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28 febrero 2011

Cartas de Santa Clara de Asís a Santa Inés de Praga





Cartas enviadas por Sandra (Barcelona): Mujeres en la historia. Gracias por tu colaboración.




CARTA I


(Escrita sobre el 1234)


A la venerable y santísima virgen, doña Inés, hija del excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia, Clara, indigna servidora de Jesucristo y sierva inútil de las damas encerradas del monasterio de San Damián, súbdita y sierva suya en todo, se le encomienda de manera absoluta con especial reverencia y le desea que obtenga la gloria de la felicidad eterna.

Al llegar a mis oídos la honestísima fama de vuestro santo comportamiento religioso y de vuestra vida, que se ha divulgado egregiamente, no sólo hasta mí, sino por casi toda la tierra, me alegro muchísimo en el Señor y salto de gozo; a causa de eso, no sólo yo personalmente puedo saltar de gozo, sino todos los que sirven y desean servir a Jesucristo. Y el motivo de esto es que, cuando vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y honores y dignidades del siglo, desposándoos legítimamente con el ínclito Emperador con gloria excelente, como convenía a vuestra excelencia y a la suya, desdeñando todas esas cosas, vos habéis elegido más bien, con entereza de ánimo y con todo el afecto de vuestro corazón, la santísima pobreza y la penuria corporal, tomando un esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre inmaculada e ilesa.

Cuando lo amáis, sois casta; cuando lo tocáis, os volvéis más pura; cuando lo aceptáis, sois virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más excelsa, su aspecto más hermoso, su amor más suave y toda su gracia más elegante. Ya estáis vos estrechamente abrazada a Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas y ha colgado de vuestras orejas margaritas inestimables, y os ha envuelto toda de perlas brillantes y resplandecientes, y ha puesto sobre vuestra cabeza una corona de oro marcada con el signo de la santidad.

Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, tan esplendorosamente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros, librándonos del poder del príncipe de las tinieblas, poder al que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y reconciliándonos con Dios Padre.

¡Oh bienaventurada pobreza, que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! ¡Oh santa pobreza, que a los que la poseen y desean les es prometido por Dios el reino de los cielos, y les son ofrecidas, sin duda alguna, hasta la eterna gloria y la vida bienaventurada! ¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor Jesucristo se dignó abrazar con preferencia sobre todas las cosas, Él, que regía y rige cielo y tierra, que, además, lo dijo y las cosas fueron hechas! Pues las zorras, dice Él, tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre, es decir, Cristo, no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20), sino que, inclinada la cabeza, entregó el espíritu (cf. Jn 19,30).

Por consiguiente, si tan grande y tan importante Señor, al venir al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo, despreciado, indigente y pobre, para que los hombres, que eran paupérrimos e indigentes, y que sufrían una indigencia extrema de alimento celestial, se hicieran en Él ricos mediante la posesión del reino de los cielos, saltad de gozo y alegraos muchísimo, colmada de inmenso gozo y alegría espiritual, porque, por haber preferido vos el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar los tesoros en el cielo antes que en la tierra, allá donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la polilla, ni los ladrones los desentierran y roban, vuestra recompensa es copiosísima en los cielos, y habéis merecido dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre y de la gloriosa Virgen.

Pues creo firmemente que vos sabíais que el Señor no da ni promete el reino de los cielos sino a los pobres, porque cuando se ama una cosa temporal, se pierde el fruto de la caridad; que no se puede servir a Dios y al dinero, porque o se ama a uno y se aborrece al otro, o se servirá a uno y se despreciará al otro; y que un hombre vestido no puede luchar con otro desnudo, porque es más pronto derribado al suelo el que tiene de donde ser asido; y que no se puede permanecer glorioso en el siglo y luego reinar allá con Cristo; y que antes podrá pasar un camello por el ojo de una aguja, que subir un rico al reino de los cielos. Por eso vos os habéis despojado de los vestidos, esto es, de las riquezas temporales, a fin de evitar absolutamente sucumbir en el combate, para que podáis entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta. Qué negocio tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas, merecer las cosas celestiales por las terrenas, recibir el ciento por uno, y poseer la bienaventurada vida eterna.

Por lo cual consideré que, en cuanto puedo, debía suplicar a vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en las entrañas de Cristo, que os dignéis confortaros en su santo servicio, creciendo de lo bueno a lo mejor, de virtudes en virtudes, para que Aquel a quien servís con todo el deseo de vuestra alma, se digne daros con profusión los premios deseados.

Os ruego también en el Señor, como puedo, que os dignéis encomendarnos en vuestras santísimas oraciones, a mí, vuestra servidora, aunque inútil, y a las demás hermanas, tan afectas a vos, que moran conmigo en este monasterio, para que, con la ayuda de esas oraciones, podamos merecer la misericordia de Jesucristo, y merezcamos igualmente gozar junto con vos de la visión eterna.

Que os vaya bien en el Señor, y orad por mí.

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CARTA II

(Escrita entre los años 1234 y 1238)


A la hija del Rey de reyes, sierva del Señor de señores, esposa dignísima de Jesucristo y, por eso, reina nobilísima, señora Inés, Clara, sierva inútil e indigna de las Damas Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma pobreza.

Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto, porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta perfección, para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto, merezcas llegar a ser perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto.

Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.

Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras superfluas, aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda proporcionarte algún consuelo. Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria, ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste como hostia santa y agradable: que acordándote de tu propósito, como otra Raquel, y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes, sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el polvo, segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad, no creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino para que no cumplas tus votos al Altísimo en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.

Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de los mandamientos del Señor, sigue el consejo de nuestro venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; antepónlo a los consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier otro don. Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra cosa, que impida tu perfección o que parezca contraria a la vocación divina, aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos, y tu nombre será inscrito en el libro de la vida, y será glorioso entre los hombres. Por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.

Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por el Señor tu esposo; y procura encomendarnos al Señor en tus devotas oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bienes del Señor que Él obra en ti por su gracia. Recomiéndanos también, y mucho, a tus hermanas.






Santa Clara de Asís (Italia, 1194–1253), fue una religiosa y santa, seguidora de San Francisco de Asís, con el que fundó la segunda orden franciscana o de hermanas clarisas. Mantuvo un dialogo epistolar con la hija del Rey de Bohemia, Inés, que, después de haber rechazado las bodas con Enrique VII y con Enrique II de Inglaterra, optó por la vida religiosa, y vistió el hábito de hermana pobre en el Monasterio de Praga que ella misma había fundado.

