con tanta sutileza como Scotus o Santo Tomás, y ordena tan bien sus argumentos que los hace punto menos que irresistibles; o si hubierais conseguido, obsequiándolo con una buena edición de un clásico antiguo, que el Abbé de la Roche hablara contra vos, ello habría sido mejor aún; porque siempre he observado que cuando le aconseja algo, ella siente una fuerte inclinación a hacer lo contrario». No bien acababa de decir esto cuando entró la nueva Madame Helvétius, con el néctar; al punto la reconocí: era la señora de Franklin, mi antigua amiga americana. La reclamé, pero me repuso, fríamente: «He sido una buena esposa para ti durante cuarenta y nueve años y cuatro meses; casi medio siglo; confórmate con eso». Descontento por esta negativa de mi Eurídice decidí abandonar inmediatamente esas almas ingratas y volver a este buen mundo para ver de nuevo el sol, y a vos. Heme aquí. Venguémonos.

B.FRANKLIN








Benjamin Franklin (1706-1790) fue un político, inventor y científico estadounidense. Entre otros inventos, el más famoso fue el pararrayos. De las dos cartas que incluimos aquí, la primera se debe a la muerte de un hermano de Franklin, y su destinataria es la hija de la segunda mujer del hermano muerto. Es una carta fina, ágil; juega un poco con la idea de la muerte, y extrae consuelo para los demás, y quizá para sí, de una filosofía despreocupada y optimista. La segunda, la escribió cuando tenía setenta y cuatro años. Había llegado a Francia cuatro años antes, como embajador norteamericano. Una de sus vecinas resultó ser Madame Helvétius, viuda del famoso filósofo enciclopedista. Franklin se enamoró de ella, que tenía sesenta y un años, y le envió esta declaración de amor. Madame Helvétius no aceptó el ofrecimiento matrimonial de Franklin, pero siguieron siendo muy buenos amigos.

Carta de George Bernard Shaw a Frank Harris

Londres, 24 de junio de 1930

Querido Frank Harris:


Ante todo,¡oh biógrafo! métase bien en la cabeza que nada de su modelo (o biografiado) con una mera lista de sus aventuras galantes. Si bien no tiene usted ningún registro semejante en el caso de Shakespeare, tiene uno bastante completo. Y que abarca varios años, en el caso de Pepys; Y, sin embargo, sabe usted mucho más acerca de Shakespeare que acerca de Pepys. La explicación, es que, en los galanteos, la relación de las partes no es una relación personal. Ésta puede ser irresistiblemente deseada y arrebatadamente consumada por personas que no podrían soportarse un solo día en otro género de relaciones. Si yo debiera contarle a usted todas las aventuras de esa clase que he tenido, no por eso sabría más sobre mi historia personal, ni siquiera sobre mi historia sexual. Lo único que conocería usted es lo que ya sabe: que soy un ser humano. Si abriga usted alguna duda respecto a la normalidad de mi virilidad, quítesela usted de la cabeza. Yo no era impotente, ni estéril, ni homosexual. Era, en cambio, sumamente impresionable, aunque no me impresionaran todas las mujeres. Me hallaba tambien exento totalmente de la neurosis (al menos tal me parece a mí) del Pecado Original. Nunca involucré el comercio sexual con la delincuencia. Lo asociaba siempre al placer, y no padecía escrúpulo, ni remordimientos, ni recelos de conciencia. Claro está que tenía eficaces escrúpulos inhibitorios de comprometer a las mujeres (o más bien, de dejarlas que se comprometieran conmigo) y de engañar a mis amigos. Entiendo que la castidad puede ser una pasión lo mismo que el intelecto es una pasión; pero la de San Pablo ha parecido siempre un caso patológico. La experiencia sexual me parecía un fin necesario en la formación del hombre. No sentía propensión alguna hacia las virgenes; prefería las mujeres bien enteradas de lo que estaban haciendo.

