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25 septiembre 2008

Cartas de Vicente Huidobro a su madre María Luisa Fernández


París, 41 Rue Victor Massé.

27 Noviembre 1930

Mamacita mía adorada:

Mucho me extraña que no haya recibido carta mía pues le he mandado por lo menos cuatro en el espacio de un mes y en una le hablo largo sobre su novela. Reclame esas cartas. Ahora que Blanca Saldías es amiga del director del correo reclámelas y si no se las dan cobre los veinte pesos de multa pues todas iban certificadas y yo poseo los recibos. Seguramente que en esos días de revueltas allá, leían todas las cartas que llegaban del extranjero, pero esa Censura de salvajes debe ser tan imbécil que ni siquiera cierran las cartas después de leerlas como lo hacen en Europa y las dejan seguir a sus destinatarios. Allá deben botarlas. Son tan bestias y ni siquiera saben imitar al europeo, a pesar de que tanto les interesa. Los fetiches negros no han sido vendidos todos, ya lo sé, y Ud. puede haber visto algunos en casa de Manuelita, pero los mejores fueron vendidos y está Ud. equivocada. Conozco perfectamente el carácter de todos Uds., conozco el de Manuelita y conozco el suyo. Es Ud. quién parece ignorar el de los demás. No dudo que Ud. trate de adivinarles el pensamiento a todos los suyos y adivinar lo que pueda faltarle a cada cual, de lo que dudo es de que se los adivine o aquellos se dejen adivinar. Así puede creerme que no me da ningún placer lo que me cuenta de Cacó que se pasa pidiendo trajes y sombreros con todo desenfado. Me da una profunda pena y sólo la ingenuidad propia de sus años le hace perdonable semejante cosa. Yo recibo dinero de Uds. y el recibirlo me duele lo que Ud. no se imagina, a pesar de que sé que Uds. a su vez lo recibieron de sus padres y que todo el mundo más o menos está en el mismo caso, sin embargo no puedo impedirme un sentimiento de humillación. Veo con delicia acercarse el movimiento de la igualdad en el Mundo. Lo único que me perturba es pensar en lo que sufrirán Uds. y lo que pudiera pasarles en los años de lucha y de trastorno que se nos vienen ya encima. Para qué quiere que le hable de mí y de mi salud. Eso no tiene importancia. ¿Qué importancia puede tener un hombre hoy que por primera vez en la historia se plantea sobre el tapete del Mundo el problema del hombre? ¿Es que están ciegos Uds. allá en América o están sordos? ¡Qué le importa mi salud al mundo cuando se trata de la salud de todos los hombres! ¡No sienten Uds. la espantosa borrasca que se prepara? Tal vez es mejor así. No sienten nada, duermen en paz, por lo menos el tiempo que aún puedan dormir.

Preguntarme si existen para mí es algo absurdo. Se ve que no ha recibido mis cartas. Tanto viven para mí, tanto existen, que sólo pienso en el modo de salvarlos y porque sé las cosas que ustedes no saben es que trato de esconderlos en un rincón del Mundo en donde puedan esperar que pase el Diluvio. ¿Comprende ahora? Comprende por qué les hablo en tres o cuatro cartas de Angola. Ofelia, el Mundo se pone negro, Ofelia vete a un convento. Mamá, váyanse todos a Angola o a una isla perdida en el Pacífico. Pronto, pronto, mañana será tarde.

Me habla de la frialdad de Manuelita y dice que nunca ha comprendido esa actitud de quien Ud. quiere como hija. Es Ud. poco psicóloga, mamita. Cuando se escriben novelas del género que a Ud. le gustan, hay que tener la sicología en la piel y si no hay que estudiarla día y noche. Manuelita tiene la idea subconsciente clavada en la cabeza de que Ud. es la causa de todo lo que a ella le ha pasado por el hecho de habernos sacado de Europa, de habernos venido a buscar y haber desviado nuestro camino. Esto es claro como el agua. Poco antes de partir, Manuelita dijo una vez a Thompson y a Anita Pena: «No comprendo con qué objeto María Luisa viene a cortarle la carrera a Vicente. De esto verán Uds. lo que resultará. Vicente no tiene nada que hacer en Chile y no nació para Chile». En otra ocasión se le escapó en Santiago esta frase y yo se la oí: «Aquí todos se dicen muy creyentes en Dios y no hacen otra cosa que cambiar las rutas que Dios señala». Bastan esas dos frases para revelar a cualquiera todo un estado de alma. Ella piensa que si Ud. no me hubiera sacado de París no habría pasado nada en nuestro hogar, que todo seguiría su ruta normal y que yo sería un gran personaje de las letras, más conocido y más célebre en el mundo entero. (Lo que a mí no me interesa.) Esto es lo que hay en el fondo de su alma que la acusa a Ud. de egoísmo.