Fuente: Franciscanos.Org

10 febrero 2011

La última carta de Charlotte Brontë






Para Ellen Nussey


Querida Ellen:

La primavera no acaba de apuntar en los páramos, y el viento del invierno gime todavía sin cesar. Por las noches es un largo suspiro que se alarga y que sólo descansa para recomenzar enseguida con más fuerza, como el lloro de un niño desesperado por la ausencia de su madre. Pero también puede sonar como una larga risa, que unas veces parece alegre y otras cargada de tristeza. Después de la muerte de mis hermanas, mientras yo pensaba en ellas, el viento era su voz diciendo mi nombre. En ocasiones lo oía tan claramente que me incorporaba en el lecho, desazonada. Pero con los días volvía a sentir que era solamente el viento en los páramos, el viento como risa, como lamento. Cuando murió el pobre Branwell, el viento simuló sus llamadas mucho más tiempo, como si, por ser él el más desdichado de todos, mi memoria se empeñase en mantener su voz implorante y perdida entre esas rachas sonoras.

Yo me siento muy mal, querida Ellen, pero no es éste el momento de hablarte de unos sufrimientos que nada consigue aliviar, aunque mi querido esposo Arthur me cuida con toda ternura y paciencia. Escribir me ayuda a olvidar mi enfermedad, aunque temo que llegue a estar tan agotada que no pueda hacerlo. Ya ni siquiera soy capaz de manejar la pluma, y debo valerme sólo del lapicero, pero no sabes cuánto esfuerzo me cuesta. Aunque el gusto de hacerlo, y de comunicarte mis pensamientos, compensa con creces lo penoso de la tarea. Hoy me he puesto a escribirte nada más despertar, porque he tenido un sueño que me ha hecho sentir intensamente, de una sola vez, recuerdos y evocaciones que antes únicamente venían a mí de manera ocasional y dispersa. Sé que a ti, tan serena y tranquila, no te asalta, como a mí, una imaginación desbocada, furiosa, ni la sensación de estar pletórica de un vigor y de una energía parecida a la de esos vientos embravecidos que recorren el páramo, a la de las olas gigantes que una galerna puede levantar, y hasta a la de la lava ardiente que, según cuentan los viajeros, brota violenta de las entrañas de la tierra. Esa sensación tengo, querida Ellen, debajo de la evidente debilidad de mi cuerpo, tan insignificante y castigado por la enfermedad. Y todavía sigo sorprendida y admirada de que una fragilidad como la mía pueda albergar tal imaginación, cargada, con fuerza y hasta con violencia, de sueños tan esplendorosos y magníficos. Tal vez ese poder de soñar por encima de la miseria de nuestra condición es lo que nos hace de verdad divinos, querida Ellen, y disculpa si digo estas cosas que pueden parecer un poco heréticas, aunque me tranquiliza saber que, de acuerdo con tu vieja promesa, también quemarás esta carta. Acaso la exaltación que ahora mismo estoy sintiendo tenga mucho que ver con la fiebre, aunque no es raro en mí constatar que una vida más pujante y vigorosa, la vida de mi espíritu, está escondida debajo de mi cuerpo mortecino.

Pero me he puesto a escribirte para contarte un sueño que he tenido esta misma noche. Me dispuse a dormir muy pronto, como hago desde que estoy tan enferma, después de bajar al aposento de mi padre para pedir su bendición, según acostumbramos desde la niñez, y durante un rato fantaseé con el gemido de ese viento melancólico que, también desde la infancia, ha sido la música principal de mi vida, la melodía que impregna, incluso cuando no la oigo, toda mi persona, como creo que impregnaba la de mis hermanas, con más vigor que los propios recuerdos de Branwell, Anne y Emily tocando en la salita alguna melodía de nuestro admirado G. F. Haendel. Sentía pasar al viento y me dejaba llevar en su sonido como si yo fuese esa risa, o ese gemido con que la naturaleza parece celebrar o lamentar lo que los humanos no podemos entender. De repente, dejé de oírlo. El viento ya no se movía, Ellen, ni era invierno, y por la ventana de pronto entreabierta se derramaba en mi alcoba un claror lunar y penetraba el aliento suave del tiempo de verano. Me levanté entonces, bajé las escaleras y salí de casa. Ya no sentía cansancio ni languidez. La luna brillaba entre las lápidas de las tumbas, en el cementerio que se extiende frente a la rectoría, como señalando con aquel fulgor el triunfo de la muerte, pero ya no había en mí temor alguno, sino una extrañeza llena de júbilo, una disposición fervorosa a encontrar la fuente de una segura alegría.

No había una sola nube y la luz lunar incitaba a la melancolía, pero también a una benéfica serenidad. Yo eché a andar por el sendero que lleva a las cascadas, entre las colinas que brillaban en la noche. Pronto Haworth y las viviendas humanas desaparecieron a mis espaldas y quedé yo sola en el páramo, iluminado por el reflejo de plata, con el aroma de los brezos y los cantos de los pájaros nocturnos y los sonidos de los insectos. Yo sentía el corazón de la noche inmensa como el lugar más puro de una soledad que sin embargo mostraba, en los reclamos de las aves y de las pequeñas bestias de la hierba, el bullicio de una vida multiplicada e invisible. Pronto comencé a oír el rumor de la cascada, pero en su sonido se mezclaba otro que enseguida identifiqué como el de una flauta. La melodía de la flauta se unía al sonido de la cascada, y ambas formaban un dúo cristalino que resonaba como una llamada. Y cuando me acerqué, Ellen, vi las sombras blancas de todos. Estaban allí quietos, esperándome. En mitad del puente, las pequeñas figuras de María y Elizabeth, en la misma edad en que murieron. A un lado de la cascada, sobre la roca en que tanto le gustaba sentarse a leer, Emily, con un libro en las manos, y a su lado Anne, con un ramillete de brezo. Y sentado más arriba, en la escarpadura, Branwell. Era él quien tocaba, y descubrí que la melodía era la alemanda del octavo concierto de nuestro amado Haendel. Y alrededor, las aguas cayendo entre las piedras brillantes, y los musgos de superficie aterciopelada, y los helechos, y los ojos de una rata de agua brillando súbita entre los juncos.