Como ya le he contado a usted, mis aventuras comenzaron a los veintinueve años. Sería, sin embargo, un tremendo error el lijar en esa fecha el comienzo de mi vida sexual. Recuerde usted que yo guardaba una perfecta contlnencla, interrumpida únicamente por las involuntarias y muy raras incontinencias del mundo de los sueños. Entre Oscar Wilde, que daba los dieciséis años como la edad en que se revela el sexo, y Rousseau, que declaraba que su sangre bullía de sensualidad en el momento de nacer (aunque se echó a llorar cuando Madame de Warens lo inició), mi experiencia confirma a Rousseau y se asombra ante Wilde. Así como no acierto a recordar ninguna edad en que no haya sabido leer y escribir, tampoco acierto a recordar ninguna época en la que no haya ejercitado mi excesiva imaginación contándome historias de mujeres. Yo era, como todos los jóvenes debieran serlo, un devoto de la Venus Urania. Estaba embebido desde la infancia en la música romántica. Me sabía de memoria todos los cuadros y todas las estatuas de la Galeria Nacional de Irlanda (un museo bastante bueno). Leía todo lo que caía en mis manos. Dumas padre me contaba la historia de Francia como una ópera de Meyerbeer. Desde nuestro "cottage" de Dalkey Hill contemplaba una eterna visión shelleyana del mar, los cielos y las montañas. La vida real era sólo un sórdido paréntesis en un paraíso imaginario. Me hallaba colmado de melifluo rocío. La Venus Urania, era, pues, hermosa. El inconveniente de la Venus Urania es que, a pesar de salvarnos del libertinaje y de permitirnos prolongar nuestra virginidad física hasta mucho después de pasada nuestra adolescencia, nos puede esterilizar proporcionándonos amores imaginarios en las llanuras del cielo con diosas y ángeles y hasta con demonios tan encantadores que nos dejen para siempre desengañados de las mujeres reales o, si se es mujer, hombres de carne y hueso. Nos volvemos inhumanos a fuerza de belleza y de exceso de voluptuosidad. Acabamos como ascetas, como santos, como solterones o solteronas (en suma, celibato) porque, como Heine, no podemos seducir a la Venus de Milo o ser seducidas por el Hermes de Praxíteles. Nuestros poemas de amor son como el Epipsychidion de Shelley, irrirantes para las mujeres sensuales y terre a terre, que comprenden al punto que las estamos haciendo apetitosas al pretender que son algo que no son realmente, y con lo cual no pueden resistir la comparación. Ya sabe usted cómo viví, en la continencia y la virginidad, hasta los veintinueve años, huyendo hasta en las ocasiones en que las mujeres me arrojaban su pañuelo. Desde entonces hasta el día de mi matrimonio, dispuse siempre de alguna amiga amable. Ensayé todos los experimentos y aprendí todo cuanto podían enseñarme. Todas ellas me acompañaban «por amor», pues a mí no me sobraba el dinero. Ganaba lo preciso para vivir en un segundo piso; el resto de mis actividades no lo dedicaba a ganar mucho dinero, sino a propugnar el socialismo. Cuando al fin pude vestirme con cierta elegancia, me acostumbré muy pronto a que las mujeres se enamoraran de mí. No me hacía falta perseguir a las mujeres, eran ellas las que me perseguían a mí. Le advierto, nuevamente, que no deduzca conclusiones prematuras. No todas mis perseguidoras deseaban relaciones sexuales. Muchas buscaban compañía y amistad. Algunas eran felices en sus matrimonios, y me quedaban reconocidas de que yo comprendiera desde un principio que la relación sexual estaba descartada. Otras se hallaban dispuestas a comprar la amistad con el placer, convencidas de que los hombres estaban acostumbrados a esos tratos. Varias, en fin, eran genios sexuales, absolutamente intolerables en todo otro aspecto. No había un solo caso que fuera igual a otro. Cuando William Morris afirmó que «todas saben igual›, no hablaba, como ya dijo Longfellow con «palabras del corazón». Consideré que el sexo era una base imposible para las relaciones permanentes, y nunca pensé en asociarlo al matrimonio. Anteponía todo a las necesidades sexuales, y nunca rehusé o perdí una oportunidad de hablar sobre el socialismo por pasar una velada galante. Me gustaba el comercio sexual a causa de ese asombroso poder que tiene de anegar los sentidos con una oleada celestial de emoción y exaltación de la existencia, estado, aunque momentáneo, que me suministraba una muestra de lo que podria ser algún día el estado normal de una humanidad en éxtasis intelectual. A esto le daba yo la más desenfrenada manifestación mediante un torrente de palabras, en parte porque me creía obligado a comunicar a la mujer lo que yo sentía entre sus brazos, en parte porque quería que ella misma compartiera mi emoción. Pero, exceptuando tal vez una ocasión, nunca llegué a sentirme plenamente convencido de haber transportado a la mujer ni a la mitad de la distancia a que ella me había transportado a mí: éste es un talento tan individual como cualquier otro. Me acuerdo de una mujer que sentía por mi una especie de adoración afectuosa y enteramente inocente, la cual me explicaba un día que tendría que acabar abandonando a su marido porque las relaciones sexuales la herían físicamente «lo mismo que si alguien me estuviera retorciendo un brazo». Entre este caso extremo y la heroína sexualmente insaciable de mi primera aventura, hay una gradación enorme en las sensaciones, y mayor debe ser aún la gradación en las exaltaciones celestiales.

Cuando me casé, tenía yo demasiada experiencia para incurrir en el tremendo error de instalar sencillamente en mi casa a una querida permanente. Mi mujer, por su parte, tampoco incurrió en el error complementario. Nada podía impedirnos el que satisfaciéramos nuestras necesidades sexuales sin pagarlas a ese precio, y fueron otras consideraciones las que nos convirtìeron al fin en marido y mujer. Mis aventuras amorosas consumadas no cuentan para nada, en duración y seriedad, junto a las que quedaron sin consumar o concluyeron descartando el amor físico. No olvide usted que todos los matrimonios son diferentes, y que un matrimonio entre dos personas jóvenes que pronto tienen hijos no puede ser comparado con la alianza infecunda de dos seres de edad madura y que han pasado ya de la edad en que es prudente tener el primer hijo. Y ahora, nada de novelas; ni, sobre todo, de pornografía.







George Bernard Shaw (1856-1950) fue un escritor irlandés, considerado el autor teatral más significativo de la literatura británica posterior a Shakespeare. Místico y visionario, hombre tímido, introspectivo y discretamente generoso, Shaw era, al mismo tiempo, la antítesis del romántico, en su papel de crítico irreverente con las instituciones. Publicó muchas obras y escribió muchas cartas. Esta ha sido tomada del libro de su biógrafo Frank Harris, Bernard Shaw (Bernard Shaw, a Biography), al que le escribe confesándole su vida sexual y amorosa. Traducción de Ricardo Baeza.