Yo creo que se equivoca, creo que yo debí ir a América, que debí meterme en política, que debí hacer todo lo que hice y que esto ha sido un gran bien para mí y así debía ser fatalmente. Lo único que me duele es la educación de mis hijos allá y no en Europa. ¿Por qué? Porque yo mismo no puedo tener ningún respeto y ninguna esperanza por gente educada en la araucanía, así sean mis hijos. Forzosamente tendré que sentirlos inferiores, aunque no quiera, tendré que hablar con ellos como se habla con gente de otra raza, por mitades, como ellos hablarían con el hijo de la llavera que se educó en el liceo de Chimbarongo. Esto es forzoso y no esa culpa ni mía ni de ellos. Y lo que es peor ya no tiene remedio, ni es tiempo de cambiarlo. Pero yo tendré otros hijos y esos se educarán aquí, pase lo que pase, se educarán aquí. Un padre debe tener cierto respeto por sus hijos, esto es esencial para el cariño. ¿Cómo yo voy a tener respeto por hijos míos educados en Chile? Ud. comprenderá que esto es imposible. Podré quererlos, claro está, maternalmente como un león quiere a sus cachorros, pero con un pero, eternamente con el pero de no concederles ninguna beligerancia espiritual, de sentirlos en un plano inferior. Tendrían que ser enormes genios, y esos no se dan todos los días, para cambiar su situación.

Abrazos a todos y muchos cariñosos recuerdos. Besos a mis hijitos y para Ud. el alma de su hijo

Vicente

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París 7 Abril 1932

Sra. Luisa Fernández de G. Huidobro

Mamacita adorada,

En qué maravillosa inconsciencia viven ustedes en Chile. Lo único que ahora puedo decirle es que no se olvide que desde el año 1929 le he dicho y repetido en diferentes cartas que pusieran un poco de dinero en Europa y que se compraran una tierrecita en cualquiera parte aislada del mundo. Cuando llegue el momento y sea tarde no me diga que no le advertí o que no recibió mis cartas, pues fueron muchas y guardo copia de ellas.

En cuanto al asunto de mi mensualidad, no he recibido un céntimo por este mes de abril y el banco no quiere pagarme ni prestarme nada. Tampoco he recibido los mil francos que dice me envió por barco y como Ud. tiene la manía de no fechar sus cartas, no puedo reclamar pues no sé cuándo o más o menos cuándo salió de Chile la carta que me anuncia como recién enviada. Para este asunto de mi mensualidad no veo más solución que éstas; una de éstas a elegir:

1. Que me envíen vino a Holanda, al consulado de Chile en Rotterdam y a mi nombre. El cónsul ya está advertido. Es falso que haya que conseguir del Control permiso para no enviar allá el dinero de la venta aquí. Perico Vergara recibió tres mil cajones de manzanas de Chile, las vendió en París y nadie le ha pedido nada de Chile, y seguirán enviándole. -Además yo naturalmente que les enviaré el dinero de lo que se gane fuera de lo que yo deba tomar para mí. Así es que este será negocio para Uds.

2. Irá a verla con una tarjeta mía un ingeniero francés, el Sr. Givandant que va a casarse a Chile y que tiene plata en la Argentina y podría mandármela, -lo correspondiente a lo que Uds. le fijen allá, por intermedio de un banco, es decir de un modo seguro.- Esta solución es la que menos me gusta.

3. Don Horacio Oportot, un respetabilísimo caballero chileno que vive en Milán se va a Chile. Le sobraron unas liras y estaría dispuesto a dejarme a mí lo que Ud. le pidiera de allá. Naturalmente que yo no necesito todo, pues él debe tener aquí en Europa unas cincuenta mil o sesenta mil liras, pero de eso él puede dejarme a mí algo, otro poco creo que le dejará a Roberto Suárez que lo han nombrado Cónsul General sin aumentarle el sueldo de simple cónsul y está desesperado. Esta solución fue ideada por Roberto.

Es casi mejor que el Control no caiga porque si cae ¡a dónde irá a parar el peso y que pasará en ese pobre país? Vaya Ud. a saberlo. El pánico de los inconscientes es el peor de los pánicos.

Hace una eternidad que no recibo carta suya. Yo le escribo en casi todos los correos aéreos, es decir todos los viernes. Si no las recibe reclame, proteste. ¿Es que hay allá censura o no la hay? Que declaren esto francamente por los diarios. Hay que obligarlos. Son unos sinvergüenzas.

Mi situación es cada día peor. Ya no sé qué hacer. Ninguna casa editora paga, ni las inglesas, ni las francesas, ni las españolas, ni siquiera las yankees y gracias que publican mis libros obligados por los contratos.

Aquí y en toda Europa y Norteamérica la crisis es algo trágico. Más de treinta millones de desocupados y las caras de hambre que dan miedo. Nubes de mendigos -aquí que está prohibida la mendicidad- ¿A dónde irá a parar todo esto?

Tanto que les advertí y desde hace tanto tiempo. Pero, ¿para qué creer a los que ven? Es tan antipático ver más lejos y más claro que los demás.

A mi papá todo mi cariño en un inmenso abrazo. Lo mismo a las hermanas y los suyos. A los míos que los adoro como siempre y que ardo en ansias de tenerlos en mis brazos. Para Ud. todo su hijo en cuerpo y alma.

Vicente



No cabe duda que el poeta Vicente Huidobro se vio amparado desde sus inicios por su madre, que fue en todos los planos un pilar -en filiación maternal, pero también en filiación intelectual y espiritual-, un pivote que le dio plena seguridad y osadía en su aventura y vuelo vanguardista.


Fuente: "Epistolario 1924-1945. Vicente Huidobro/María Luisa Fernández". Selección, prólogo y notas de Pedro Pablo Zegers y Thomas Harris, Santiago de Chile. Editorial LOM, 1997.

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