Me esperaban, Ellen, todos mis queridos hermanos muertos me esperaban, y todos me recibían con una sonrisa, como si no hubiesen desaparecido en el transcurso de los años, las pequeñas hace tanto, tanto tiempo, sino que aquel encuentro perteneciese a una excursión planeada aquella misma tarde, y sólo hubiésemos dejado de vernos unas horas. Nos agrupamos y echamos a andar por el sendero que lleva a los páramos altos, allí donde tanto hemos jugado de niños, hasta llegar a las viejas ruinas que para nosotros eran, también de niños, el castillo del duque de Zamorna, cuando intentamos la Gran Confederación del Pueblo de Cristal, con sus murallas e infinitos torreones, y Verdópolis, y Angria, y las islas lejanas, el País de Gondal y Gaaldine. Nadie sabía cuál había sido el origen de aquellas ruinas, pero para nosotros estaban habitadas por fantasmas poderosos, por espectros que nos traían esas evocaciones de las glorias antiguas, de los lances caballerescos y de las aventuras fabulosas. Por eso, cuando nuestro padre le regaló a Branwell los doce soldaditos de madera, Emily, Anne y yo, escogimos cada una el que más nos gustó y le dimos el nombre que le convertiría en personaje importante en nuestras invenciones.

Y estábamos allí otra vez, recordando nuestros juegos de infancia, y los diminutos libros que habíamos fabricado y escrito sobre las hazañas de aquellos reinos, y las pequeñas, que habían muerto antes de que los inventásemos, nos escuchaban admiradas. Yo narré las crónicas de Gondal, y cómo fue conquistada Angria, y en la noche de verano resonaba mi voz cantando la pasión de los héroes y de las heroínas, los hechos de guerra, los grandes e imposibles amores y las terribles desesperaciones. Ahí, en esas ensoñaciones, vibraba la conciencia de una vida más estimulante que la que de continuo vivíamos en la rectoría, y aún de la que vivían la mayoría de nuestros compatriotas y hasta la mayoría de los demás habitantes del mundo, y comprendíamos que todas aquellas fantasías no sólo nos las habían sugerido nuestras lecturas y los cuentos de la vieja Tabby, que había visto en persona a los duendes antes de que los echasen las fábricas, cuando la gente todavía hilaba a mano, sino los murmullos del viento en los páramos, pues el viento estaba cargado de palabras secretas que contaban todos los hechos maravillosos del mundo, para que nosotras los reconstruyésemos en el país de los pensamientos.

Si la naturaleza es capaz de tanta belleza y de tanto furor, si la naturaleza lleva en sí tanto poder, ¿por qué los humanos nos conformamos con nuestra mediocridad? Yo estaba rodeada por mis hermanos, bajo la luna de verano, en medio de los páramos salvajes y desiertos, y todas mis penas habían desaparecido. Ni siquiera recordaba mis oscuros tiempos de institutriz, esa profesión que es la más triste que puede tener una mujer, ese pasar sin existencia privada, que nadie valora, esa reclusión de extranjera en una casa donde todo es ajeno y lejano, reducida a la exclusiva y tiránica compañía de unos niños que conocen su propio poder y aborrecen naturalmente la labor de la intrusa. Todas mis penas habían desaparecido, y hasta la carta de ese poeta que un día tanto admiré, en que me dijo que la literatura no puede ser el oficio de una mujer, no debe serlo, pues quién entonces realizaría las tareas que permiten que los hombres escriban.

Nosotras, por la virtud y la fuerza de aquellos páramos inhóspitos y salvajes, ungidas por la monotonía lúgubre de la lluvia y el fulgor implacable de la nieve, bendecidas por el beso de hada de aquel viento gimiente, habíamos conquistado Angria, y el país de Gondal, y habíamos empezado a llamar la atención del mundo literario cuando publicamos, con la herencia de la pobre tía Elizabeth, aquel librito que firmábamos con tres nombres supuestos, ambiguamente masculinos, de hermanos. Y luego habíamos escrito y publicado nuestros libros individuales, y esa sólida sociedad que ignora el valor de la naturaleza, el poder real del corazón humano, el sentimiento de libertad que ningún espíritu debe doblegar, el poder insoslayable de la imaginación, esa sólida sociedad que se escandaliza todavía leyendo a Byron y que ya casi ha olvidado a Scott, había quedado desconcertada. Es todo lo que pido en vida y muerte, un alma libre, y valor para aguantar, había escrito Emily en uno de sus últimos poemas, y allí estábamos todos, con el alma libre y sin perder, cada uno de nosotros, el valor que habíamos tenido en el mejor y más intenso momento de nuestras vidas.

Entonces, Ellen, regresamos a casa. La luna hacía brillar los lomos de las colinas y el paisaje iba moviéndose a nuestro paso. Dejaba asomar las nuevas ondulaciones, o se quebraba en las vaguadas, donde se podía oír el sonido de los arroyos y el croar de las ranas. Al fin contemplamos, a lo lejos, la silueta de nuestro hogar, la vieja casa rectoral, y hasta el brillo de las lápidas, y más lejos, en una cota más baja, la torre almenada de la iglesia parroquial. Y en aquellos momentos, sobre los suaves sonidos de la noche llegó hasta nosotros, todavía muy leve, el tañido de las campanas. ¡Era también tan transparente, en mitad de la noche, debajo del intenso fulgor lunar, esa voz de cristal y de lágrima! Y enseguida supimos lo que significaba el toque lento, lento, repetido monótonamente. Todos lo supimos, y mis hermanas y mi hermano me miraban porque aquella vez la campana no doblaba por ellos sino sólo por mí, Ellen, la campana doblaba por mí, y yo estaba muerta en esta misma cama, en la casa familiar, pero estaba también allí, en el páramo, sintiendo que formaba parte para siempre de su salvaje vigor y hasta de ese resplandor de la luna que alumbra el mundo desde su nacimiento y que lo seguirá alumbrando después de que todos nosotros nos hayamos ido.

Y a pesar de lo lúgubre del sueño, me desperté sintiendo una misteriosa alegría, y con la fuerza de esa alegría me he puesto a escribirte. Seguramente es la fiebre también la que me sostiene. Espero que perdones las razones insensatas que puedas encontrar en esta carta, que debes destruir enseguida, como habrás hecho con todas las anteriores.