12 enero 2010

Carta de Julie de Lespinasse al conde de Guibert

Miércoles por la noche; 14 de julio de l773

¡Dios mío, cómo sois de amable y cómo me asombráis al volver a mí desde tan lejos y estando tan ocupado, tan distraído! ¿Como es posible que penseis siquiera en alguien que no puede tener más mérito ante vos que el de haberos parecido capaz de querer y de sufrir? No precisáis sentiros querido y lamentaríais hacerme sufrir ¿Qué valor puede tener para vos una unión en la que yo tengo todas las ventajas? Me haceis preguntas a las cuales no estoy en condiciones de contestar. ¡Ay! sería necesario estar tranquila para contestar a la indiferencia que interroga: la desdicha, la prolongación de los sufrimientos me han sumido en una especie de estupidez que me quita el poder de pensar: apenas me queda la razón necesaria para juzgarme, para condenar todos mis arrebatos, para afligirme por todos mis sentimentos. Mi alma tiene una fiebre ininterrumpida con agravaciones, que a menudo me llevan hasta el delirio. Ah, si fuera verdad que del exceso del mal se ve nacer a veces el bien, podría esperar algún alivio. No, ya no puedo aguantar las diversas agitaciones que desgarran mi corazón, y me reprocho la debilidad que me arrastra a mostraros cuánto sufro. Me parece que no quiero despertar vuestro interés: no tengo derecho alguno a vuestro cariño, y si lo tuviera, no querría alimentarlo con mi dolor. No, nada me debéis, y voy a probároslo: detesto, aborrezco la fatalidad que me ha obligado a escribiros esa primera carta, y sin emmbargo, quizá en este momento sea tan esclava de ella como entonces. No queria hablaros de mí; quería simplemente agradeceros el haberme escrito antes de llegar a Viena: quería contestaros y no conversar; no acepto ninguna de vuestras alabanzas, y voy a asombraros: vuestras alabanzas no logran alabarme. ¿Qué me importa si pensáis que no soy tonta? Es extraño, pero la verdad es que a ningún hombre del mundo me importa menos gustar que a vos. Explicadme esta singularidad; explicadme también por que os juzgo con una severidad insoportable; por qué en todo momento me siento injusta para con vos; por qué, si no creo en vuestra amistad, discuto siempre los términos en que la expresáis; por qué, en fin, teniendo motivos para estar contenta de vos, me siento tentada de quejarme. Sí, mi razón me dice que debería pediros perdón, pues mi pensamiento os ofende sin cesar y mi alma se subleva ante la sola idea de que pudierais perdonarme. Pues bien, no quiero; juzgadme severamente; mirad toda mi injusticia mirad toda mi inconsecuencia y dejaos llevar por el rechazo que esto debe inspiraros. ¡Ah! ya os le he dicho, no haremos con todo esto la amistad de Montaigne y de La Boétie. Esas eran gentes tranquilas; no tenían más que abandonarse a las dulces y mutuas impresiones que sentían; nosotros, en cambio, estamos enfermos, pero con la diferencia que vos sois un enfermo lleno de fuerza y de razón, que se las arreglará para gozar incesantemente de la más perfecta salud; yo, por el contrario, sufro de una enfermedad mortal para la cual todos los remedios se han convertido en veneno y sólo han servido para agudizar mis males. Éstos son de una naturaleza extraña; han depravado mi razón y han extraviado mi juicio, pues no quisiera curarme; sólo siento la necesidad de morir. ¡Ah, Dios mío!, ¡cómo me mortificaría devorar cien volúmenes en dos meses! ¡Cómo me mortificaría valer tanto como vos y saberme destinada a tantos éxitos y a tanta gloria! ¡Si supierais cuán reducida es mi alma! No ve más que una oosa en el mundo por la cual valga la pena interesarse. César, Voltaire, el rey de Prusia, le parecen a veces dignos de admiración, pero nunca dignos de envidia. Os causaría demasiado horror si os dijese el destino que preferiría; sí, soy como Félix: entro en sentimientos que no son creíbles.

Algunos son violentos, algunos lamentables, otros hasta... Pero no comprenderíais este lenguaje y os pondríais rojo de vergüenza por haber pensado que mi alma tenía algo que ver con la vuestra; me hacéis demasiado honor al elevarme hasta vos, pero guardaos bien de colocarme junto a las mujeres que más estimáis: las afligiríais y me haríais daño. No sabéis todo lo que valgo; pensad que sé sufrir y morir, y decidme después de esto si me parezco a todas esas mujeres que saben gustar y divertirse. ¡Ay, lo uno me repugna tanto como me resultaría imposible lo otro! Me desagrada todo lo que viene a distraerme y a desviarme. Hay cosas que nada puede hacerme olvidar. Lo que los demás llaman diversión y placer sólo sirve para aturdirme y cansarme, y si alguien hubiera tenido el poder de apartarme por un momento de mis desdichas, creo que, lejos de estarle agradecida, deberia odiarle. ¿Qué pensáis de esto vos, que me habláis de mi felicidad y me hacéis esperar que, si de vuestra amistad depende, me la concederéis? No, señor, vuestra amistad no me traerá la felicidad, porque eso es imposible; me consolarã, me hará sufrir quizá; y no sé si al final tendré que celebrar o lamentar lo que me hayáis dado.

¿Por qué parecéis justificaros de haber leído El Condestable? Sería poco gentil rechazar el placer que podéis dar y recibir. El rey de Prusia le escribió una carta encantadora al señor d'Alembert; está llena de elogios de vos y manifiesta el deseo de oiros leer El Condestable. Estoy segura de que le encantará; desde muchos puntos de vista esa tragedia está en el mismo diapasón que su alma. Adiós, dadme a menudo noticias vuestras y no os contentéis con el proyecto de escribirme dos palabras. Guardad ese proyecto para vuestras relaciones; también hay amigos que se conformarían con ello. Pero ¡yo soy tan difícil de contentarl Decidme si habéis recibido mis cartas. El señor d'Alembert os aguarda con impaciencia. El caballero de Chatelux está absorbido por las comidas de la Cheverette, a mi me parecen frias y tristes. Adiós. ¿Creéis en verdad que volveré a veros dentro de un mes? Falta demasiado para poder
alegrarme.






