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11 agosto 2007

Cartas de Francis Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald

Scott, tú realmente eres terriblemente tonto. En primer lugar, no he besado a nadie despidiéndome, y en segundo lugar, no ha quedado nadie en primer lugar. Tu sabes, querido, que te amo demasiado para hacerlo. Si he tenido un honesto -o deshonesto- deseo de besar una o dos personas, podría, pero nunca lo desearía: mi boca es tuya.

Pero suponiendo que lo hice, no sabes que es absolutamente nada? Por qué no puedes entender que ninguna cosa significa nada para mí salvo tu ser querido y tu amor? Deseo que nos hubiéramos apresurado y hubiera sido tuya, entonces lo sabrías. Algunas veces casi desespero por hacerte sentir seguro, tan seguro que nada pueda jamás hacerte dudar como yo lo hago.


Zelda


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Primavera de 1919

Novia mía

Por favor, no te deprimas. Pronto estaremos casados, y entonces estas noches solitarias habrán quedado atrás para siempre. Hasta que lo estemos te estoy amando cada tonto minuto del día y de la noche.Puede que no lo entiendas, pero algunas veces, cuando más te extraño, más difícil es escribir, y tu siempre sabes cuando me sucede, el dolor de todo, y no puedo contártelo. Si estuvimos juntos, habrás sentido cuán fuerte es. Tú eres tan dulce cuando estás melancólica. Amo tu triste ternura cuando te he lastimado, esa es una de las causas por las que nunca me arrepiento de nuestras riñas, y ellas te fastidian mucho.Estas queridas, queridas y pequeñas bullas, en las que siempre trato empecinadamente de besarte y hacerte olvidar.

Scott

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Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido solo una vez, hemos sido felices miles de veces. Las posibilidades de que la primavera, que llega para todos, como las canciones populares, nos pertenezca también, las posibilidades son muy halagüeñas en este momento porque, como siempre, puedo aguantar casi toda la opinión literaria contemporánea, liquidada, en el hueco de la mano, y cuando lo hago, veo al cisne flotando en ella y descubro que eres tú y sólo tú. Pero, Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando. Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia. Es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa.

Todo esto parece alegórico, pero es muy real. Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño.

Scott


Mientras estaba en el campamento, el novelista se enamoró de Zelda Sayre, de 18 años, hija de un juez, que pasaría a formar parte de su narrativa.
Se mandaban cartas casi a diario. En esa primera correspondencia se muestran ya algunos de sus rasgos contradictorios, aquellos que el tiempo iba a agudizar, causándoles dolor. Fitzgerald multiplica sus atenciones hasta el agobio, como si temiera que ella pudiera reprocharle algo o se sintiera culpable por su ausencia. Zelda, por el contrario, vive toda esa exhibición a veces con ilusión, otras con un cansancio que su carácter franco y cambiante no puede ocultar. Se casaron el 3 de abril de 1920. La felicidad, sin embargo, sólo duró unos cuatro años. El resto, desde 1925 hasta el internamiento de Zelda en una clínica mental, fue un tedioso camino de altibajos hasta llegar al declive.


Fuente: Francis y Fizgerald, Zelda, Querido Scott, Querida Zelda. Lumen. Barcelona, 2003.

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