Escríbeme pronto, querida Ellen. Te quiere tu amiga,


Charlotte





Charlotte conoció a Ellen Nussey en Roe Head, el internado donde estudió para llegar a ser institutriz. Fueron compañeras y amigas, manteniendo correspondencia durante toda su vida.

Fuente: Arvo.Net

09 febrero 2011

Cartas de Fernando Pessoa a Ophélia






26 de septiembre de 1929

Ophelinha pequeña:

No sé si me quiere, pero voy a escribirle esta carta por eso mismo. Como me dijo que mañana evitaría verme entre las cinco y cuarto y las cinco y media en la parada del tranvía que no es de allí, allí estaré exactamente. Sin embargo, como se da la circunstancia de que el Sr. Ingeniero Álvaro de Campos tiene que acompañarme mañana durante gran parte del día, no sé si será posible evitar la presencia -por lo demás agradable- de ese señor durante el viaje a ciertas ventanas cuyo color ahora no recuerdo. El viejo amigo al que me acabo de referir, tiene además algo que decirle. Se niega a darme cualquier explicación de lo que se trata, pero espero y confío que, ante su presencia, tendrá ocasión de decirme, o decirle, o decirnos, de qué se trata. Hasta entonces permanezco silencioso, atento e incluso expectante. De modo que hasta mañana, boquita dulce, Fernando.

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15 de octubre de 1920

Pequeño Bebé:

Tienes más de mil, tienes millones de razones para sentirte enojada, irritada y ofendida conmigo. Pero la culpa no ha sido mía, ha sido de ese Destino que acaba de condenarme el cerebro a un estado que, si no es irreversible, por lo menos exige un tratamiento adecuado, que no sé si podré conseguir. Pretendo (sin aplicar el célebre decreto del 11 de mayo) irme a un sanatorio el mes próximo a ver si allí encuentro algún tratamiento que me permita resistir la ola negra que se abate sobre mi espíritu. No sé cuál será el resultado del tratamiento, quiero decir: no imagino cuál podría ser. Nunca esperes por mí; si alguna vez me presento ante ti será por la mañana, cuando vayas a la oficina, en Poço Novo. No te preocupes. Al fin y al cabo, ¿qué ha sucedido? ¡Me han cambiado por Álvaro de Campos!
Siempre muy tuyo,

Fernando






Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) fue uno de los mayores poetas y escritores de la lengua portuguesa y de la literatura europea. En 1920, el poeta tenía 32 años, y trabajaba en las oficinas Félix, Valladas & Freitas de Lisboa, donde se ocupaba de traducir la correspondencia comercial. Allí conoció a Ophélia Queiroz, de 19 años, que entró a la oficina a trabajar de mecanógrafa. Los dos se enamoraron. Esta relación, la cual dejó y reinició varias veces, consistía en la correspondencia que ambos mantenían y escasos y breves encuentros. Nunca hubo sexo, Fernando Pessoa decía que no quería manchar su humanidad con el sexo y murió virgen.

Fuente: "Cartas a Ophélia" , de Fernando Pessoa. Editorial: Libros del Zorro Rojo. Barcelona 2010.

22 enero 2011

Cartas de Claude Monet

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A PAUL DURAND-RUEL, marchante de arte del movimiento impresionista.


Giverny, 1 de mayo [1883]

Estimado señor Durand-Ruel,

Acabo de enterarme de la terrible noticia de la muerte de nuestro pobre Manet. Su hermano cuenta conmigo para llevar uno de los cordones. Necesito estar en París mañana por la tarde y encargarme un traje de luto.
Si mi carta no se cruza con una de las suyas con el dinero, cuento incondicionalmente con su amabilidad para que me envíe pronto a Giverny un giro postal que pueda cobrar en Vernon. Confío totalmente en usted.
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Giverny, 5 de junio de 1883

Estimado señor Durand,

[…] No he tenido más remedio que hacerme construir a la orilla del Sena un cobertizo para proteger mis barcos y guardar mis caballetes y telas. Esta construcción ya se ha terminado, ahora tengo que pagarla y cuento con su promesa. No he querido decir que pensarais abandonarme, pero creí que en aquel momento aquello estaría por encima de sus posibilidades.
En cuanto tenga algo que merezca la pena se lo enviaré. Ahora voy a poder dedicarme por completo a la pintura, pues he estado bastante ocupado con la instalación de mis barcos. Como el Sena no está cerca de la casa, he tenido que ponerlos a buen recaudo; y luego la jardinería que me ha absorbido un poco recogiendo algunas flores para pintar los días malos. Finalmente todo esto ha terminado, no voy a soltar ya los pinceles y podré mandarle cosas que le gustarán.
Mientras tanto, le pido que no me olvide, pues la tranquilidad es lo primero para trabajar bien.
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Giverny, 12 de junio [1883]

Estimado señor Durand,

[…] Tengo absoluta confianza en usted y no ignoro todos sus desvelos por nuestra causa. Le aseguro que jamás he dudado de ello y me entristecería que pensase lo contrario. Si me desanimo fácilmente, usted sabe que también me recupero del mismo modo.
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Giverny, 3 de julio de 1883

Estimado señor Durand,

[…] Trabajo, pero no como quisiera, y eso me pone siempre de mal humor conmigo mismo. La región es soberbia, pero hasta ahora no he sabido sacar partido de ella. Por lo demás he estado tanto tiempo sin pintar que forzosamente tengo que estropear algunas telas antes de lograrlo, y además siempre se necesita un cierto tiempo para familiarizarse con una región nueva. De modo que no hay que desesperar si no le envío nada. Soy exigente, y cuando le entregue algo tendrá que ser bueno. ¿Está usted algo más satisfecho y ha llegado a algún acuerdo con Petit? […]
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Giverny, 27 de julio de 1883