Julie de Lespinasse (1732 – 1776) fue una dama francesa y una de las pocas mujeres que, a pesar de no tener ni nombre, ni fortuna, ni belleza, logró, por la sola atracción de su espíritu, tener uno de los salones literarios más brillantes de su epoca. Se enamoró del conde de Guibert, el cual había partido a un largo viaje por Alemania y Prusia; y ella, en esta carta, prueba a la vez el amor y el resentimiento que siente por él. Extraída del libro "Literatura epistolar", de la editorial Océano. Traducción de Silvina Bullrích.

16 diciembre 2009

Cartas de George Sand y Alfred Musset

Las cartas de George Sand a Musset prueban en forma irretutable el cariño que la unió con ese hombre y la abnegación que desplegó junto a él, pobre niño enfermo, nervioso, sediento de placeres, ejemplar indiscutible, física y moralmente, del poeta romántico tal como lo imaginamos. George Sand escribió esta carta a Musset pocos días después que él partiera de Venecia. Ambos habían emprendido este viaje con la ilusión de vivir una excepcional luna de miel; pero una enfermedad de George Sand, las trasnochadas y luego una grave enfermedad de Musset y la aparición de Pagello, el médico italiano, bastaron para que ese amor destinado a ser eterno no sobreviviera a un viaje de bodas. Musset vuelve a París dejando a George con su nuevo amante. Ésta es una de las primeras cartas que ella le escribe, mezcla de amor, de amistad, de no sé qué inasible perversidad sentimental.




A Alfred de Musset


Venecia, 15 de abril de 1834.

Estaba atrozmente inquieta, ángel querido. No he recibido ninguna carta de Antonio. Había estado en Vicenza con el único fin de saber cómo habías pasado esa primera noche. Tan sólo supe que habías atravesado la ciudad por la mañana. Tenía, pues, por toda noticia tuya, las dos líneas que me escribiste desde Padua, y no sabía qué pensar. Pagello me decía que, sin duda, en caso de que te encontraras enfermo, Antonio nos hubiera escrito. Pero sé que en este país las cartas se pierden o tardan seis semanas en llegar. Estaba desesperada. Por fin recibo tu carta de Ginebra. ¡Oh, te la agradezco, hijo mío! ¡Cuán buena es tu carta y cuánto bien me ha hecho! ¿No me engañas al decirme que no estás enfermo, que estás fuerte, que no sufres? Temo siempre que, por afecto, exageres esa buena salud. ¡Oh, que Dios te la dé y te la conserve, mi pequeño adorado! Tu salud, desde ahora, es tan necesaria para mi vida como tu amistad. Sin la una y sin la otra, se acabaron para mí los días hermosos. No creas, no creas, Alfred, que pueda ser feliz con la idea de haber perdido tu corazón. Que haya sido tu amante, o tu madre, poco importa; que te haya inspirado amor o amistad, que haya sido dichosa o desgraciada contigo, todo eso no cambia en nada mi actual estado de ánimo. Sé que te amo, y eso es todo... Velar por ti, preservarte de todo mal, de toda contrariedad, rodearte de distracciones y de placeres: he ahí la necesidad y el pesar que siento desde que te he perdido. ¿Por qué razón esta tarea tan dulce, y que cumpliría con tanto gozo, se ha tornado poco a poco en algo tan amargo y, súbitamente, imposible? ¿Qué fatalidad ha convertido en veneno los remedios que te ofrecía? ¿Porqué yo, que habría dado toda mi sangre para procurarte una noche de sueño y de calma, me he convertido para ti en un tormento, en un flagelo, en un espectro? Cuando esos recuerdos atroces me asedian (¿y a qué hora me dejan en paz?), por poco enloquezco. Cubro mi almohada de lágrimas, escucho tu voz que me llama en el silencio de la noche. Actualmente ¿quién me llamará? ¿Quien tendrá necesidad de mis vigilias? ¿En qué emplearé la energía que he acumulado para ti y que ahora se vuelve contra mí? ¡Oh hijo mío, hijo mío, cuánto necesito tu ternura y tu perdón! No me hables de mi perdón, no me hables de tus culpas. ¿Es que algo sé de todo eso? Sólo recuerdo que hemos sido muy infelices y que nos hemos separado; pero sé, siento que nos amaremos toda la vida con el corazón, con la inteligencia, que trataremos, por un santo afecto, de curarnos mutuamente del mal que hemos sufrido el uno por el otro. ¡Ay, no! No fue culpa nuestra; seguimos nuestro destino, y nuestros caracteres, más ásperos, más violentos que los caracteres de las demás personas, nos impidieron aceptar la vida de los amantes comunes. Pero hemos nacido para conocernos y para amarnos, no te quepa duda. Sin tu juventud y tus lágrimas, que me hicieron ceder una mañana, habríamos continuado siendo hermanos. Sabíamos que no era conveniente, nos pronosticamos los males que nos ocurrirían. Y bien, ¿qué importa, después de todo? Pasamos por un ingrato sendero, pero al fin alcanzamos esa altura en donde debíamos descansar juntos. Hemos sido amantes, nos hemos conocido hasta el fondo del alma, tanto mejor. ¡Oh, peor para nosotros si nos hubiéramos separado en un día de rabia sin comprendemos, sin explicarnos! En ese caso, un pensamiento odioso habría envenenado nuestra vida entera y no habríamos creído nunca en nada; pero ¿hubiéramos podido separarnos así? ¿No lo habíamos intentado en vano muchas veces? Nuestros corazones, encendidos de orgullo y de resentimiento, ¿no se quebraban, acaso, de dolor y de remordimiento cada ve; que nos encontrábamos solos? No, eso no podia ser. Debíamos, al renunciar a un vínculo que se había tornado imposible, permanecer unidos para la etemidad. Tienes razón, nuestro abrazo era incestuoso, pero no lo sabíamos; inocentemente, y sinceramente, nos echábamos uno contra el pecho del otro. Y bien, de todas esas uniones, ¿conservamos un solo recuerdo que no sea casto y santo? Me has reprochado, en un día de fiebre y de delirio, no haber sabido nunca darte los placeres del amor. Lloré por ello entonces, y ahora estoy satisfecha de que haya algo de verdad en ese reproche, estoy satisfecha de que esos placeres hayan sido más austeros, más velados que los que tú encontrarás en otras partes. A1 menos no te acordarás de mí cuando estés en los brazos de otras mujeres. Pero cuando estés solo, cuando necesites rezar y llorar, y pensarás en tu George, en tu verdadero camarada, en tu enfermera, en tu amigo, en algo mejor que todo eso; porque el sentimiento que nos une está formado de tantas cosas, que no puede compararse con ninguno. El mundo no lo comprenderá jamás. Tanto mejor, nos amaremos y nos burlaremos de él.