Estimado señor Durand,

Esta tarde enviaré a Vernon para que le sea remitida mañana una caja con siete cuadros cuyo detalle le adjunto. Le he hecho esperar un poco, pero le diré que esos retoques que parecen no ser nada son mucho más difíciles de lo que se piensa, y me han costado mucho trabajo. En fin, espero que esté satisfecho con este envío. Seguí su consejo y he logrado algunas cosas bastante buenas con telas que consideraba perdidas. Me hubiera gustado enviarle algo de aquí, pero el tiempo ha sido muy malo.
Dentro de ocho o diez días le enviaré más cuadros. He encargado a mi proveedor de colores que haga llegar a su casa lienzos en blanco para que usted los ponga en mi caja y me la remita a continuación, dirigida a mi nombre a la estación de Vernon… Cuento también con recibir un envío de dinero mañana sábado.
Saludos de su afectísimo

Claude Monet

Puesta de sol en Étretat, invierno.................600 [francos]
Étretat 600
La Manneporte (Étretat) ..............................600
Barcos de pesca (Étretat).............................500
Mal tiempo (Étretat) ....................................500
Una trampa de pesca (Pourville) ............... 600
Marea alta cerca de Pourville .....................600

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Giverny, 9 de agosto de 1883

Estimado señor Durand,
[…] Hace un tiempo horroroso, es desolador, no obstante espero poder hacerle un envío de cuadros en unos días. Tengo previsto hacer una pequeña excursión de algunos días por el Sena, cuento con realizar alguna cosa.
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Giverny, 6 de septiembre de 1883

Estimado señor Durand,

Estos días de mal tiempo van a retrasarme un poco para terminar mis paisajes, pero no se preocupe demasiado, porque a pesar de todo trabajo y me siento en vena. Creo que por fin he comprendido cómo tengo que hacer sus paneles para el comedor.5 Acabo de hacer algunos de gran formato que, espero, le gustarán y si el mal tiempo persiste quiero hacer buena parte de ellos. Hasta ahora no sabía cómo debía hacerlos y el asunto no me decía nada, lo confieso. Ahora puede estar seguro de contar con todos ellos para finales de la temporada. Si el domingo tiene el día libre, me gustaría mostrárselos; digo domingo pero puede ser cualquier otro día que le venga bien. Respóndame unas palabras y en cualquier caso intente hacerme un envío de fondos para el sábado por la mañana, día de pago.
Le saluda atentamente,

Claude Monet

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Giverny, 1 de diciembre de 1883

Estimado señor Durand-Ruel

[...] Me gustaría poder responderle que sus paneles están terminados, pero desgraciadamente no consigo lo que quiero, y me están dando muchos problemas. Todos los grandes están terminados, que es lo principal, incluso he hecho dos de más para el caso de que uno o dos no armonizaran con el conjunto; pero para llegar a hacer esos seis paneles, ¡cuántos he tenido que hacer y deshacer! más de veinte, tal vez treinta. Ahora estoy trabajando en los pequeños y espero que la cosa vaya mejor, aunque tenga que volver a hacer algunos de los ya terminados. Respecto a los otros cuadros, pronto habré acabado de retocarlos. Espero terminar pronto con todo esto, pues hace un siglo que no trabajo del natural al aire libre.
Me alegra mucho saber que lo que le envié ha tenido éxito, pero a mí me cuesta cada vez más encontrarme satisfecho y llego a preguntarme si no estaré volviéndome loco, o bien si lo que hago no es ni mejor ni peor que lo anterior, sino sencillamente que hoy tengo más dificultad para hacer lo que hacía antes fácilmente. Sin embargo me parece que tengo razón al encontrarlo más difícil [...]
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Giverny, [12 de enero de 1884]

Estimado señor Durand-Ruel,

[...] Quiero pasar un mes en Bordighera, uno de los lugares más hermosos que hemos visto en nuestro viaje. Espero traerle de allí toda una serie de cosas nuevas. Pero le pido que no hable de este viaje con nadie, no porque quiera hacer de ello un misterio, sino porque quiero hacerlo solo. Tan agradable me ha sido hacer el viaje en plan de turista con Renoir6 como molesto me sería hacerlo con él para trabajar. Siempre he trabajado mejor en soledad y a partir de mis propias impresiones. De manera que guarde el secreto hasta nueva orden. Si Renoir sabe que estoy a punto de partir, sin duda deseará venir conmigo y eso nos sería funesto a los dos. Seguro que usted está de acuerdo conmigo [...]
Suyo afectísimo

Claude Monet

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[Pensión inglesa], Bordighera, de 1923 de enero de 1884

Estimado señor Durand,

[...] Al principio creí que había encontrado algo apropiado en un hotel bien situado, pero a la hora de la comida vi que era el único francés, no había más que alemanes; bajo ningún concepto me hubiera quedado allí. De modo que me puse de nuevo a la búsqueda de alojamiento, y con grandes dificultades pude encontrar algo conveniente. Donde estoy, son los ingleses los que predominan, pues los franceses no suelen cruzar la frontera. En una palabra, estoy instalado y comencé a trabajar ayer. Los principios son siempre mediocres, pero sin duda podré volver con cosas interesantes, ya que esto es bellísimo y el tiempo soberbio.
Tengo previsto quedarme unas tres semanas aquí y en los alrededores, en algún otro lugar, a fin de llevar cosas variadas. Aquí voy a dedicarme a las palmeras y a los aspectos algo exóticos. En otra parte me dedicaré al agua, la hermosa agua azul [...]
Suyo afectísimo

Claude Monet

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Bordighera, 28 de enero [1884]

Estimado señor Durand-Ruel,
[...] ¿Ha pensado usted en pedir permiso al tal señor Moreno de Marsella?
En su casa se encuentran las palmeras más hermosas de Bordighera, algunos motivos soberbios. He escrito a Renoir y no he ocultado mi estancia aquí; únicamente tenía empeño en venir solo, para que mis impresiones fueran más libres. Nunca es bueno trabajar en compañía [...]
Saludos cordiales. Suyo afectísimo

Claude Monet

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A PISSARRO, pintor impresionista


Giverny, [junio de 1883]

Mi querido amigo,

[…] Le escribo para pedirle que me dé algunas noticias sobre algunos asuntos, los de Durand y los nuestros, pues por más que pregunto a Durand, sus cartas no suelen ser largas y no me contesta a lo que le pregunto.
Usted que va con más frecuencia a París y que ve a mucha gente, seguramente sabe lo que está ocurriendo. Le agradecería que me informara un poco y me dijera qué es lo que pasa exactamente, pues alejado y solitario, uno se atormenta a veces sin razón. […]
Un apretón de manos de su viejo amigo

Claude Monet

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A ALICE HOSCHEDÉ, esposa de un coleccionista de arte, y más tarde (en 1892), la esposa de Monet.



Bordighera, 24 de enero de 1884

Querida señora,

[...] Aquí estoy en pleno trabajo, con cuatro cuadros empezados; se trata por tanto de acabarlos y de rehacer otros cuatro y así sucesivamente. Sigue haciendo un tiempo magnífico, aunque hoy hayamos tenido algunas nubes, y esta tarde el mar hace un terrible jaleo, a pesar de que el cielo [esté] lleno de estrellas. [...] Entre un estudio y otro, como descanso, exploro cada sendero, siempre curioso por descubrir cosas nuevas; por eso, cuando llega la noche, estoy reventado. Ceno bien (me alegro de haber venido a una pensión inglesa), tengo mi pequeña charla de costumbre con usted, me meto en la cama y, en éxtasis, con las manos juntas, pienso en Giverny, mirando de reojo a mis telas colgadas de las paredes, a continuación, un poco de lectura y, zas, duermo toda la noche [...]
Suyo

Claude Monet

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Bordighera, 25 de enero de 1884

Querida señora,

[...] Si tiene curiosidad por saber la composición de los habitantes de mi hotel, aquí la tiene: trece personas se sientan a la mesa. Yo he hecho el número trece al llegar, y todo el mundo lo ha notado, pues entre los ingleses, cuando son trece, parece que la primera persona que se levanta de la mesa morirá ese mismo año, de manera que nadie quiere levantarse solo; cada noche es la misma historia.
Tengo a mi lado a dos hermanas, solteronas (inglesas, por supuesto) que deben de ser muy supersticiosas; una pinta y habla un poco de francés, de manera que suele hablar conmigo, la verdad es que me da la lata. Hay además otra vieja dama inglesa con una hermana de la caridad inglesa que tiene una cara extraordinaria, se parece a madame Auger de Vétheuil. Luego está una pareja de ancianos alemanes; dos damas americanas, madre e hija, esta última muy hermosa y ataviada de un modo extraordinario: no se quita nunca un enorme sombrero tipo Rembrandt o algo parecido, pero grande como un parasol, de felpa rojo escarlata; come y cena con él puesto; y finalmente dos parejas de pintores ingleses, uno de los cuales, de padres franceses, tiene una mujer francesa muy correcta. Toda esta gente habla inglés; después de cenar, los hombres se quedan un rato para fumar, y se habla en francés. Y esto es todo, querida señora. Evito almorzar en la mesa del comedor a fin de perder menos tiempo; como solo antes [...]
Suyo

Claude Monet

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Bordighera, 26 de enero de 1884

Querida señora,

[...] Cuando he terminado mi jornada de trabajo y me veo solo en una triste habitación de hotel, no dejo de pensar en usted y, si fuera posible, daría cualquier cosa por pasar una tarde a su lado; pero eso ya lo sabe, como también yo sé lo que piensa usted; no está bien que dude de ese modo continuamente de mí. Si soy feliz por trabajar en este hermoso país, mi corazón está en Giverny siempre y para siempre, ¿no lo duda, verdad? Y perdóneme por dejarla sola con todas sus preocupaciones. Usted tiene sin embargo a su alrededor muchas caras amables, alegría, risas, yo no. Yo trabajo; es para mí una gran fuente de placer, pero es en lo único que pienso.
Hoy he trabajado todavía más: cinco telas, y mañana cuento con comenzar una sexta. Esto marcha por lo tanto bastante bien, aunque sea bastante difícil de hacer: estas palmeras me atormentan; y además los motivos son muy difíciles de captar, de plasmar en el lienzo; hay tanta frondosidad por todas partes; es una delicia verlo. Uno puede pasearse continuamente bajo las palmeras, los naranjos y los limoneros y también bajo los admirables olivos, pero cuando se buscan motivos, la cosa es muy difícil. Me gustaría hacer naranjos y limoneros destacándose sobre el mar azul, pero no logro encontrarlos como quiero [...]
Suyo
Digo suyo porque es la verdad.

Claude Monet

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Bordighera, 27 de enero [1884]

Querida señora,

[...] No he podido trabajar hoy, el tiempo se ha echado completamente a perder; esta noche me ha despertado un espantoso alboroto, tanto de lluvia como de viento; imposible sacar ni la nariz; uno no puede hacerse idea de esta lluvia, millones de grifos, millones de fuentes; los campesinos deben de estar contentos, pero yo estoy desconsolado por no poder trabajar. Por un lado me dicen que este tiempo nunca dura mucho; por otra parte que puede durar un mes, que a veces pasa. A las dos la lluvia cesó, pero no el viento, un viento formidable, y las nubes que ocultaban las montañas se disiparon; fue un espectáculo inolvidable para mí, tal vez más hermoso incluso que el encantador tiempo tranquilo de los otros días, con todas las montañas cubiertas de nieve en la cima; porque, cuando llueve abajo, en esas enormes altitudes cae la nieve; el sol allá arriba, las nubes a mitad de las montañas, y el mar tan azul como siempre o incluso más aún; no, todo esto no puede describirse. Y en cuanto a pintarlo, no hay ni que soñarlo, son efectos de muy corta duración que no se vuelven a encontrar. Encerrado y triste en mi habitación desde por la mañana, me quedé atontado en la ventana ante semejante espectáculo. ¡Qué pena que no esté usted aquí para poder ver todo esto!
Suyo

Claude Monet

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Bordighera, 29 de enero [1884]

Querida señora,

[...] Hace un tiempo maravilloso y me gustaría poder enviarle un poco de sol. Trabajo como un loco en seis telas diariamente. Tengo que hacer muchos esfuerzos, pues no llego a captar todavía el tono de este país; a veces me asustan los tonos que necesito emplear, tengo miedo de excederme, y sin embargo me quedo muy por debajo; la luz es terrible.
Tengo algunos bocetos que han necesitado seis sesiones, pero es algo tan nuevo para mí que no logro terminarlos; aunque aquí la suerte es que cada día tiene su efecto y uno puede dedicarse a perseguir y luchar con ese efecto. Estoy entusiasmado con lo que hago y espero siempre con impaciencia a que llegue el día siguiente para hacerlo mejor [...]
Suyo