A propósito de eso te escribo una larga carta sobre mi viaje por los Alpes, que tengo intención de publicar en la Revue, si no te contraría. Te la enviaré, y si nada desapruebas en ella, la entregarás a Buloz. Si quieres, puedes hacerle correcciones y supresiones, no necesito decirte que tienes derecho de vida y muerte sobre todos mis manuscritos pasados, presentes y futuros. En fin, si la encuentras enteramente impublicable, échala al fuego o guárdala en tu cartera, ad libítum. Adjunta va una carta de tu madre que he recibido en estos días, además de los versos que olvidaste en mi cartapacio y que he copiado de nuevo para que ocupen menos sitio. ¿Qué podría decirte de mi posición? Aún estoy a la expectativa y no sé precisamente lo que sucederá. Aún estoy en Venecia, aguardando el dinero y la libertad necesaria para ir a Constantinopla. Pero antes quisiera cumplir mis compromisos con Buloz. Por eso trabajo de la mañana a la noche. Pero todavía no he proseguido André, pues hace muy pocos dias que tengo fuerzas para trabajar y esos días los he empleado en escribir la carta sobre los Alpes. Tengo muchas ganas de volver allí, pero entonces ¿cuándo terminaré André? Ese Tirol me llena la cabeza de ideas tan diferentes. Iré, sin duda, para componer el plan de Jacques (Dile a Buloz que ya lo he comenzado). Mientras, nuevamente trato de tomarle gusto al trabajo, fumo pipas de 78 metros de largo; tomo café a razón de veinticinco mil francos diarios. Vivo casi sola. Rebizzo viene a verme media hora por la mañana. Pagello viene a cenar conmigo y me abandona a las ocho. En este momento está muy ocupado con sus enfermos; y su antigua querida, que siente de nuevo una pasión feroz desde que lo cree infiel, lo hace verdaderamente desgraciado. Es tan bueno y tan dulce, que no tiene valor para decirle que ya no la quiere, y verdaderamente debería hacerlo, porque esa mujer es una furia y, por añadidura, lo engaña, pero no seré yo quien le aconseje que se muestre más riguroso. La mujer acaba de pedirme que los reconcilie y no puedo negarme, aunque comprenda que a uno y a otro les hago un flaco servicio. Pagello es un ángel de virtud y merecería ser feliz; por eso yo no deberia reconciliarlo con su Arpalíce, pero también por eso me iré de Venecia. Entre tanto, paso con él los momentos más dulces del día hablando de ti. ¡Es un hombre tan sensible y tan bueno! ¡Comprende tan bien mi tristeza, la respeta tan religiosamentel ¡Es un mudo que se haría cortar la cabeza por mí! Me rodea de cuidados y atenciones que nunca imaginé. Sin darme tiempo a formular un deseo, adivina todas las cosas materiales que pueden servir para mejorar mi vida...

Necesito sostener una especie de sitio contra todos los curiosos que ya se agrupan en torno a mi celda. No sé por que sucede siempre lo mismo cuando uno quiere vivir solo. Pero ya los importunos golpean a la puerta. No sé qué pécoras han leído mis novelas y han descubierto que estoy en Venecia. Quieren verme e invitarme a sus conversaciones, yo no quiero saber nada. Me encierro en mi cuarto y, como una divinidad en su nube, me envuelvo en el humo de mi pipa. Tengo un amigo íntimo que hace mis delicias y que tú amarías locarnente. Es un estornino que Pagello sacó una mañana del bolsillo y puso sobre mi hombro. Imagínate el ser más insolente, más haragán, más travieso, más goloso, más extravagante. Creo que el alma de Jean Kreyssler se ha pasado al cuerpo de este animal. Bebe tinta, come el tabaco de mi pipa encendida; el humo lo regocija y, mientras yo fumo, se para en el largo tubo de mi pipa e inclina amorosamente la cabeza sobre el horno humeante. Cuando trabajo, se me posa en la rodilla o en el pie; me arranca de las manos todo lo que como, tiene diarreas sobre el bel vestito de Pagello. En fin, es un animal encantador. Hablará pronto; ya empieza a ensayar el nombre de George.
Adiós, adiós, hijito querido. ¡Escríbeme pronto, te lo suplico! ¡Oh, cómo desearía saberte en París y saberte bien de salud! Recuerda que me has prometido cuidarte. Adiós, Alfredo mío, ama a tu George.