Claude Monet

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Bordighera, 30 de enero de 1884

Querida señora,

[...] Desde el amanecer hasta la puesta del sol no he dejado de pintar, parando el tiempo justo para comer; ahora tengo ocho telas que estoy haciendo al mismo tiempo, siempre con muchas dificultades, pero que llegarán seguro a buen puerto. Sí, me siento muy cansado, y no necesitará insistirme esta noche para que abrevie mi cháchara habitual, ya que se me cierran los ojos y no voy a tener necesidad de recurrir a los periódicos. Voy a meterme en la cama, soplar la vela y dormirme pensando en Giverny, donde tanto me gustaría estar. Sigo sin carta de Durand.
Espero que estén todos bien y le mando todo mi cariño y mis besos para repartir con los niños; recuerdos a Marthe.
Suyo

Claude Monet

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Bordighera, 1 de febrero [1884]

Querida señora,

[...] Hoy ha hecho un día bueno pero gris; por lo demás igual de hermoso. Trabajo sin parar, y ahora lo que hago es mucho mejor; veo los motivos donde no los veía los primeros días; en fin, que esto marcha más fácilmente; también encuentro mis primeros estudios muy malos; estaban pésimamente hechos, pero también me han enseñado a ver.
Tengo que regañarle por todas las locuras de su imaginación. ¿Por qué está siempre devanándose los sesos y preocupándose por todo? ¿No tenemos bastante con estar momentáneamente separados? Sí, es verdad: yo tengo todo lo bueno, el trabajo, el país, el sol, pero eso es todo; no hay ladies ni sombreros Rembrandt que me quiten el sueño. Ya está bien, sepa de una vez por todas que usted es toda mi vida junto con mis hijos, y que mientras trabajo no dejo de pensar en usted. Tan verdad es lo que digo, que cada motivo que pinto, que escojo, me digo a mí mismo que tengo que hacerlo bien para que usted vea dónde he estado y cómo es todo esto; pero para mí no hay felicidad sin usted, y me gustaría que fuese más completa. Olvide esos malsanos pensamientos que lo único que hacen es perjudicarla. Piense sólo en que trabajo, en que esto es bueno para mí, y tenga paciencia. Haga provisiones de amor para la vuelta y sobre todo, pase lo que pase, no me deje nunca un día sin carta. Piense que yo también, en ese caso, tengo una cabeza que se recalienta y un corazón que se inquieta; pero estoy diciendo tonterías, es decir, no expreso bien lo que siento.






A finales de 1883, el pintor Claude Monet (París, 1840 - Giverny, 1926) se instala en la aldea francesa de Giverny. Allí vivió durante 43 años, creando a la vez que su obra pictórica, esa obra de arte que fue su jardín: un estanque con nenúfares atravesado por un puente japonés colgante con sauces y matas de bambú. Monet fue un enamorado de la naturaleza, con una aguda sensibilidad hacia la luz, los efectos y las vistas que conseguía pintando al aire libre. Sus cartas, recopiladas y traducidas por primera vez al español, nos permiten asomarnos a la faceta más íntima de un artista que sufrió durante su vida la búsqueda de la perfección, que gozó del amor, de la familia y de la amistad, que vivió con interés los asuntos de su tiempo, que viajó incansablemente buscando el paisaje ideal.

Fuente: Los años de Giverny. Correspondencia, de Claude Monet. Editorial Turner, Madrid, 2010.

19 enero 2011

Carta de Carlos VII a Alfonso XII






A mi primo Alfonso:

La actitud del presidente de la República de los Estados Unidos puede estimarse como preludio de una guerra sino reconoces la independencia de Cuba.
De que España haya llegado a tal ignominia responde la Revolución que representas: sin ella no hubiera nacido esa rebelión parricida.
Reinando yo jamás alcanzará fuerzas: y que el legítimo derecho del que manda es el único que puede reformar sin imposiciones, ceder sin mengua, refrenar sin ira, gobernar sin pasión.
Pero se trata de la integridad de la patria, y todos sus hijos deben defenderla: que cuando la Patria peligra desaparecen los partidos: sólo quedan españoles.
Si la guerra llega a estallar, te ofrezco una tregua por el tiempo que dure la lucha contra los Estados Unidos. Pero entiéndase bien que la única causa de la tregua que te propongo es la guerra extranjera y que mantengo incólumes mis derechos a la Corona, como la seguridad de ceñirla.
Más allá de los mares carezco de territorio que dominen mis armas, y no puedo mandar a Cuba mis leales voluntarios; pero defenderé estas provincias y el litoral cantábrico; armaré en corso a los indómitos hijos de estas costas, donde nacieron Elcano, Legazpi y Churruca; perseguiré el comercio marítimo de nuestros enemigos, buscándoles quizá hasta en sus mismos puertos.
En el caso de guerra extranjera: ¿aceptas la tregua que te ofrezco? Nombremos entonces nuestros representantes que la regularicen. ¿La desechas? Será testigo el mundo de que la España católica ha cumplido hidalgamente con su deber.
¿Prefieres demandarla al enemigo que te amenaza? Humíllate en buena hora; quizá alcances respiro momentáneo, pero en breve te suscitará buscados conflictos y se perderá Cuba para la Patria, quedándote la deshonra de haberte humillado y la vergüenza de haberte humillado inútilmente.

Tu primo

Carlos.

Durango, 9 de noviembre de 1875.





La Tercera Guerra Carlista ocurrió entre 1872 y 1876, donde Carlos VII (1848-1909), publicó, como jefe del partido político, sus ideas absolutistas y proteccionistas con deseos de establecer Cortes tradicionales, y hace frente a la llegada del rey Amadeo de Saboya, que reemplazaría a Isabel II y al posterior Regente general Serrano. Después de abdicar Amadeo de Saboya, la lucha de Carlos VII se dirigió a la I República, y posteriormente contra el hijo de Isabel II, Alfonso XII.

Fuente: "Historia del Tradicionalismo Español", de Melchor FERRER. Editorial Católica Española. Sevilla, 30 vol. 1941–1979.