Te ruego que pases por casa y busques un ejemplar de Indiana, otro de Valentine y otro de Lelia. Creo que de Lelia quedan dos, uno de ellos en papel vitela y que te ruego no enviarme, porque puede perderse. Agrega a ese paquete los Contes d'Espagne, Spectacle, Rolla y los números de la Revue donde aparecen Marianne, Andrea, Fantasio, en fin, todo lo que has escrito. Pero busca ejemplares no encuadernados y no expongas a los azares del viaje los que tengo en mi pequeña colección. Ten el paquete listo en tu casa con mi dirección: San Futin, casa Mezzani, corte Minelli. Lo irán a buscar con una carta mía o de Pagello. Aquí desean traducir mis obras y las reclaman a gritos. Envíame con tu próxima carta todos los versos que has hecho para mí, desde los primeros hasta los últimos. Encontrarás los primeros en mi cuaderno de cuero de Rusia. Si no quieres ir a casa, hazme enviar todo eso por Boucoiran. Mas tarde me enviarás por diligencia muchos pequeños objetos que te pediré, pero que no deben ir junto con los libros. Pagello quiere escribirte, pero hoy está demasiado ocupado y me encarga que te abrace en su nombre y que te recomiende que cuides a su enfermo.
17 de abril.

GEORGE


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En las cartas de Musset a George Sand se advierte, más que en el resto de la correspondencia del poeta, su desequilibrio, su falta de voluntad, sus angustiosas resoluciones de llevar una vida ordenada, sus bruscos cambios de humores y de sentimientos, el escaso dominio que ejercía sobre sus nervios. Tan pronto alegre, tan pronto infinitamente triste, tan pronto rebelde, lo vemos acusar o acusarse casi sin transición. Esta carta es la respuesta a la que George Sand le escribió desde Venecia. Aún no sabe muy bien si era el amor o la amistad lo que lo unía a esa mujer; quiere cobijarse en un absurdo sentimiento fraternal, olvida sus alardes de indiferencia que prepararon la ruptura, y las escenas de celos que la provocaron. Es verdad que, aunque a menudo Musset volvera a sentir las violencias de ese viejo amor con igual o mayor frecuencia, reconocerá la bondad de George Sand que tiene con él.




A George Sand


Sello de salida de París: 1º de mayo. Sello de llegada a Venecia: 10 de mayo.
30 de abril.


No es sueño entonces, mi hermana querida. Esa amistad que sobrevive al amor, de la que se burla la gente, de la que me he burlado yo mismo, esa amistad existe. Entonces es cierto, tú me lo dices y yo lo creo, lo siento: me amas. ¿Qué me pasa amiga mía? Veo la mano de la Providencia como veo el sol. Se acabó para siempre, he renunciado, no a mis amigos, sino a la vida que he llevado con ellos. Es imposible empezar de nuevo, estoy seguro; ¡cuánto me alegro haberlo ensayado! Puedes estar orgullosa, mi grande y valiente George: has convertido en hombre al niño. ¡Que seas feliz, que seas amada, bendita seas, descansa perdóname! ¿Qué era yo sin ti, amor mío? Recuerda nuestras conversaciones en tu celda; mira dónde me tomaste y dónde me has dejado. Sigue tu paso por mi vida; mira cómo todo es palpable, evidente; qué claramente me dijiste: no es ése tu camino; como me tomaste de la mano para llevarme a mi senda. Siéntate a la vera de ese humilde sendero, hija mía; estabas muy cansada para recorrerlo conmigo, un largo trecho. Pero yo seguiré andando. Tienes que escribirme mucho, y permitirme que te cuente mi vida a medida que vaya viviéndola. Piensa que no tengo más que a ti, que lo he negado todo, que de todo he blasflemado, de todo he dudado, salvo de ti. Dime, ¿tendrás ese valor? Siempre que levante mi cabeza en la tormenta como un piloto asustado, ¿encontraré mi estrella, la estrella única de mi noche? lnterrógate. ¿Esas tres lineas que he recibido, son el último apretón de manos de la amante que me deja, o el primero de la amiga que me queda? Pero déjame, olvídame, qué importa. ¿No te he tenido acaso? Sí, te he tenido y abrazado con estos brazos. ¿Sabes por que no quiero más que a ti? ¿Sabes por qué, cuando estoy entre gente, miro de lado como un caballo asustadizo? No me engaño sobre ninguno de tus defectos; tú no mientes, por eso te amo. Me acuerdo bien de esa noche de la carta. Pero, dime, ¿aunque todas mis sospechas fueran fundadas, en qué me engañabas? ¿Me decias que me amabas? ¿No estaba prevenido? ¿Tenía algún derecho? ¡Oh, mi niño querido, ¿cuando me amabas, me has engañado alguna vez? ¿Qué reproche he podido hacerte en los siete meses durante los cuales te he visto día a día? ¿Quién es el cobarde miserable que llama pérfida a la mujer que lo estima lo bastante para advertirle que ha llegado su hora? La mentira es lo que aborrezco, es lo que me hace el más desconfiado de los hombres, quizá el más desgraciado. Pero tú eres noble y orgullosa. Por eso creo en ti y te defenderé contra el mundo entero hasta que reviente. Ahora podrán engañarme, maltratarme y destrozarme, puedo soportarlo, sé que tú existes. Si algo bueno hay en mi, si alguna vez hago algo grande con mis manos o con mi pluma, sabes muy bien de dónde viene; si, George, hay en mí algo que vale más de lo que yo creía; cuando vi a ese buen Pagello, reconocí lo bueno que hay en mi, puro, exento de las manchas irreparables que me envenenan. Por eso comprendí que era necesario partir.
No lamentes, mi hermana querida, haber sido mi amante. Era necesario para que yo te conociese (hay una linea tachada), pero olvida para siempre una palabra que te dije sin motivo, y que me recuerdas en tu última carta. Los goces que he conocido entre tus brazos eran más castos, es cierto, pero no me digas que eran menos grandes que en otros brazos. Hay que conocerme como me conozco yo mismo, para saberlo. Recuerda una estrofa de Namuna. He vivido un momento entre tus brazos, cuyo recuerdo me ha impedido hasta hoy, y me impedirá por largo tiempo aún, acercarme a otra mujer.

Tendré, sin embargo, otras amantes; los árboles ahora se cubren de verdor y llega en ráfagas hasta mí el perfume de las lilas; todo renace, y el corazón se estremece a pesar de tu recuerdo. Soy joven aún, la primera mujer que posea será joven también, no podría tener confianza alguna en una mujer hecha. El que te haya encontrado, es una razón para no querer buscar. Te he escrito tristemente la última vez; quizá cobardemente, no lo recuerdo; venía del Quai Malaquais, y confieso que no lo soporto todavía. No he estado más que tres veces y siempre he vuelto como atontado, sin poder decir ni una palabra a nadie. He encontrado los cigarrillos que había hecho antes de nuestra partida y que habían quedado en el cenicero. Los he fumado con una rara mezcla de tristeza y felicidad. He robado, además, una peinetita medio rota, en el tocador, y la llevo en el bolsillo a todas partes. Ya ves que te cuento todas mis tonterías; pero ¿a qué hacerme pasar por más heroico de lo que soy? Tú ayudarás a tu camarada a consolar a tu amante. ¿Sabes una cosa que me ha encantado en tu carta? La manera con que me hablas de Pagello, de los cuidados que te prodiga, de tu afecto por él, y la franqueza con que me dejas leer en tu corazón. Trátame siempre así. Me enorgullezco. Amiga mia, la mujer que habla así de su nuevo amante al amante que deja y que la ama todavía, le da la prueba de amistad más grande que un hombre pueda recibir de una mujer.

Voy a escribir una novela. Tengo ganas de escribir nuestra historia. Me parece que eso me curaría y me fortalecería el corazón. Quisiera levantarte un altar, aunque fuera con mis huesos, pero esperaré tu permiso formal. Te diré que se comenta mi regreso. Lo que me resulta incomprensible, es que quince días antes de mi llegada, todo el mundo sabía que nos habíamos separado. Decían que te habían visto en París, hasta se decía que habían hablado contigo en el baile del Hôtel de Ville. Quizás en un mal momento, has escrito a Buloz algo de esta triste separación. Sea lo que fuere, temo que se crea que he querido defenderme del ridículo, defendiéndote de la culpa. Quisiera, sin embargo, escribir; el público no comprendería nada, pero algunos adivinarían que entre tantas calumnias estúpidas hay una voz a tu favor, que es la del hombre que te ha amado durante todo un año, precisamente la de un hombre que tú has dejado. Me es indiferente que se rían de mí, pero me es odioso que te acusen con toda esa historia de enfermedad. He recibido tu carta de Trévise; ¡qué bueno, qué excelente corazón tienes, hija mía! Sí, volveremos a vernos. Como aquí me muero de aburrimiento, iré a Aix en el mes de julio. Si vienes a París para las vacaciones, escríbemelo. Aunque estuviera por la loma del diablo, volveré. No sé por qué se me ha metido en la cabeza que moriré sin volver a verte. Otra tontería. La verdad es que estaré aquí antes que tú. Regresaré a fines de agosto. Tu cuento del estornino me encanta. Es de él de quien estoy celoso; baila sobre tus rodillas, el canalla. ¿Sabes lo que haré? Compraré uno yo también, y caramba, tendrá la bondad de beber tinta, le guste o no, y gritará: George, George, el día entero; pero no bailará sobre mis rodillas por respeto a mis pantalones.

Dile a Pagello que le agradezco que te quiera y te cuide como lo hace. ¿Este sentimiento no es la cosa más ridícula del mundo? Yo quiero a ese muchacho casi tanto como a ti; piensa lo que te parezca. Él es el culpable de que yo haya perdido toda la riqueza de mi vida, y lo quiero como si me la hubiera dado. No quisiera verlos juntos, y soy feliz pensando que están juntos. ¡Oh, ángel mío!, sé feliz y también lo seré yo. No necesito decirte que ya he cumplido tus encargos. Aún no he podido decidirme a ir a ver a Maurice. Es otra cobardía de la que me acuso; pero hay un par de ojos negros que no podré ver sin dolor, lo confieso. Hija mía, tengo otra cosa que pedirte: que me permitas hacerte rapsodias de sonetos como si todavía fueras mi amante. ¿Y no lo eres ya, mi amor querido? Lo serás siempre, aunque estés en el fin del mundo. Te desafío a que me impidas amarte. Francamente, tendré que hacer esa novela. ¡Qué estúpido soy de preocuparme de los tontos y de hablarte de ellos! Tengo que hacerla o ahogarme. Ya ves, George, la vena está abierta, la sangre debe correr. ¡Te he amado tan mal! Tengo que decirte lo que me pesa sobre el alma.
Adiós, mi hermana, mi ángel, mi pájaro, mi adorada, adiós todo lo que amo bajo este cielo triste, todo lo que he encontrado en esta pobre tierra. ¿Cantas alguna vez todavía nuestras viejas romanzas españolas? ¿Piensas alguna vez en Romeo moribundo?
Adiós, mi Julieta. Ramenta il nostr'amor. Sainte-Beuve me pide te estreche la mano en su nombre.








Cartas extraídas del libro "Literatura epistolar", de la editorial Océano. Traducción de Silvina Bullrich.

14 diciembre 2009

Carta de Dostoievski a su hermano Mijail




Carta enviada y traduccida por Sergio Gómez Hernández. Gracias por tu aportación.