14 enero 2011

Carta de William Congreve a Arabella Hunt

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Querida señora:

¿No creéis que os ame? No podéis pretender ser tan incrédula. Si no creéis a mi lengua, consultad a mis ojos, consultad a los vuestros. En ellos los vuestros encontraréis que están llenos de encanto; en los míos, que tengo un corazón para sentirlos. Recordad lo que ocurrió la pasada noche. Eso al menos fue un beso de amantes. Su impaciencia, su ferocidad, su calidez, expresaron todo lo bueno de sus padres.
Pero, ¡oh!, su dulzura y la suavidad con la que se fundían lo expresaban mucho mejor. Con temblores en mis piernas y fiebre en mi alma, lo arrebaté. Convulsiones, jadeos, murmullos mostraban el poderoso desorden en mi interior: el poderoso desorden aumentado por él. Por esos queridos labios que atravesaron mi corazón y mis entrañas con maravilloso veneno e inevitable pero aun así encantadora ruina.
¿Qué es lo que no puede producir un día? La noche anterior pensaba que era un hombre feliz, que no deseaba nada y esperaba la más justa de las fortunas: aprobado por los hombres de genio y aplaudido por los demás. Complacido, nunca encantado con mis amigos, los que por entonces eran mis más queridos amigos, sensible a cada placer delicado, y a su vez poseyéndolos todos.
Pero el Amor, el todopoderoso Amor, parece que en un instante me ha lanzado a una distancia prodigiosa de cualquier objeto que no seáis vos. En medio de las multitudes permanezco en soledad. Nadie más que vos ocupa mi mente, y ésta no se ocupa de Hilda más que de vos. Me veo transportado a algún desierto extranjero con vos (¡oh, ojalá me viera realmente transportado de esa manera!), donde, con abundantes suministros de todo, en vos, podría vivir una eternidad de éxtasis ininterrumpido.
La escena del gran escenario del mundo parece repentina y tristemente cambiada. Objetos sin atractivo se encuentran a mi alrededor, excepto vos; el encanto de todo el mundo parece ubicado en vos. Así en este estado triste, pero oh, demasiado placentero, mi alma no se puede centrar en nada más que en vos; a vos contempla, admira, adora, no depende de nada, sólo confía en vos.
Si vos y la esperanza la abandonan, la desesperación y una miseria sin fin la esperan.







William Congreve (1670 - 1729) fue un dramaturgo y poeta inglés. Estudió derecho en Dublín, donde conoció a Jonathan Swift, de quien fue amigo durante toda su vida. Tras diplomarse, se interesó por el mundo de la literatura y se convirtió en ferviente discípulo de John Dryden. Es uno de los más destacados autores de comedia de la Restauración. Se enamoró de Arabella Hunt, cantante y laudista.


Fuente: "Los grandes hombres también hablan de amor", de Ursula Doyle. Emecé Editores, 2010.

11 enero 2011

Carta de Friedrich von Schiller a su esposa Charlotte von Lengefeld

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3 de agosto de 1789

¿Es cierto, queridísima Lotte? ¿Puedo esperar que Karoline haya leído en tu alma y me haya respondido desde tu corazón lo que yo no tengo el valor de confesar? ¡Oh, qué duro ha sido este secreto para mi que, desde que nos conocemos, he tenido que ocultar! Con frecuencia, cuando aún vivíamos juntos, reuní todo mi coraje y me acerqué a ti con la intención de descubrírtelo, pero ese coraje siempre me abandonó. Creí descubrir egoísmo en mi deseo, temía que sólo tuviera presente mi felicidad, y ese pensamiento me retuvo. Si no podía convertirme para ti en lo que tú eres para mí, entonces mi sufrimiento te habría afligido, y yo habría destruido la más bella armonía de nuestra amistad a través de mi confesión. También habría perdido lo que tengo: tu amistad sincera y fraternal. Y aun así hay momentos en que mi esperanza se renueva, en la que la felicidad que nos podemos proporcionar el uno al otro me parece elevarse por encima de cualquier consideración, cuando la considero incluso tan noble como para sacrificar cualquier otra cosa por ella. Tú puedes ser feliz sin mí, pero no puedes ser infeliz a través de mí. Esto lo siento muy vivo en mí y en eso cifro mis esperanzas.
Puedes darte a otro, pero nadie te podrá amar con mayor pureza y más completamente de lo que lo hago yo. Para nadie puede ser más sagrada tu felicidad de lo que lo es para mí, y siempre lo será. Toda mi existencia, todo lo que vive dentro de mí, todo, lo más precioso para mí, te lo dedico, y si intento ennoblecerme, lo hago para ser aún más digno de ti, para hacerte aún más feliz. La nobleza de los espíritus es un lazo bello e indestructible de amistad y de amor.

Nuestra amistad y amor se vuelven indestructibles y eternos como los sentimientos sobre los que los establecemos. Ahora olvida todo lo que pueda poner limitaciones en tu corazón, y permite que tus sentimientos hablen desnudos. Confírmame lo que Karoline me ha permitido esperar. Dime que serás mía y que mi felicidad no representa para ti ningún sacrificio. Oh, asegúrame eso, sólo necesita una única palabra. Nuestros corazones llevan mucho tiempo cercanos el uno del otro.
Permite que el único elemento extraño que hasta el momento se ha interpuesto entre nosotros se desvanezca, y nada, nada perturbe la libre comunicación de las almas. ¡Adiós, queridísima Lotte! Anhelo un momento tranquilo para describirte todos los sentimientos de mi corazón, que, durante el largo período en que esta añoranza ha vivido sola en mi corazón, me ha hecho feliz y después me ha vuelto a hacer infeliz... No tardes en desterrar mi intranquilidad para siempre, pongo todos los placeres de mi vida en tus manos... ¡Adiós, mi más preciosa!






Johann Christoph Friedrich Schiller (Marbach am Neckar, 1759 – Weimar, 1805), fue un poeta, dramaturgo, filósofo e historiador alemán. Se le considera el dramaturgo más importante de Alemania y es, junto a Goethe, una de las figuras centrales del clasicismo de Weimar. De pequeño enfermó de malaria, y aunque sobrevivió, arrastró secuelas toda su existencia, que se agudizaron con una larga enfermedad sufrida entre 1791 y 1793. En 1790 se casó con Charlotte von Lengefeld, con quien tuvo cuatro hijos.

Fuente: "Los grandes hombres también hablan de amor", de Ursula Doyle. Emecé Editores, 2010.