A Mijail Mijáilovich Dostoievski

27 de marzo de 1854. Semipalatinsk


Me apresuro a informarte, mi querido amigo, que he recibido tu carta, con los 50 rublos, y te lo agradezco de todo corazón. Quería responderte inmediatamente, pero perdí la posta. Reconozco mi culpa, perdóname. Espero, mi inestimable amigo, que ahora me escribas más a menudo. Sepas que tus cartas son para mí una verdadera fiesta, así que no te dejes llevar por la pereza. ¡Hace tanto tiempo que no nos escribimos! ¿De verdad no podías escribirme? Es para mí muy extraño y amargo. Quizá no has pedido la autorización; pues las cartas son autorizadas. Lo sé de buena fuente. En resumen, que a partir de ahora no me olvidarás, ¿de acuerdo?

Me das noticias de los tuyos, te lo agradezco. No pasa una semana sin que os vea a todos en sueños. Qué feliz estoy de que todos mis seres queridos de antaño, Fedia, Masha, Misha, estén vivos y con buena salud. Me he alegrado mucho por nuestro hermano Kolia. Dale un abrazo de mi parte. Lo quiero mucho. Pensaba que nuestro hermano Andrei iba a casarse. Lo presentía desde hace tiempo. Si le escribes, salúdale de mi parte. No hablas de nuestras hermanas, lo cual me parece muy extraño. Te escribí, hace unas tres semanas, una carta que quizás hayas ya recibido. Contenía una carta para nuestra hermana Varenka. Házsela llegar sin falta, y cuanto antes. Tengo curiosidad por tener noticias suyas, en particular de Sasha. Por último, quiero saber algo de nuestra querida tía. Háblame de todas ellas. Te lo agradeceré mucho. Había dirigido mi anterior carta a la casa Neslind, a tu antiguo domicilio. Por supuesto, te llegará y, sin embargo, ignoro si estás vivo aún, es por eso que envié esta carta a la casa Loguinov, donde se encuentra tu empresa, lo que he sabido por los anuncios.

Estoy feliz en extremo de que te hayas puesto manos a la obra. Tienes una familia, necesitas rentas; amasa dinero. Redobla tu actividad, si puedes. En resumen, no abandones lo que has empezado.

Me felicitas por mi salida de presidio y deploras que mi débil salud me impida pedir entrar en actividad. Pero yo no había mirado a mi salud. No es ese el problema. Simplemente, ¿tengo yo el derecho de pedirla? El paso a la actividad es una gracia suprema que depende de la voluntad del Emperador soberano mismo. Es por eso que no puedo solicitarla. ¡Si dependiera de mí!

Entre tanto, me ocupo de mi servicio, voy a la instrucción y rememoro viejas cosas. Mi salud es bastante buena y se ha arreglado en estos dos meses; fíjate lo que es escapar al ahogo, a la sofocación, a una pesada actividad. El clima, aquí, es más bien agradable. Es el comienzo de la estepa kirguís. La ciudad es bastante grande y populosa. Hay multitud de asiáticos. La estepa inmensa. Un verano largo y tórrido, un invierno más corto que en Tobolsk y en Omsk, pero rudo. Ni la más mínima vegetación, ningún arbusto, la estepa en estado puro. A algunas verstas de la ciudad, un bosque, de decenas, e incluso de centenas de verstas. Todo lo que hay son abetos, pinos y sauces blancos, no hay ningún otro árbol. Caza en grandes cantidades. El comercio va bien, pero los productos europeos son tan caros que no se tiene acceso a ellos. Algún día te hablaré más en detalle de Semipalatinsk. Vale la pena.

Por el momento, te pediré libros. Envíamelos hermano. No revistas; pero envíame los historiadores europeos, los economistas, los Padres de la Iglesia y, en la medida de lo posible, todos los antiguos (Heródoto, Tucídides, Tácito, Plinio, Flavio Josefo, Plutarco, Diodoro, etc. Todos están traducidos al francés). Por último, el Corán y un léxico alemán. Por supuesto, no todos a la vez, pero todo lo que puedas. Envíame también la física de Pissarev y una fisiología (al menos en francés si es demasiado caro en ruso). Elige las ediciones menos caras y las más compactas. No todo a la vez, poco a poco. Te agradeceré inmensamente la más mínima cosa. ¡Comprende la necesidad que tengo de ese alimento espiritual! Por lo demás, no es necesario que te lo diga. ¡Adiós, querido mío! Escríbeme más a menudo. Por el amor del Cielo, no olvides a tu

Dostoievski






Fiódor Dostoievski fue un novelista ruso, que escudriñó hasta el fondo de la mente y el corazón humanos. A los diecisiete años, su padre le envía a la Academia Militar de San Petersburgo. Al graduarse, decide dedicarse a la literatura. Publica su primera obra, Pobres gentes. A partir de este momento comienza una carrera que culminaría con la publicación de más obras. En 1849 es condenado a muerte por su colaboración con grupos liberales y revolucionarios. Indultado momentos antes de la hora fijada para su ejecución, estuvo cuatro años en un presidio en Siberia, donde tuvo que cumplir trabajos forzados. Esta es la segunda carta que escribe desde allí. En ella, Dostoievski pide a su hermano que le envíe libros, ya que la Biblia era lo único que había leido, y tenía sed de conocimiento. Regresa a San Petersburgo y viaja por Europa. Su estancia en Siberia marcará el devenir de su producción posterior. En sus obras aparecen rasgos de modernidad, sobre todo en el tratamiento del detalle y de lo cotidiano, y en el sentido irónico que apunta en ocasiones junto a la tragedia moral de sus personajes. Esta carta está traducida del francés, del libro “Correspondance intégrale”, Tomo 1, de la editorial Bartillat.